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Entrevistas / Artículos

Juan José Millás entrevista a Enrique San Francisco

Fecha: 01/03/2010 1:00 Juan José Millás

Tal y como habíamos concertado, a las 12 en punto del mediodía estaba un servidor de ustedes pulsando el timbre de la casa de Enrique San Francisco. Llamé una vez y esperé con la rigidez poco natural de un vendedor de Biblias.

—¡No abras en bragas, que vengo con gente! –gritó el hermano y representante artístico de San Francisco.

Abrió la puerta, más o menos vestida, Ana, la novia de San Francisco, con expresión de sueño. Al tiempo que nosotros entrábamos en la casa, salían sus habitantes de la cama.

Pasamos al salón, donde enseguida apareció Enrique, que se había vestido apresuradamente, seguido de Vicente Haro, su padre biológico, también recién levantado, aunque de muy buen humor. Enrique y su padre tosían al unísono, aquel por el tabaco; este por culpa de un catarro. En un rincón, junto a la terraza, Florián, el perro, daba cabezadas completamente ajeno a nuestra presencia. El animal, muy viejo, mostraba dificultades para respirar. El padre de Enrique me explicó que estaba sedado, pues había tenido un ataque epiléptico por el que hubo que medicarle. Por el desorden reinante, daba la impresión de que allí vivían varios solteros de existencia disipada. También daba la impresión de que aquellos solteros eran muy felices. Anita, la novia de Enrique y una de los solteros, nos mostró una perrita del tamaño de un gato (una “pincher”, me pareció entender, sé poco de razas) muy cariñosa, pero también muy dependiente (lloraba si la dejaban sola).

Mientras Enrique se tomaba un café para despertarse, su padre biológico (el actor Vicente Haro), también recién levantado de la cama, me daba conversación. Dijo que casi todos sus amigos estaban muertos o gagás e hizo un brevísimo repaso al cine español, recordando las últimas películas en las que él había trabajado. Me pareció un hombre divertido, despreocupado, vital y muy bromista. Se mostró inquieto por la salud del perro, al que de vez en cuando, según me contaría luego Enrique, se le quedaba mirando para decirle: “Qué mala es la vejez, ¿verdad?”.

Tras un tiempo indeterminado, Enrique y yo logramos sentarnos a una mesa que fue preciso despejar un poco previamente, pues su tablero permanecía sepultado, entre otros, bajo los siguientes cachivaches: una gran caja de cartón con una máquina de afeitar eléctrica (Philips) en su interior, un plato de loza de tamaño postre, unas gafas viejas para ver de cerca, tres o cuatro bolígrafos gastados, un bastón, un tubo de crema para las manos, una llave de hotel, una bombilla fundida, dos gorras de las de visera, un calendario de taco, una bolsa de plástico, dos rosas (de las que venden los chinos por la noche) en una botella sin agua, un bote de crema de afeitar y tres o cuatro maquinillas de las de cuchilla, un número indeterminado de folletos, quizá algún guión de cine o teatro, unos guantes de piel, una carta abierta, una bolsa de papel de Sombrererías Costa repleta de medicinas, un sobre de color marrón vacío y un ejemplar de El País. Había también una edición de Luces de Bohemia, la obra de Valle-Inclán que el padre biológico de San Francisco está empeñado en que su hijo represente. Todo esto (y lo que todo esto ocultaba debajo de sí, pues había varias capas de objetos) parecía acumularse allí desde el paleolítico y congeniaba perfectamente con el carácter de los tres solteros de la casa (cinco, si incluimos a los perros).

Durante nuestro encuentro, Enrique se levantó seis o siete veces (a por tabaco, a por fuego, a mear, a decirle algo al portero, a solicitarle algo a Anita –”Anita, guapa, Anita, cielo”–, a por otro café…). Pero pedía mil perdones y rogaba a Anita, cielo, que me diera conversación mientras él se ausentaba (el padre biológico se había ido a tomar el aperitivo con los amigotes). Aunque parezca mentira, las informalidades de Enrique constituyen gran parte de su encanto. Más que sus informalidades, su manera de gestionarlas, pues posee una habilidad diabólica para seducirte con ellas en vez de molestarte, que sería lo lógico. Un tipo peligroso este San Francisco, peligroso sobre todo para él, que levanta el telón todos los días, y con gran éxito por cierto, en un teatro de Madrid. Fue amable, educado, hospitalario, generoso y desorganizado. Hablamos acompañados todo el rato de la música agobiante de Florián, el perro, que no dejó de jadear a lo largo del encuentro. He aquí un resumen de lo que Enrique San Francisco me contó acerca de su vida:

“Mi madre tenía un carácter muy fuerte, pero yo aprendí de ella la importancia de la disciplina. Me tuvo con 20 años. Mi padre estaba entonces en una edad en la que quería tirarse todo –normal–, pero ella, que era muy seria, lo dejó, se fue a Barcelona conmigo y allí conoció a San Francisco, que me dio el apellido, porque ella estaba muy cabreada con mi padre biológico y no quiso que llevara el suyo. San Francisco era actor también. Hizo con Ramón Comas ‘Llegar a más’ y ‘Nuevas amistades’. Luego se separaron, creo que cuando yo me vine a Madrid, a los 17 años, para ser actor. Ella se quedó en Barcelona, pero luego volvió a Madrid y murió en Torrelodones. En Barcelona estudié el bachillerato en un colegio privado, El Salvador, que no era de curas. Estuve un mes haciendo campanas (novillos) y cuando llegaba a casa, mi madre me preguntaba cómo me había ido el día y yo me inventaba todo, le decía lo que habíamos estudiado en cada asignatura. En realidad, venía de jugar al Scalextric en el bajo de la casa de un amigo mío que también hacía campanas. Y si me había peleado con alguien en la calle, por ejemplo, le decía a mi madre que había sido en el patio del colegio. Me inventaba todo. Mi madre sabía que no iba al colegio desde el cuarto o quinto día que empecé a faltar. Y no decía nada. Me preguntaba que qué tal y yo le contaba lo primero que me venía a la cabeza. Al final, una de aquellas tardes me dijo: «Mira, hijo, tú te crees que somos gilipollas y aquí el único gilipollas eres tú. Sé que te vas a casa de Javier»”.

“Javier era Javier Isa, que murió diabético el chaval. Entonces mi madre me metió interno en el mismo colegio, porque había externos, internos y mediopensionistas. Cuando aprobé, como al año y medio, me volvió a sacar. Ahí debía de tener yo unos 13 años. Acabé el bachillerato y, como te decía, me vine a Madrid para convertirme en actor. Llegué a Madrid con mil pelas de las de entonces y me fui a una pensión de la calle Magallanes, en realidad era una señora que alquilaba habitaciones. Allí vivió también Imanol Arias. Enfrente había un restaurante de comidas caseras que todavía está, La Playa. Estaban poniendo en no me acuerdo qué teatro ‘Olvida los tambores’, de Ana Diosdado, y en esa función estaba Pastor Serrador, que conocía a mi padre biológico. Entonces le llamó por teléfono y le dijo: «Oye, que tu hijo Quique está en Madrid»”.

“Y Pastor me dijo que mi padre quería verme y quedamos a las 5 o las 6 de la tarde en Zahara, una cafetería de la Gran Vía. Allí fue donde conocí a mi padre. Recuerdo que llegué yo antes y no hacía más que mirar hacia la puerta con curiosidad porque no sabía cómo era. Tenía la imagen de un señor rubio con una carretilla de juguete que me había regalado él de pequeño. Y en esto entró un señor y me dije: «¡Coño, este es mi padre!». Él se acercó y dijo: «Soy tu padre». Yo le dije: «Mucho gusto». Y me invitó a que me fuera a vivir con él, con su mujer (que entonces era Ana María Vidal) y con su otro hijo, Vicente, al que yo no conocía y que entonces tenía tres años. La convivencia fue cojonuda porque nos caímos bien y porque mi madre nunca me había hablado mal de mi padre. Además, yo no tuve ningún trauma infantil con la separación, esas cosas que dicen… Viví allí unos dos años y me independicé. Luego viví en distintas casas con las mujeres que tuve. Con Rosario Flores, por ejemplo, viví en la calle Orense. Yo no he tenido más de cuatro mujeres importantes en mi vida y me llevo con todas de puta madre. Dos de ellas tenían niños que los he criado yo. He echado mucho de menos no tener hijos porque a mí lo que más me gusta son los niños y los animales”.

“Luego me tocó ir al Ejército, para hacer la mili. Franco murió aquel año, el 75 o el 76. Al terminar la mili, no te lo pierdas, decidí reengancharme porque se me fue la pinza. Pero fue mi madre y me dijo: «Oye, ¿qué te pasa?». Me convenció de que dejara el Ejército y volví otra vez a trabajar. Hice dos viajes importantes, uno a Estados Unidos. Viví en Nueva York, Chicago y Miami. Estudiaba inglés, leía y visitaba museos, todo lo que me gusta. En Chicago me ponía de jazz hasta el culo. El otro viaje fue a Nepal. Me fui para un mes y me quedé un año porque me gustó mucho ese país. Me gustan los viajes que me llevan a otra cultura distinta de la mía”.

