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Opinión / Carta del director

Chaval, junto a mi corazón

Fecha: 05/02/2018 Alberto Pozas

Te va a chocar, pero hoy, querido Gonzalo, has sido Trending Topic en Twitter. Tus amigos y conocidos lo han hecho posible, no querían que tu muerte pasara desapercibida. Mientras ellos se despeñaban en elogios más que merecidos, tengo que confesar que me he quedado en shock, sí, yo, el que sabía dar el paso adelante cuando titubeabas. Pues esta vez no ha sido así. Me llamó Rosi y me dijo que le estaban llegando malas noticias sobre ti. Hasta mediodía tenía la decisión firme de no escribir sobre tu fallecimiento. Por una sencilla razón, porque tú me habrías dicho “que quede entre nosotros”. Así has sido siempre: huyendo de cualquier foco, que estabas más cómodo en la penumbra. Pero como eras TT, me he dedicado a echar un vistazo a lo que escribían los demás de ti, y he visto que, con cariño y admiración, han hablado de un excelente periodista y una buena persona. Te sorprendería, por cierto, saber que tus necrológicas hablan de un “escritor y periodista”. Lo conseguiste, Gonzalo, te has ido siendo escritor. No sé el precio que has pagado, pero eso ya no te lo quita nadie. Enhorabuena.

Y leyendo a los demás, he decidido que no soy quién para negar a todos los que te quieren unas líneas sobre tu otra vida. Porque nadie más que nosotros sabemos cómo nos encontramos en 1982 en una redacción de pipiolos dispuestos a comerse el mundo. Yo venía de hacer fotocopias, y tú, no habías cumplido los 23, eras un veterano que ya se había paseado por la radio. Tuve la oportunidad de elegir sección, y prefería política, pero el director me dijo: “Hay mil periodistas que hacen política en este país, y casi todos lo hacen bien. En información militar hay solo seis, y por mal que lo hagas serás el séptimo”. Así que me tocó hacer información militar. A ti política. Te miraba los primeros días como uno de los que iban a desaparecer en ese océano de un millar de colegas, pero tu estilo y tu forma de enfrentar la información fueron reduciendo ese número de tal manera que, con un poco de tiempo, las cuentas cambiaron para quedar tú y un puñado de buenos compañeros.

En fin, Gonzalo, que en aquella redacción nos salió la barba y desaparecieron los granos. Los viernes eran gloriosos, cuando dábamos la espalda al redactor jefe para vivir esa vida de veinteañeros que nunca nos negamos. Recuerdo perfectamente lo coñazo que eras: el yogurt tenía que ser de fresa, y si ibas a comer fruta, la tenía que haber sacado una hora antes del frigorífico. Qué cenas. Manolo, Manolo Hermógenes, era tan educado que decía que le gustaban los espaguetis, pero tú, con vocación de soltero que no se casaba con nadie, nos decías que el emperador iba desnudo. Claro, que si le soltabas al político de turno lo que realmente pensabas de él, no te ibas a arrugar ante una pasta al ‘redente’. Y los botillos que traías del pueblo, esos que arrancaban lágrimas silenciosas a Manolo.

He buscado en la memoria excesos de aquella época, edad de borracheras con amigos, y al final me he acordado solo de una: en casa de Paloma, a la que un mal cáncer se llevó por delante con su sonrisa perenne y su voz rasgada. Aquella noche conocimos a un novio que se había echado y que, como presente, llevó una botella de Oporto de un zurrón de años. Te la bebiste entera, colega, no me extraña que luego no supieras en qué dirección quedaba tu casa. Pero es la única, no te recuerdo perdiendo el control (después vendría el cierre de El Sol, pero ese es otro momento).

En aquellos años aprendimos mucho y a una gran velocidad. Tú seguías creciendo en política, atropellando a los más listos del lugar, y yo luchaba por no ser el séptimo de siete. El caso es que desde interviú, esta casa, pagaban de cine los “confidenciales”. Te ofrecí hacerlos juntos, pero no era ese tu negocio. No entendías que pudiéramos cobrar por noticias que aún estaban por confirmar. De aquella época son tus primeros reniegos de las tertulias, un género que, según decías, no era periodismo y en el que jamás entrarías. Reconozco que no fui capaz de convencerte.

También aprendimos a pelear por lo nuestro. Fuimos los dos representantes sindicales (¿mantenías en secreto este liderazgo?) que nos tocó negociar un convenio con el todopoderoso Grupo Zeta, representado por el gerente de la revista Tiempo. Caminamos desde la plaza de Colón hasta la de Castilla, donde nos esperaban. Antes de llegar, la estrategia estaba clara: si nos ofrecían algo negociable, hablabas tú, más dotado para el diálogo, pero si se comportaban de una forma insultante, la cosa era mía, más propenso a las armas. La oferta no dejó dudas: el 0 por ciento. Me miraste como diciendo “pista libre”. Al final les sacamos el 15 por ciento de subida salarial. Lástima que, luego, la redacción prefiriera repartirlo en tres tramos, 13, 17 y 21 por ciento, sin saber dónde nos colocaban a cada uno. Dimitimos porque en la asamblea no salió nuestra propuesta de que lo mismo para todos. Y menos mal, porque cuando la empresa descubrió quiénes eran los dos que cobrarían el 21 a alguno se le heló la sonrisa: tú y yo, jódete.

