Huracán Gallardón
Fecha: 30/01/2012
Previsible. El principal indicador de las cuentas de Rajoy era, sin duda, Alberto Ruiz-Gallardón. Si los mercados recibían la mayoría absoluta del PP con esa generosidad que les caracteriza, los empresarios empezaban a crear empleo a buena velocidad y los bancos abrían de nuevo sus cámaras acorazadas a los ciudadanos, entonces la política económica no habría tenido ninguna competencia en las noticias. Se habrían cumplido las esperanzas de muchos de los votantes populares, que creían sinceramente en el milagro y en que todo era culpa de Zapatero, y la parte política del Gobierno estaría aguardando en primer tiempo de saludo a que su concurso fuera necesario.
Pero para desgracia de todos, incluido Rajoy, en este país siguen pintando bastos, y hay que reconstruir posturas, apelar continuamente a Diego para sustituir el digo, adoptar medidas casi del argumentario de enfrente y empezar a cavar la tumba del dios “cumplir el déficit cueste lo que cueste”. Todo, adornado por las primeras dificultades de valoración, comunicación y expresión entre el equipo económico.
Paso a la política. El escenario económico es, en suma, uno de los peores posibles, y por eso Rajoy se ve obligado a tocar la corneta y convocar a la otra parte del Ejecutivo, la política, para que llene tanto los espacios que el hueco para la desazón económica sea cuanto más reducido, mejor. Un escenario malo en general, pero ideal para un político como Alberto Ruiz-Gallardón, un pura sangre que siempre reclama su puesto en el podio. Recibió la orden de salida y ha cumplido con creces las expectativas: si no fuera por un no delito de cohecho impropio de Camps, nadie hablaría en España de otra cosa que de la batería de reformas que piensa hacer en la Justicia.
El problema que producen las propuestas anunciadas por Gallardón es para un buen número de progresistas que creían ver en el exalcalde a la parte más tratable de la derecha y que ahora tendrán que revisar esas apreciaciones. Porque el ministro de Justicia no se ha dejado nada en el tintero, todos los guiños que tenía preparados el equipo de Rajoy para la parte más extrema de su electorado y militancia los ha puesto sobre la mesa, provocando inmediatamente, como estaba previsto, un debate intenso y ocupando un gran espacio mediático.
Bueno, todo todo, no. A Gallardón se le olvidó incluir en el listado qué piensa el Gobierno sobre los matrimonios entre homosexuales. Quizás le ha podido el hecho de, en su faceta municipal, haber celebrado algún acto de ese tipo.
Por lo demás, no ha faltado de nada. Que si volvemos a 1985 en la ley del aborto (y que nos demos con un canto en los dientes); que si dejamos de considerar el Consejo General del Poder Judicial un órgano político y le damos la manija a las asociaciones de jueces, por supuesto conservadoras; que si nos quedamos en manos de la primera instancia salvo que podamos jugarnos nuestro dinerito a esa ruleta rusa que en ocasiones es la Justicia; que si vamos a tener cadena perpetua, aunque la llamaremos de alguna forma que dañe menos nuestras conciencias… El ministro considerado más progresista ha puesto el huevo más conservador.
Una mayoría absoluta conseguida al calor de la crisis económica, con un mandato claro de sacarnos de ese agujero, con la esperanza de que el nuevo presidente lo sabría hacer… no da para coger el país y dejarlo irreconocible. Lo que ha anunciado Gallardón, una reforma ochentera si estuviéramos hablando de música o de movida, puede sobrepasar el mandato político de las urnas. E igual que pienso que con el exalcalde madrileño en las listas Rajoy se acercó un pelín al centro, con el huracán judicial anunciado se escora al extremo sin ningún pudor. La desesperación por la marcha de la economía no debería descentrar a Rajoy. Si alguien de su entorno se lo va diciendo, nos haría un gran favor.






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