El Rey
• El Rey Don Juan Carlos –escribiremos de él ahora que está nadando reglamentariamente y guardando la ropa de militar y de paisano, al mismo tiempo-.
Reportaje por: Francisco Umbral
Fotografías por:
El Rey Don Juan Carlos –escribiremos de él ahora que está nadando reglamentariamente y guardando la ropa de militar y de paisano, al mismo tiempo-, ese dorado de naipe que les va bien a los reyes, y que a él no le ha dado don
Heraclio Fournier, desde luego, ni por supuesto
Fourier o
Foutrier, sino que le viene del vuelo a vela y el balandro, a más de las genealogías rubias de la sangre que bajan por los bosques de Europa:
- ¿ No has traído capa Umbral?
Fue lo último que me preguntó la última vez que le vi. Yo jamás he llevado ni traído capa, lo que explica, en el natural equívoco del Rey (tampoco va a vivir pendiente de lo que me pongo) que él me ha visto o imaginado alguna vez, freudianamente, con capa.
¿Capa de conspirador, capa romántica, capa de la que hace de su capa un sayo, capa del que es de la Sociedad de Amigos de la Capa? O bien el Rey no lo tiene claro conmigo o bien participa democráticamente como español peatonal que es, del tópico midcult de que uno es un romántico entre
Larra y
Espronceda, que todavía tira de capa o de pistola. Ya esa algo que el Rey tenga una idea de uno, siquiera sea una idea aproximada.
Porque
Franco jamás tuvo idea de mí.
(Afortunadamente).
¿Y qué idea tengo yo, tenemos todos del Rey? Uno diría que
don Juan Carlos, como todos los monarcas modernos, se acerca más al modelo ex
(con/sin bicicleta) que al modelo Sha de Persia, que en la paz de `Hola´ descanse. Uno diría que el sueño último que nuestro Rey, quizá, no se atreve a soñar, es ser el Rey de una República. Por ahí iban las cosas hasta que los españoles empezaron a matar a españoles, los extranjeros empezaron a matar españoles y los españoles empezaron a sentirse extranjeros porque habían matado o iban a matar españoles.
Esta es una democracia bajita: Suárez, Oreja, Martín Villa. Todos gastan menos talla que el Rey. Los que tenían que haber hecho la política del Rey –no la va a hacer el Partido Comunista- se han dedicado a hacer su propia política pequeña y abulense, de cinco amiguetes y aquí un conocimiento, reunidos en haz como cinco flechas que tú bordaste en rojo ayer. Con el Rey sólo he hablado de periódicos, de mujeres y de mí mismo (que es de lo que hablo hasta con el Rey), pero juraría que esto que está pasando no es lo que él quería, lo que él soñaba en sus sueños de naipe rubio, frente al verdepardo de los montes de El Pardo, en La Zarzuela.
Pedro J. Ramírez utilizó hace poco la frase plástica, que me parece tomada de algún sitio o a lo mejor es suya, que en todo caso me gusta:
-Están disparando con pólvora del Rey.
Sí. Adolfo Suárez y toda la UCD, la derecha de Madrid y de todo el mapa preautonómico, don Mariano Nicolás, gobernador de la Villa y Corte, que cierra su espectáculo donde se recita a Sade, todos están disparando con pólvora del Rey, gastando pólvora en salvas y gobernando por el Rey, acogidos a aquello de que el Rey reina, pero no gobierna, que María Cuadra creía que se le había ocurrido a Bergamín.
El Rey, que tanto calla, sabe, naturalmente, de los que están gastando la pólvora en salvas o en tirar a las avutardas, desde el arbitrario –ni siquiera arbitrista- Ricardo de la Cierva hasta ese Luis Gámir que es como un Reagan nacional, adolescente y pasado por el colegio del Pilar.
El Rey sabe –porque lo ha pensado, porque lo ha aprendido o porque lo ha aprendido o porque lo ha intuido- que él, siendo el punto más distante a la República, es quien más y mejor puede aproximarnos a un proyecto republicano de vida en común. Sin dejar de ser el Rey, porque entonces tampoco saldría el crucigrama. Por eso a mí me gusta que el Rey se dore de mares, se bree de soles, se endurezca de olimpismo, para tener luego, durante todo el año, en la Zarzuela, la calidad entre heráldica y vegetal, entre irónica y mineral, que necesita un Rey de hoy, un Rey de España entre españoles de cuchillo en la boca.
En el cirio nacional, ya no nos va quedando más punto de referencia más claro y fijo que el Rey. Esto lo sabe bien la izquierda y por eso a veces puede parecer hasta monárquica. La derecha, la derechas, de Fragabarne a Ferrer-Salat, van más bien de involucrar. Involucrar es un verbo que hay que hacer intransitivo porque hoy abundan las gentes que no es que involucren esto en lo otro, con lo otro o contra lo otro, sino que sencillamente involucran.
Son los peores, los más peligrosos o los más hábiles. Entre los más hábiles está Luis María Ansón, que involucra como Dios. Tengo contadas las cosas que me ha dicho el Rey:
-Es que no sé cómo te inventas una cosa todos los días. Tú a los escritores los conocerás a todos. Yo, no.
Y hasta esa broma genial y casi feudal:
- No me irás a ligar a la Reina, Paco…
El Rey Juan Carlos, que tenía para España un proyecto democrático avanzado, socializante, liberalísimo, muy ancho políticamente, no sé lo que tiene hoy en la cabeza, cuando todos le gastan la pólvora para las batallitas de partido. Pero me gusta su imagen estival, deportiva y como de involuntario spot. Porque, irónicamente, y tal como se están poniendo las cosas, la Monarquía es hoy casi el único punto de referencia refrescante de los republicanos.
(28-8-1980, Mitologías Nº 224)