El cuarto poder tiene un solar...
Fecha: 08/08/2005Cuando escribo estas notas, me encuentro en Brasil, el país de Lula, pero sin Lula, porque Lula se encuentra en estos momentos flotando muy por encima de la ponzoña que invade diarios y televisiones. Es curioso lo que suele suceder con estos personajes tenaces que, al final, acaban consiguiendo el objetivo del poder con una consigna tan simple como la de garantizar el desayuno diario de todos sus ciudadanos. Cuando Lula llegó al poder, hasta los más reaccionarios de la prensa española le consideraban una esperanza para arreglar el desaguisado en el que se había convertido Brasil. La socialdemocracia tiene estas cosas. Mientras el ultraliberalismo campa por sus respetos y ensancha la fractura social de un país, The Wall Street Journal y sus aplicados alumnos miran hacia otra parte.
Cuando ya todo ha quedado hecho unos zorros, llega entonces el socialdemócrata salvador a barrer, a pintar y a proponer y dicen en voz alta: “Ha llegado la Esperanza”, y en voz baja: “Pero que no se quede demasiado”. Ésa es la función que los ideólogos del dinero reservan a Lula y sus epígonos: que arreglen cosas, que cohesionen a la ciudadanía, que vacunen al pueblo contra la tentación insurgente, que cumplan las reglas democráticas y que se hundan en sus propias contradicciones. La prensa de Brasil es, en estos días, muy parecida a la que consiguió desarmar a Felipe González. En todas partes existen un Juan Guerra y un Luis Roldán. En el magma de la sospecha permanente todo vale. Los vividores de todo jaez se metieron también en el partido que había de representar a los trabajadores y en pocos años se han convertido en el pretexto para llevar al presidente al impeachment. Incluso el propio Bush, cuyas luces políticas suelen ser bastante limitadas, le da aire a Lula, porque sabe que más vale Lula conocido que Hugo Chávez por conocer.
Así están las cosas mientras el barro y la mierda van impregnando las páginas y las pantallas. Pienso en esta maldición de la izquierda, esa madre vivípara que es capaz de gestar en su seno a idealistas generosos y a malhechores del poder, mientras contemplo las bellas formas que Oscar Niemeyer diseñó para Brasilia en la plaza de los Tres Poderes a finales de los cincuenta. Hoy, a sus 97 años, Niemeyer todavía vive y supervisa la construcción del Museo Nacional de Arte del Brasil. Probablemente no tendrá tiempo ya de culminar el Museo de Antropología, con lo que la espina dorsal de la Brasilia institucional estaría casi completa. Y es que, vistas las cosas, cabe pensar que el urbanista Lucio Costa y el arquitecto Oscar Niemeyer no supieron intuir con exactitud la importancia de otros poderes a los que había de dejar un lugar preeminente en la metáfora arquitectónica de la ciudad del tercer milenio.
Junto al Senado y el Congreso, con sus dos enormes platos como cubierta, y junto al edificio del Poder Judicial y el despacho del presidente de la nación, tal vez Niemeyer hubiera debido diseñar un pequeño edificio construido con bidones de basura para albergar al llamado cuarto poder, ese que ninguna urna ha otorgado pero que es capaz de sembrar el odio, enaltecer a ignorantes y mandar a paseo a la gente honesta.
En la inmensidad de la noche austral, vale la pena pensar en el verdadero objetivo de nuestro trabajo como periodistas. ¿Hemos de buscar la verdad? ¿O acaso nos pagan para encontrar aquella verdad que confirma la posición de nuestros empleadores? Abandono los tres poderes de Montesquieu convertidos en volúmenes armónicos sobre lo que algún día fue sabana y me siento junto a la catedral semienterrada de Brasilia. Ahí, en la base de su campanario, luce una placa que recuerda la contribución del Rey de España a aquella pequeña construcción. Siento entonces un curioso orgullo de formar parte de un país al que se le celebra desde fuera pero que no duda en morderse y en maldecirse desde dentro.
Hubo un tiempo en el que España estaba comprometida con la idea de la Hispanidad. Con los gobiernos de Aznar esa tutela moral se desvaneció. La idea de Hispanidad de Aznar era declaradamente intervencionista y sólo se justificaba para zaherir a Castro o para conspirar contra Chávez. Tal vez hoy, cuando Lula necesita más apoyos que nunca, se invierta esa tendencia y las campanas de la catedral de Brasilia suenen de nuevo con tañido español. En el aeropuerto me pareció ver una comitiva oficial que se dirigía a la ciudad. Las Harley-Davidson de los escoltas lucían una bandera brasileña y otra española. Nunca es tarde para recomenzar.
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