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Cuatro generaciones con memoria

Sacha Artés, fundadora de las abuelas de la Plaza de Mayo

Fecha: 27/04/2010 13:44 Mamen Mendizábal

Sacha llevaba meses sin salir de casa, pero el pasado 13 de abril, con su pañuelo blanco en la cabeza, símbolo de las Abuelas de la Plaza de Mayo argentinas, la anciana fue al acto de apoyo al juez Garzón en la Complutense. Cuando su nieta Carla era un bebé, sus padres fueron detenidos y torturados por la dictadura argentina; al padre lo asesinaron y la madre desapareció. La niña fue regalada a un miembro de la Triple A que le hizo creer que era su progenitor. Diez años después, su abuela la recuperó. La familia se rehizo en España y Sacha ya es bisabuela. Cuentan su historia sin ganas de revancha, pero con firmeza y dignidad.

Carla Arlés, nieta de la fundadora de las Madres de Mayo Carla Arlés, nieta de la fundadora de las Madres de Mayo Alberto Paredes

Me ha contado su nieta Carla que usted solo baja a la calle cuando no hay más remedio. ¿De dónde sacó las fuerzas para ir al acto en apoyo al juez Garzón?
Sacha: Le debo mucho a Garzón. Sentí la necesidad de hacer efectivo mi apoyo. Las Abuelas de la Plaza de Mayo lo queremos muchísimo, como casi todos los familiares y supervivientes. Yo pensé que tenía que ir allí pesara a quien pesara.

¿Y entiende el revuelo que se ha organizado?
Sacha: Yo fui a título individual y como Abuela de Mayo. Me parece desmesurado todo lo que he oído estos últimos días.

Algunas víctimas del franquismo que viven en Argentina han presentado una querella por genocidio para que se investiguen aquellos crímenes. Algunos lo han entendido como una acción revanchista. ¿No puede hacerle ese proceso un flaco favor al juez Garzón?
Sacha: Lo que no me explico es cómo aquí en España ha tardado tanto en salir una causa como la que presentaron las víctimas del franquismo. Quienes hacen las leyes de amnistía o las de punto final piensan en la política, pero no piensan en los familiares, en las víctimas. Tener a un desaparecido es una cosa horrible, no se la deseo a nadie. Yo no tengo todavía ni idea de dónde está mi hija, la madre de Carla, y eso es algo que todavía no está zanjado para mí.

Carla: En Argentina hay muchísimos españoles, muchísimos descendientes y muchos familiares también de represaliados. Aquí no se trata de revanchismo, ni de nada. Se trata de hacer cumplir un principio de justicia universal. Las víctimas no quieren que la causa de sus familiares se entierre por todo el revuelo del ‘caso Garzón’.

¿Qué supuso para ustedes que Garzón instruyese las causas contra los represores argentinos?
Sacha: Nosotras vinimos aquí en el 1987, y cuando Garzón instruyó la causa de la dictadura argentina y chilena, nos llamaron a testificar en el juicio contra el ex militar argentino Adolfo Scilingo. El tipo vino tranquilamente a hacer una entrevista a televisión, puso un pie en España, fue detenido y entró en la cárcel. La Audiencia Nacional le condenó a 640 años de cárcel. Eso movió cosas en mi país. Yo hubiera deseado que se le juzgase en Argentina, más cerca de donde provocó tanto daño.

¿También puede mover cosas aquí en España la querella presentada en Argentina?
Carla: Sí, son todos crímenes de lesa humanidad. Puede que no sea Garzón y sea otro juez el que se declare competente para juzgarlos. Pero se ha montado una polémica enorme contra un juez que durante toda su vida ha luchado por los derechos humanos. Si en España se han paralizado las investigaciones sobre los crímenes del franquismo, los tribunales argentinos pueden intervenir para frenar esa impunidad. Las víctimas tienen todo el derecho a pedirlo.

