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La actriz y cantante ha dado más de 200 conciertos con el último disco de Cycle. Ahora se prepara para ser figura de la música trap.

China Patino: “Utilizo y trabajo con mi cuerpo porque es mi templo”

Fecha: 13/02/2017 Texto: Alberto Gayo. Fotos: Cristina del Barco.
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Silvia María Patino, más conocida como China Patino, ha decidido acompañar cada imagen con uno de sus poemas de amor y desgarro. A la voz femenina del grupo Cycle le gusta el reguetón y hablar con sus vecinas del barrio. Los que la han visto encima de un escenario saben que ella no es una corista ni una ñoña… y no solo porque se ponga el micrófono en la entrepierna. | Sigue leyendo.

a China Patino es chica de barrio. De codearse con sus vecinas de la Arganzuela madrileña, colombianas, rumanas, peruanas y españolas. Con 13 años probó casi todo y con 18 ya lo había dejado, también casi todo. Es la voz femenina –y la performer– de Cycle, la banda española de rock electrónico más internacional, la que convierte sus directos en fiestas de demolición. Con su último trabajo, Dance all over (Subterfuge, 2015), Cycle lleva más de doscientos conciertos en dos años. Pero la China es mucho más que esa macarra seductora que sale al escenario para encender a los feligreses. Ella es actriz, poeta, cantante y presentadora (condujo en TVE el programa iPop). Estudió en la escuela de Cristina Rota, donde aprendió que “esto es un oficio” donde hay que estar siempre trabajando “pero no para hacerse rico y famoso”. En su clase estaba Raúl Arévalo –actor de moda y director de la premiada Tarde para la ira–, “al que recuerdo como un tipo increíble y no solo como intérprete”. 

Desde niña, Silvia llena libretas con todo lo que le sale del estómago, con amor y muerte, con desamor y vida. Con odio. En este momento escribe canciones con bases trap, ese género de éxito que mezcla rap y música electrónica. Una forma de contar la realidad nacida en las calles olvidadas y difundida por Youtube. Ahí quiere estar la China.

Beyoncé anunció que tendrá gemelos con unas fotos muy evocadoras. Ella es madre y música como usted…

Y además tiene poderío para hacer bandera del antirracismo, del feminismo… El feminismo que me representa es el que empodera a la mujer desde su feminidad. Siempre ha habido una represión del cuerpo femenino, por eso una forma de revolución es convertir el cuerpo y el pecado en liberación. Hay que soltar las caderas como en el twerking, que no es solo un baile donde se mueven las nalgas. En los bailes africanos se intenta unir el coxis al suelo y soltar la cadera, que es donde reside la represión. Hacerlo es antisistema.

¿Le gusta el reguetón? 

Me apasiona, tiene una raíz africana que me encanta. Habla de sexo, de ligar, de seducir, y eso está bien.

Usted quiere hacer música trap, la misma que el polémico Maluma, el artista colombiano al que acusan de machismo en sus letras.

Es fundamental que exista la libertad de expresión. Las canciones son canciones, como las novelas, las películas o los videojuegos. A mí no me ofende que Maluma diga en una canción “tengo cuatro mujeres que están deseando que me las folle”. No me he sentido atacada, es una fantasía de este pavo; solo eso. Lo que me da rabia es que no hay voces femeninas en este país que hablen con libertad de sus fantasías sexuales. 

Cuando usted sale al escenario, todo cambia.

En la música, el rol de la mujer suele ser o de corista sexualizada o de niña ñoña con guitarra cantando que sufre mucho. Lo que yo he hecho es llevar al límite esa sexualización, ponerme el micro en la entrepierna, usar una botella de agua en plan squirt [eyaculación femenina] o salir con un cuchillo en la mano. Utilizo y trabajo con el cuerpo, que para mí es mi templo.

¿Se ve sexual?

Sí, pero tengo que tener cuidado porque la energía creativa está conectada con la energía sexual. Ahora que estoy escribiendo mucho estoy muy erotizada y no quiero estar todo el día así porque, si no, no escribo. 

Veo que lleva un tatuaje nuevo en el antebrazo, las letras M y P y unos emoticonos de corazones… 

La MP puede ser de mamá y papá, las iniciales del nombre de mi hija o de Muy Puta. Me martillean esas dos letras desde hace mucho tiempo. Una corriente del feminismo reivindica palabras como coño o puta dándoles las vuelta para empoderarse. El término puta me llama la atención desde muy pequeña, no sabía lo que era, pero me atraía. Me llegaron a preguntar qué quería ser de pequeña y yo respondía: “Yo quiero ser puta”. Debemos convertirlo en un término liberador.

¿Desde cuándo piensa así?

Desde que leí a la escritora feminista Silvia Federici. Ella defiende que se reconozca el trabajo sexual, que no se criminalice y que el feminismo se acerque a las putas y no las estigmatice. En las sociedades antiguas matriarcales, ser prostituta era como cualquier otro trabajo, no eran juzgadas. El sexo es vida.

¿Usted se prostituiría?

Sí, por qué no.

¿Qué hace cuando no puede más?

Me voy a Cádiz. Tengo familia allí. Pero estoy condenada a vivir en Madrid, una ciudad que detesto. Ahora estoy en un momento muy bueno y no me quiero quejar, tengo que aprovecharlo porque soy de las que tienden a la depresión.

De joven vivió en Centroamérica. ¿Cómo lo recuerda? 

Mi padre era policía y lo destinaron a El Salvador en misión internacional. Yo tendría 16 o 17 años. Todo era salsa. Me iba con los de las maras [hoy delincuentes, por entonces pandilleros agresivos] porque me gustaban las emociones fuertes. Vivía en una zona acomodada y no me atraía. Me iba a las champas [chabolas] a pillar marihuana, a escuchar música, a charlar… Luego volví a España para vivir sola. Fue un tiempo muy loco. 

Cuando empezó con Cycle, ganó dinero, luego presentó un programa en TVE… y luego vino un bajón.

He tenido más dinero y menos, más fama y menos.  Que me gusta el dinero, claro. Hubo momentos en que no le di valor y hay que dárselo. No he llegado a morirme de frío, pero sí he llegado a apagar la calefacción porque la luz es carísima.

¿El arte no da para vivir bien?

Llevo más de diez años con Cycle, tocando por todo el mundo. Antes hice teatro, el año pasado saqué el disco Sadsurfers… He vivido la música como un oficio más, no para hacerme rica. Soy artista, pero una artista debe poder vivir de su arte, y es muy difícil. 

La Silvia de la mandíbula asesina y de los ojos rasgados –“de niña muchos me preguntaban si era china y por eso nunca me he sentido española, me he sentido una emigrante”– alucina con el flamenco, se levanta con el Mammy Blue de José Mercé y muere por la música balcánica. De vez en cuando le sigue dando a la marihuana. Ahora se siente fuerte para dar otro un puñetazo en la mesa. ■ | Sigue leyendo.

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