“Volví a vivir con mi padre biológico hace unos 17 años, cuando se separó de Ana María Vidal. En ese momento yo tampoco vivía con ninguna mujer y decidí trasladarme aquí. A los dos o tres años compré a ‘Florián’ (el perro). Siempre hemos estado muy cómodos. Mi padre cocina de puta madre, pero prefiere comer con sus amigos, en la calle. Come, se echa la partida de dominó e igual no llega hasta las 12 de la noche. Yo con mi padre siempre me he llevado muy bien porque tiene mucho sentido del humor. En esta casa se discute, como en todas las casas del mundo, pero luego nos llevamos cojonudamente. No dependemos económicamente el uno del otro; vivimos juntos porque nos llevamos bien”.

“Yo he tenido una carrera muy irregular porque he dedicado más tiempo a la vida que a ser actor. También cometí actos de irresponsabilidad y durante una época me llamaron menos porque según con qué cosas tenía un carácter irascible. Ahora, en cambio, estoy en una edad (55 años) en la que dedico más energías al trabajo. En estos momentos me gusta especialmente. Hago teatro, que es lo que más dedicación exige, pero también lo que más me gusta”.

“¿Las drogas? Bueno, porros fumé toda la vida, pero lo malo fue el caballo y la coca. Por el caballo hice una pasada y me fui; si no, no estaba aquí. Esto duró unos cuatro años durante los que trabajé muchísimo menos. Todo me tocaba los cojones. Esa generación, la del caballo…, eso es la muerte. Se llevó a mi mejor amigo, Antonio Flores, que era como mi hermano, y a tantos otros… Es jodidísimo salir, muy difícil. Yo lo dejé, entre otras cosas, porque se presentó mi madre y me dijo: «Mira, hijo, si vas a estar así, más vale que te mates». Pero también lo dejé por mí mismo, por mi autoestima. El caballo no volví a tocarlo nunca más. En mi último contacto con el caballo tendría yo 27 o 28 años. La gente que conozco que ha salido no ha vuelto a tener ningún devaneo porque, si no, la jodiste. Y ahora el único vicio que tengo es la puta mierda del tabaco, que lo dejaré porque el cuerpo ya me da avisos: la tos, los pulmones. Soy de los gilipollas que dejaron el tabaco y volvieron a él. Con el alcohol, nada. Empecé a beber cerveza a los 29 años y no bebo otra cosa: cerveza y leche. Cuando dejé el caballo, me metí en un gimnasio al que iba cuatro o cinco horas diarias. Ahora me fumo un porro por la noche, para relajarme. Al teatro no puedes ir fumado. Cuando tenía 17 o 18 años, me fumaba un porro por la mañana y no pasaba nada. Me lo fumo ahora y tengo que meterme otra vez en la cama. El porro me distrae, me dispersa, prefiero no fumar”.

“Hace siete años tuve un accidente con la moto. Me tiré siete meses colgado de un cable después de una operación de 11 horas. Solo podía mover el brazo derecho. Luego estuve año y medio en una silla de ruedas y otro año y pico con muletas, y mira (se levanta y anda), me he quedado cojo. A lo largo de todo ese tiempo tuve ocho operaciones más en la pierna porque había que ir quitando las placas y los clavos que me habían metido. Pero yo no he estado deprimido nunca. Entiendo por estar deprimido que se te quitan las ganas de vivir, y eso no me ha pasado nunca”.

Llegados a este punto, el perro se levanta y recorre el salón con gran esfuerzo. Enrique San Francisco va tras él y le guía porque el animal está medio ciego y tropieza con todo. Desaparecen por una puerta y al poco me grita desde la cocina: “Perdona, Juanjo, que le estoy limpiando los ojos a este, se los limpio con manzanilla porque su organismo ya no produce esa sustancia que limpia las legañas”.

Resuelto el problema de las legañas, vuelve al salón y hablamos un poco más de Arte, la obra de Yasmina Reza que representa en el Maravillas, a teatro lleno, junto a Vicente Romero y Javier Martín. “Cuando haces teatro –dice–, toda tu vida gira en torno a esa hora y media que dura la pieza. Por respeto al público, tienes que estar bien. Tu estado de ánimo no debe influir. Pero si estás mal, el público te cura”.

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