Reynaldo Bignone, el último presidente de la dictadura argentina, ha sido condenado a 20 años de cárcel por delitos de lesa humanidad. ¿Puede pasar algo parecido aquí en España?
Carla: No es fácil, la causa argentina tenía todo muy bien documentado, con muchos nombres de militares y todo muy bien registrado. La dictadura franquista no es tan transparente. No actuaron de la misma forma, pero hay cosas que son comunes. El otro día escuché al nieto de un represaliado de la dictadura franquista: decía que su abuelo estaba enterrado a la puerta del cementerio, los que lo asesinaron lo pusieron ahí para que todo el mundo lo pisara al entrar. Ese es el nexo de unión entre las víctimas, ese dolor. Entiendo esa historia, me solidarizo con ella. En ambas dictaduras hay asesinados, hijos desaparecidos, secuestros, represaliados. Mis padres eran activistas de derechos humanos sin vínculo con ningún partido político. Ese fue su delito.

Aquí ha vuelto a resucitarse el lamentable panorama de las dos Españas. ¿En Argentina también se produjo esa fractura en la sociedad cuando se juzgó a los dictadores?
Sacha: Claro que ha habido mucha división. Mucha gente vio como su estatus y su dinero crecían con la dictadura. A esos no les ha interesado remover nada, son los que se reparten el botín de guerra. Allí el botín de guerra fue económico y humano, cientos de niños como mi nieta fueron regalados, a veces incluso como un detalle del Día de Reyes, a esposas de altos cargos del régimen. Yo llevo toda la vida sintiendo esa pena por no encontrar a mi hija. Veo mis fuerzas empezando a fallar y sigo sin saber qué pasó con ella. Se sabe que la trasladaron de un centro a otro, en esa época los ‘traslados’ significaban asesinatos.

En Argentina muchos procesos están en marcha y ahora empiezan los juicios que investigarán lo que ocurrió en los campos de concentración y de detención ilegal. ¿Tendrán que ir a declarar allí?
Carla: Sí. El 1 de junio voy por primera vez a declarar al juicio del campo de concentración donde me separaron de mi madre, Automotores Orletti, documentado como uno de los centros de detención del Plan Cóndor. Mi madre fue detenida en Bolivia, estaba en marcha esa coordinación represiva que estalló en Chile y se extendió por las dictaduras de la época. Hay un papel del Gobierno boliviano sellado en el que aparece registrado cómo nos entregan a mi madre y a mí al Gobierno argentino.

¿Y cómo te enfrentas a rememorar una etapa tan dura de tu vida?
Carla: Tendré que ir al campo, supongo. Ya lo he mirado en internet, he visto fotos; pero, afortunadamente, aunque yo viví allí unos meses, no me acuerdo de ese sitio tan horroroso. Ahora lucho para que no tiren Orletti abajo, para que quede como símbolo mientras luchamos por lo que allí pasó.

Las Madres y Abuelas de Mayo han hecho una importantísima labor, pero, en los últimos años, de esa unidad, de esa lucha conjunta, se ve ya bastante poco. ¿Qué ha ocurrido?
Sacha: La política ha entrado en las organizaciones de derechos humanos, y eso ya provocó una división dentro de las Abuelas, el grupo fundador hace tiempo que se dividió.

¿En algo tuvieron que ver unas declaraciones de apoyo a Herri Batasuna?
Sacha: A título personal, la señora Hebe de Bonafini [presidenta de Madres de Plaza de Mayo] hizo unas declaraciones y apoyó a HB en distintos actos. Pero no representa en absoluto a las Abuelas, fue una cosa suya que afectó muy negativamente a la organización.

Tu abuela Sacha te buscó durante diez años después de que fueras secuestrada y tu madre desapareciera. ¿Dónde estuviste, Carla?
Carla: Con una nueva familia. Mi ‘padre’ era Eduardo Alfredo Ruffo, la mano derecha del jefe de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina. Ruffo era agente de Inteligencia del Estado argentino y me lleva a su casa cuando no tengo ni un año y medio. Estuve allí hasta los 10 años. En ese tiempo solo recuerdo abusos sexuales y muchas palizas por las que me he quedado sorda. Excepto afecto, todo lo demás abundaba en aquella casa.

