Raquel Martos
Fecha: 25/06/2010Junto a Laura Llopis, su compañera y amiga en ‘El hormiguero’, Raquel Martos lleva la ‘guerra de sexos’ que mantiene con Pablo Motos cada semana a las páginas de ‘La chica que se quería quemar a lo bonzo’ (Aguilar). Del amor al humor solo hay un paso.
Raquel Martos
Sí que se sientan dos amigas a poner verde a los hombres y surge un libro…
Ya trabajábamos juntas preparando una sección de El hormiguero en la que poníamos verdes a los hombres y nos defendíamos del pelirrojo [en alusión a Pablo Motos] que nos hace la vida imposible. No hemos hecho más que recoger lo que nuestras amigas, madres y vecinas nos han contado. Las mujeres nos contamos todo, así que ahí existe una fuente de conocimiento inagotable.
¿Por qué nos gusta tanto que nos recuerden lo mal que nos llevamos hombres y mujeres?
Es parte del atractivo que tenemos unos por otros. A veces no soportamos nuestras diferencias, pero otras nos sentimos muy atraídos precisamente por esto. Si acabara la ‘guerra de sexos’, se acabaría la salsa de las relaciones entre hombres y mujeres.
El hombre es una patata egoísta, pasota, inoportuno, insensible y con miedo al compromiso. ¿Cómo es que no os habéis hecho ya lesbianas todas las mujeres?
Es que nos encantan las patatas. Nos fastidian porque nos engordan, pero nos encantan asadas, cocidas y de otras formas que no se pueden contar, aunque a veces se nos atraganten. Pero a vosotros os pasa igual. Nos criticáis muchísimo, pero también tenéis la capacidad de pasar, y nosotras somos más de ‘reconcome’.
Las mujeres tampoco salís muy bien paradas en el libro. ¿Cómo podéis dormir con tantas cosas por las que os preocupáis?
Dormimos mal, muy mal, de todas las cosas que tenemos rebullendo. ¡No sé ni cómo podemos vivir! Somos todas muy conscientes de que pensamos más de lo que deberíamos, pero no podemos evitarlo.
¿Cree que muchos hombres van a poder descubrir con este libro deseos y frustraciones de sus mujeres que no hubieran imaginado?
Lo pueden descubrir, pero no confiamos en que cambie su actitud. Les puede durar una tarde, pero el milagro no daría para más.
¿No la ha parado ningún tío por calle y le ha dicho: “¡Las mujeres sí que sois malas!”?
Sí, pero me lo dicen sonrientes, porque en el fondo os da igual todo. Estáis tan felices con vuestra forma de ser que las críticas os resbalan.
¿Por qué cree que se pierde la pasión en la convivencia?
Hay una parte inevitable cuando la reacción química se va diluyendo, pero también es porque no nos lo curramos. Las mujeres arrastramos todo lo malo del día y lo soltamos en casa… Y los hombres llegáis mudos, lo que genera un panorama muy difícil de solucionar.
¿Son el sofá y la tele los peores enemigos del romanticismo?
El sofá también nos gusta a las mujeres, sobre todo porque se pueden hacer muchas cosas en él; pero nos revienta que si está la tele encendida, los hombres os quedáis aturdidos y nos escucháis como quien oye a la lavadora.
Lo que está claro es que estamos condenados a entendernos… y sin libertad condicional.
Porque en el fondo nos gustamos, y si una relación se rompe, estamos deseando volver a empezar. A los hombres se os suele dar mejor la segunda pareja, sobre todo porque no os queda fuerza para seguir negándoos a lo que ella os pide.
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