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Alfredo Grimaldos publica un ensayo sobre la evolución social del cante jondo

La música callada del flamenco

Fecha: 17/09/2010 ■ Carlos Barrio
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El autor del libro posa en la tienda El Flamenco Vive. El autor del libro posa en la tienda El Flamenco Vive.

Es el signo de los tiempos. Igual que se acaba el lince ibérico, o los bolcheviques, se está acabando el flamenco”. Lo dice Alfredo Grimaldos y hay que creerle, que para eso lleva toda su vida glosando otras vidas, las de los patriarcas del cante jondo. Periodista de investigación, flamencólogo y colaborador de interviú desde 1977, Grimaldos acaba de publicar Historia social del flamenco (Ediciones Península), un ensayo muy humano por el que transita la voz íntima y confidencial de los grandes del cante jondo, resumen de sus muchos encuentros y entrevistas con los principales protagonistas de este arte.

“Los flamencos están mejor ahora, y el flamenco, peor”, cuenta Grimaldos parafraseando al maestro Rancapino. Y aporta razones para justificarlo: “Se ha pasado de la pobreza, del trabajo en el campo y las noches en vela en las ventas cantando para los señoritos a los festivales y a los grandes teatros. A la globalización. Ahora los cantantes están muy bien considerados, pero se han perdido muchas cosas en el camino, entre ellas la autenticidad”. No deja de ser significativo que hasta la especulación inmobiliaria tenga su parte de culpa: “Están desapareciendo los patios de vecinos y las tabernitas donde se reunían las familias gitanas para cantar. Ahora todo se escucha en discos, pero apenas surgen artistas”.

Este catastrofismo, no obstante, viene de antiguo. Ya el padre de los hermanos Machado anunció a finales del siglo XIX la inminente desaparición del cante. Como prueba de que estaba confundido, baste citar que hasta la mismísima Michelle Obama acudió hace unos días al espectáculo flamenco de Los Maya en el Sacromonte granadino. “No ha sido la primera vez que un flamenco actúa para los presidentes de Estados Unidos. Joaquín Cortés, por ejemplo, actuó para Bush. Le pregunté a José Mercé qué pensaba al respecto y me dijo que el no cantaría en su vida para un personaje de esa calaña”.

El libro está cuajado de anécdotas muy ilustrativas que dan cuenta de la relación de los flamencos con los distintos avatares sociopolíticos de la historia. Y con sus propios fantasmas, como le ocurrió a Juan Moneo, el Torta: “Un día comentó que quería grabar un disco con doce palos flamencos. Al poco rectificó y dijo: «Bueno, mejor que palos, estilos, que los palos ya los da la Guardia Civil»”, cuenta Grimaldos.
A Alonso Núñez Núñez, Rancapino, se debe la frase que podría resumir toda la pobreza y jondura que laten en la historia social del flamenco: “Tengo la voz ronca de haber andado tanto tiempo descalzo”. “Rancapino viene a ser el Lazarillo de Tormes de los siglos XX y XXI. Su vida, desde que empezó pasando el plato por las ventas, es una pura tragicomedia”, enfatiza Grimaldos.

Capítulo aparte merecen en el libro las grandes dinastías gitanas, como los Habichuela, los Sordera o las hermanas Fernanda y Bernarda de Utrera. También tiene palabras el autor para los Farruco. Del patriarca de la familia, Antonio Montoya, consiguió esta contundente confesión: “A mi padre lo fusilaron los fascistas. Publica esto donde te parezca, y si alguien quiere, que venga a preguntarme. Farruco no se esconde de nadie”. “El padre era Manuel Montoya y fue comandante de la 30 Brigada Mixta en el frente de Madrid”, precisa Grimaldos.

La persecución y la marginación ha marcado ese poso de rebeldía que siempre ha acompañado al cante jondo. Numerosos cantaores se significaron a favor de la República, y militaron en el bando tricolor durante la guerra civil. De la posterior represión franquista dan cuenta tristes episodios como el sufrido por Antonio Mairena: “Le obligaron a cantar el ‘Cara al sol’ por bulerías y luego le llevaron al cementerio para que creyera que le iban a fusilar”. El final de la dictadura vino marcado por la toma de posición de muchos flamencos en la militancia de izquierdas. Francisco Moreno Galván le dio letras de libertad a cantaores como José Menese, a quien dedica Grimaldos un largo capítulo. Y queda, para el recuerdo y la admiración del autor, Camarón de la Isla: “Decía Juan Talega que se empieza a cantar con fundamento a los cuarenta años. Salvo que ya seas viejo de pequeño, como le pasaba a Camarón”.

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