¿Cuál es la primera imagen que tienes de tu abuela?
Carla: A través de la tele, mi abuela estaba en la imagen con un pañuelo blanco. Estaba con las Abuelas de Mayo dando vueltas al obelisco de la plaza y llevaba una foto mía y otra de mi madre. Le pregunté a mi ‘padre’, a Ruffo, quién era esa señora y me dijo: “Es una bruja que te quiere sacar sangre”.

Sacha: Yo solo tenía una foto de ella de chiquitita, a la que ahora llamamos la ‘foto milagrera’, porque me permitió encontrarla. Yo vivía entregada en su búsqueda, me movilizaba, concedía entrevistas, como tantas mujeres, tantas abuelas.

Hubo al menos 500 niños desaparecidos, y en estos últimos 25 años casi cien han sido encontrados. Tú, Carla, ¿recuerdas el día que encontraste a tu abuela?
Carla: Es imposible olvidarlo. A Ruffo, después de dos años viviendo como prófugos al caer la dictadura argentina, un buen día lo detuvieron. Le buscaban no solo por mi secuestro, tenía nueve delitos de sangre. A mí me llevaron a la Jefatura Superior de Buenos Aires, sin entender nada a mis 10 años. Allí me encontré un póster donde había unas fotos. Vi la mía con las palabras “SE BUSCA” y al lado Gina Amanda Ruffo (el nombre que tuve con la familia de mi secuestrador) y Carla Rutila Artés. Me di cuenta de que los dos nombres eran de la misma persona, míos. Encima estaba la foto de Ruffo. La última vez que le vi me dijo que no me dejara pinchar, supongo que tenía miedo a que las pruebas de ADN demostraran que me había secuestrado.
Sacha: Cuando me la entregaron de vuelta, Carla estaba llena de moratones de las palizas que le daban.

¿Y cómo vivisteis ese reencuentro?
Carla: Fue el juez el que me preparó para conocer a mi abuela y me dijo, guardándose muchos detalles, todo lo que me había pasado. Me dijo que me llamaba Carla y que mi abuela llevaba años buscándome. Me hicieron una revisión médica y un examen psicológico, vieron que estaba preparada y me encontré con mi abuela.

Sacha: Yo viví todo el día con mil nervios, la detención de Ruffo, ya con el fin de la dictadura, era una cosa que esperábamos que ocurriera cualquier día. Cuando confirmé que era verdad, solo podía saltar de alegría, estaba sobrepasada. Me tuvieron que pedir que me calmara, yo solo decía: “Ahora me la tienen que dar”. Allí estuve esperando horas acompañada de muchas abuelas. Cuando me dijeron que mi nieta estaba preparada para verme, me tranquilicé.

¿Fue ahí cuando comenzó vuestra nueva vida?
Carla: Poco a poco. Yo me abracé a ella de puros nervios y me encontré con una mujer dulce y afectuosa. Llena de amor. Me dio toda la ternura que me habían quitado. El juez me dio la opción de irme con ella o con una familia de acogida. Esa noche salimos de allí juntas ya. Nos juntábamos en la sede de Abuelas con chicos que habían vivido como yo. Me dejé de sentir tan desgraciada al comprobar que mi historia era la de otra gente.

Tu tienes tres hijos, ¿cómo se vive, cómo se educa después de todo lo que te ha pasado?
Carla: El que no aprende a vivir con su historia no puede vivir. Yo doy mi testimonio en voz alta para que no se olvide, y la justicia y los derechos humanos prevalezcan. Lucho por los valores y enseño a mis hijos a vivir así. Los valores por los que lucharon mis padres están vigentes todavía.
Sacha: Mi nombre en quechua significa ‘árbol’. Y como un árbol hay que resistir, echar raíces, luchar.

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