Opinión / Carta del director

La medallitis llega a la política

Fecha: 03/09/2010 Alberto Pozas
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Ilustración: Rafa Negrete Ilustración: Rafa Negrete

DEBE SER una gozada viajar a lomos de la moto de Lorenzo, compartir dedo y anillo con Gasol, tirarse sobre la pista con los brazos extendidos al lado del mismísimo Nadal, poder cruzar la meta al ritmo de las poderosas piernas de Casado, ponerle el guante a Casillas para que detenga el penalti decisivo, llevarle la manija a Xavi... Y el remate del tomate debe ser que un montón de chinos hagan cola para inmortalizarse con la Copa del Mundo ganada por tus chicos y que, encima, en todos los países te reciban felicitándote por la gloria deportiva. Tanto éxito tiende a desenfocar al político, padre de aquel axioma según el cual la victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana. Lo vimos con el éxtasis de las huestes de Del Bosque: enseguida los políticos se conminaron a no utilizar la copa en beneficio partidista. Tema distinto es que lo cumplieran.

Enfoque defectuoso. Personalmente no le doy mayor trascendencia a que una candidata socialista, en plena lucha de primarias, se refiera a su papeleta como unos “cuartos de final”. Tampoco que las copas y medallas conseguidas se vayan paseando por las distintas instituciones para que todos nuestros administradores tengan su momento fotográfico de gloria deportiva. Pero toda esa voracidad política por el populismo que aporta un trofeo tiene otros efectos nocivos, el más grave instalar la medallitis no solo en la sociedad, sino en las propias estructuras del deporte.
Frente a quienes aseguran que vivimos en un país que levanta admiración en todo el mundo por sus éxitos deportivos, incluido el presidente del Gobierno, debo decir que nuestra política deportiva es limitadita, que nuestra gran preocupación, y a veces única, es encontrarnos con un talento para, a partir de ahí, cuidarle como a lo más sagrado para que nos permita pasear a la Familia Real de final en final. Pero el deporte sin mayúsculas, ese que debe conformar la base de una pirámide que ofrezca sin parar talentos, está tan descuidado que depende únicamente del dinero que pueda mover cada práctica deportiva por sí misma.

Negocio. En España, el deporte empieza a ser un simple negocio. Descontando a los deportistas populares que van a su ritmo y que no cuentan casi para nadie, lo demás se mide en euros. Los patrocinios para lo que no sea fútbol o un talento excepcional brillan por su ausencia. Hay deportes tan imprescindibles como el atletismo que se ven obligados a mendigar cuatro duros, y siempre y cuando puedan devolver lo que les piden los políticos: medallas, medallas y solo medallas. Al final, esa voracidad política por la foto con los campeones lo único que consigue es modificar las estructuras deportivas para enfocarlas única y exclusivamente a ese fin: el trofeo.

Campaña con bufanda. Por todo eso y más no entiendo que para defender la candidatura de Jaime Lissavetzky algunos se afanen en contabilizar bufandas deportivas. Habrá que mirar uno por uno esos éxitos y decidir cuántos son producto de la definición y gestión de una política deportiva correcta y cuántos resultado lógico de la inversión de patrocinadores. Si buscamos qué políticos han hecho más por el deporte en este país, nos daremos de bruces con los primeros alcaldes democráticos, que dotaron a las ciudades, principalmente a las medianas y pequeñas, de infraestructuras deportivas. De allí hasta ahora, poco más.

Pero ya que Lissavetzky quiere ser alcalde de Madrid quizás deba incluir en su programa menos medallitis y más explicar a los atletas capitalinos por qué el histórico Vallehermoso está desmantelado, por qué la Peineta se entrega al fútbol, por qué el Palacio de los Deportes tiene música pero no la pista de atletismo que sirvió para su reinauguración tras un incendio, por qué tienen que irse a competir a instalaciones de Sabadell, Sevilla, Zaragoza, Valencia, San Sebastián... si quieren hacerlo bajo techo y evitar la nieve o la lluvia, ya que en Madrid no tienen ni paraguas. España necesita menos medallas y más compromiso político con el deporte de base, ése que, al final, traerá también trofeos. Solo hace falta paciencia.

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