Desorientados
Fecha: 23/01/2012
Marx, Groucho, dejó para la posteridad muchas ocurrencias; una de las más repetidas es la defensa de sus principios, para concluir que si no son de nuestro agrado, tiene otros. Si hubiera tenido la oportunidad de conocer a los mercados, seguro que su catálogo de mensajes habría crecido.
Lo dice mucha gente, no ya Marx, que esta crisis nos está cambiando a velocidad de Fórmula 1. Después de estudiar la evolución humana medida en siglos, ahora, entre prima de riesgo y demás familia, los principios están pasando a mejor vida para que saquemos otros del cajón, a ver si les gustan más a los especuladores. Y si no, que se lo digan a Zapatero, que hace dos mayos viajó a Bruselas con su vitola de socialdemócrata y peleón frente al eje francoalemán (qué antiguo suena), y regresó dado la vuelta como el calcetín de Gila, con el pulgar y el índice preparados para girar la tuerca todo lo necesario.
Rajoy, también. Esto de principios saltando por los aires no es exclusivo del ala izquierda del patio nacional. También los del otro lado sufren amnesia selectiva, pero al revés. Desde que el nuevo propietario de La Moncloa recibiera las llaves, sus principios declarados han ido cayendo como piezas de dominó, a la mayor velocidad jamás conocida. El más palmario ha sido el uso de los impuestos; lejos del discurso liberal, el que el PP enarboló hasta el 20-N, no se ha encontrado mejor manera de actuar que subiendo el IRPF, una blasfemia política hace apenas unos meses, y el IVA está temblando. Pero si solo fuera eso…
Casi no hemos llegado a la tercera uva cuando los efectos de las empresas de rating sobre bolsas y primas tienen vida propia. Sin comparecer el invierno, estábamos ahítos de oír la letanía de que el único problema era que el Gobierno, el anterior, no inspiraba confianza a los mercados. Los fríos avanzan y ahora resulta que la culpa es de las agencias de calificación, que son unas bordes.
No hay que hacer mucha literatura para explicar que el escaso aprecio liberal-conservador a crear una tasa sobre las transacciones financieras se ha quedado en la gatera del despacho presidencial, y hemos visto a Rajoy abrazar a Tobin con el impulso del converso de la mano amiga de Sarkozy.
Y qué decir de la utilización del Instituto de Crédito Oficial en algo así como un banco nacional que apoye la política económica del Gobierno en cada momento, pero sin capacidad de emitir moneda. Quién nos lo iba a decir hace apenas… un cuarto de hora. Que conste que no critico estas medidas, incluso estaría dispuesto a apoyar algunas de ellas, solo me limito a reseñar que si no les gustan sus principios, tienen otros.
En otro plano está la reforma laboral. No es ningún placer escuchar al Gobierno emular a sus antecesores cuando aprobaron la suya: no va a crear empleo al día siguiente. Una pena que en esto, también, se hayan movido los criterios.
Ruíz-Mateos. Llamo su atención sobre nuestro primer reportaje. Es la confesión de un hombre muy cercano a la familia Ruiz-Mateos y a su tinglado empresarial. Se trata del abogado que les ayudó lo suficiente como para saber bajo qué loseta del “cuarto de costura de doña Teresa” se escondía el dinero. No tiene desperdicio. Es bueno que existan los contables de Al Capone para que podamos saber la verdadera historia, miserias incluidas, de estos personajes.
Alaska. Durante toda la semana pasada vivimos una polémica innecesaria. Los maestros del smartphone y habilidosos del PC concluyeron que el reportaje de Alaska estaba muy retocado. Incluso según estoy escribiendo estas líneas, un colaborador de Susanna Griso comenta con la gracia que Dios le ha dado que la máquina del PhotoShop de interviú se ha roto de tanto trabajo. Espero que viendo el DVD con el making of de esa sesión fotográfica, sin posibilidad de retoque, estos expertos se queden tranquilos: no hay gato por liebre.






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