Luego la vida nos separó un pelín, aunque seguías exigiendo el yogurt de fresa. Hasta 1990. Yo estaba en la Secretaría de Estado para la Seguridad, intentando sestear después del duro trabajo que provocó el diálogo con ETA en Argel. Acababa de nacer mi hijo, del que me has llenado el alma de elogios, y te sacaste de la manga una conversación para la que creí estar preparado. “Me han ofrecido ser redactor jefe de El Sol”. Te felicité, te lo merecías, pero me dejaste helado: “He puesto una condición, que te vengas como jefe de Nacional”. Ahí demostraste que eras más listo que yo, porque pactamos que iría a comer con el director del periódico y escucharía su oferta siempre y cuando tú hubieras aceptado el cargo antes de ese almuerzo. Lo hicimos y acabé en El Sol, entré en el restaurante con un No contundente y salí con un Sí encantado. Cómo me conocías.

Allí, en el periódico, más de uno resultó agraciado con tu incapacidad para mentir. Recuerdo cuando le dijiste a una becaria que le ibas a dar un consejo, que dejara el periodismo porque no valía, y que se volviera a su casa y construyera un futuro distinto. Te lo recriminé de mil maneras, incluso con tu dificultad para hacer amistades, pero tu respuesta fue tan escueta como llena de razón: “Es que no vale”. Posiblemente acertaste con ella, pero yo me equivoqué contigo, porque en El Sol demostraste que tu empatía era distinta a la de los demás, pero que servía también para dejar huella. Supongo que te imaginarás que hoy ha sido un día de luto para El Sol, más que cuando lo cerraron, porque supiste pastorear juventud, hormonas y ganas de aprender de los más, y exprimir la experiencia de los veteranos.

Se nos fue complicando la vida a todos y saliste como pudiste en cada momento. A alguno le quedará la falsa imagen de periodista dispuesto a la aventura, pero qué va, si algo te distinguía es que preferías tener todo calculado y, en la medida de lo posible, atado. Te apuntaste de forma entusiasta a nuevos proyectos, desoyendo los consejos de quienes preferíamos, en ese momento, pájaro en mano. Pero tenías que hacerlo. Lo explicaste y lo entendimos. Salió mal, porque en esta vida ya se sabe, y en esta profesión, ni te cuento, y te tuviste que reinventar.

Para entonces yo ya era director de interviú, y cuando te abrí sus páginas para que siguieras escribiendo, no me dí cuenta de que, al margen de la retribución, te ofrecía lo que más necesitabas: verte sobre papel impreso. Y si no me dí cuenta fue porque tú tampoco me lo explicaste. En lugar de decirme que necesitabas un chute de tinta por las venas, te empeñaste en echarme las cuentas de tu casa. Al céntimo. Cómo sería que si los jefes de Zeta leen estas líneas se enterarán de que en el último recorte de colaboraciones, el único que siguió cobrando lo mismo fuiste tú.

Cuando cerramos la revista no tenía ánimo para sumergirme en tus preocupaciones, lo reconozco. Hablábamos y siempre empezabas con la misma pregunta. “¿Cómo estás tú?”, pero entre mi incapacidad para decir como estoy y tus prisas para contarme cómo estabas tú, al final siempre terminábamos en el mismo sitio. Te pedí un último artículo para el número de despedida de interviú, y me contestaste que no te apetecía. Solo te dije que me resultaría extraño que fueras el único que faltara a la última cita, y me concediste que lo pensarías, aunque la fórmula que usaste me permitió saber el desenlace: “Si no te llamo esta tarde, es que lo hago”. Te habías dado cuenta de que era importante, para mí y para ti, que estuvieras ahí y no querías pasar por el pequeño bochorno de reconocerlo. Quede claro que el primer artículo que recibí para ese especial fue el tuyo.

Me quedé tranquilo cuando me contaste que ibas a colaborar con Voz Pópuli y con Infolibre (ahí, y en Público, demostraste que tu particular empatía da para hacer amigos de verdad), y que, además, y esto sí que era sorpresa, empezabas en una tertulia de TVE. Una tertulia, palabras mayores para ti. Un subgénero periodístico que estabas dispuesto a explorar solo a cambio de que te permitiera seguir soñando en tus novelas. Me pusiste un pero, que si veías que tanto trabajo atomizado te impedía escribir, lo dejarías. En fin, he visto hoy tu intervención del viernes en La Noche en 24 Horas y confirma lo que pensé y te dije hace varias décadas: habrías dado un lustre especial a esa manada que somos los tertulianos. Podemos ser mil, pero en breve estarías destacando, como cuando éramos unos críos.

Como te decía, hoy has sido Trending Topic. Que te trae al fresco, vamos, porque eso de Twitter no iba contigo. Yo creo que las redes sociales las veías como un enemigo del periodismo, del tuyo y del mío. Por eso quizás es que, cuando me escribías para pedirme que difundiera tu artículo, me daba cuenta de que no seguías a nadie. Qué arte, Gonzalo.

En fin, ahora toca despedirse. Y no se me ocurre nada mejor que hacerlo como hace casi veinticinco años. Con Snoopy, en un vaso de whisky, diciendo “chaval, junto a mi corazón”.

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