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Esta carabanchelera representa el arte escénico más radical. La actriz empezó con los tatuajes y los ganchos en la compañía ‘A sangre fría’. Hoy hace teatro 360 grados.

Tania Carrasco: "El gueto me enseñó que todos somos iguales"

Fecha: 19/06/2017 Alberto Gayo
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Nació en un gueto y vivió entre gitanos y familias de realojo. Después, Tania Carrasco bailó mucho, mucho. como actriz busca acciones artísticas extremas. Fue la reina de los ganchos y ahora quiere ser como ‘la Fura dels Baus’. | Sigue leyendo. 

Las chicas de barrio mandan. Y las de gueto, ni te cuento. Tienen menos prejuicios, te miran a los ojos pero no para intimidar, buscan una verdad (y no la hay). Las chicas de barrio funcionan con un código diferente. Tania Carrasco –antes se hacía llamar Tania No Chaos– es actriz, tiene una compañía teatral 360º, de esas que usan espacios escénicos donde no hay paredes, donde el público interactúa y la música es en directo. Tania estudió Filosofía en la Universidad Complutense, ha sido camarera, relaciones públicas y amante de los ganchos que punzan la piel y los arneses que suspenden el cuerpo. Hace performance y moriría por compartir escena en La Fura dels Baus. Es una actriz extrema, radical.

La cita es en un bar de abuelos de Entrevías (sureste de Madrid), una barriada donde las vías parten en dos, en cuatro, en seis la realidad. Allí vive esta mujer de 29 años que nació en Carabanchel, igual que el rockero Rosendo, el rapero Langui y la actriz María Valverde. “Sí, soy una chica del gueto, siempre he vivido con gitanos, con gente de barrio, y me siento a gusto con ellos. Nos enseñó que todos somos iguales”.

De allí marchó al barrio de Moratalaz, a un enorme edificio circular de realojo junto a la M-30 conocido como El Ruedo. Se crió con sus abuelos andaluces. Y se fue de casa con 16 años.

Su piel está marcada a tinta: una rosa del viento de cuando, todavía adolescente, aparecía y desaparecía sin rumbo con una amiga; una niña que lee y un libro que es una caja de Pandora cargado de pasiones; un corazón con alas y un ojo con lágrimas –”lloré mucho por alguien de la familia”–; las manos de su madre sobre su vientre, y unos centímetros más abajo, unas rosas y la frase ‘Knockin’ on heaven’s Door’, que le recuerdan que casi se ahoga en el hospital con 20 años. En sus empeines, un Keka y un Keko: “es como nos llamaban a mi hermano y a mí. Empastamos muy bien, vivo con él, es menos espiritual pero le adoro”.

¿Qué supuso volar sola tan pronto? 

Vivir antes las cosas. Nadie te avisa de lo que va a pasar. No me arrepiento de nada, me hice a mí misma.

¿Cómo fueron sus años de colegio?

Me gustaba estudiar. Lo curioso es que todo el mundo habla ahora de bullying y antes el acoso se sufría de otra forma. Me lo hicieron pasar mal por rara. No era sociable. Pasaba de ser muy tímida a expresarme de forma muy natural, y les descolocaba. Hasta que en 4º de la ESO la asignatura de Ética me abrió los ojos. Empecé a entender las cosas. A Encarna, una profesora, la recordaré de por vida. Fue la que me animó a estudiar Filosofía.

No sé si rara, pero su forma de vestir, de adornarse, es muy curiosa...

Siempre ha sido muy diferente. De adolescente iba con el pelo teñido, rastas, con la ropa hecha por mí, con camisetas que tenían mensajes antifascistas... era muy combativa.

¿Se sigue viendo así?

Me sigo viendo rara pero me gusta. No por fuera, sino porque sigo sintiendo que entre una persona y otra hay un abismo, que el entendimiento es difícil, y eso me descoloca, me hace sentirme desubicada.

¿Y le sirvió la Filosofía?

Claro, sobre todo para hacerme preguntas, para irme más tranquila a dormir. Siempre me obsesionó la muerte, el vacío, el más allá, la Teoría del Caos... estudiaba y trabajaba. Vivía en una casa okupada, una antigua vaquería del siglo XVII, con una amiga y sus padres. Eran pintores y todo olía a óleo.

Y bailaba...

Sí, desde los 4 a los 17 años. Me aportaba seguridad cuando todo era inseguro. Tengo pánico escénico, me meto en el camerino y lloro, vomito, no quiero salir... pero en cuanto pongo un pie en el escenario me transformo, y el baile me ayudó, era terapéutico. 

¿Cómo llegó al mundo de la suspensión corporal (body suspension), ese ritual por el que el cuerpo queda en el aire tan solo sujeto por unos ganchos en la piel?

Conocí a la gente del colectivo A sangre fría, relacionado con los piercing, los anillos... Me enamoré de aquello, lo probé y me gustó. Soy muy radical, muy extrema y en aquella experiencia, suspendido mi cuerpo con ganchos, llegaba a un estado de paz corporal y mental. Hay cosas que duelen más que coger la piel, estirarla y clavar los ganchos. Tu cuerpo genera serotonina, adrenalina... rompes barreras y te libera de muchas cosas

¿Cómo fue la primera vez?

Fue con más gente, tirando de un camión con ganchos en la espalda. Luego he suspendido mi cuerpo de las rodillas, los brazos, el pecho. Era un espectáculo teatral para hablar sobre amor,  frustración, sociedad...

En sus espectáculos el público no está sentado, rodea la escena, interactúa...

Hemos llegado a hacer obras con 25 personas en el escenario, incluidos músicos. En la obra Delirium hay una cama, un protagonista, una camisa de fuerza, delirios y violines, un ambiente onírico, casi de paranoia...

¿Están las instituciones culturales preparadas para aceptar estos proyectos?

Empiezan a estarlo, pero sigue siendo un teatro minoritario. Es un teatro alternativo, agresivo y provocador.

¿Qué planes tiene?

Estudiar Artes Escénicas en Londres. Y quiero ganar mucho dinero.

[Instagram: tania.chaoss / Facebook: Tania Nochaos]. | Sigue leyendo. 

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