El ejemplo de Ken Follet
Fecha: 22/10/2010
Andreu Buenafuente
Viene Ken Follet a España a promocionar su nuevo libro, después de vender millones y millones, y dice: “Venga, a ver, ¿qué hay que hacer?”. Y va y lo hace. Concede sus entrevistas, contesta ingenioso e interesante, se hace una foto junto a una estatua suya en Vitoria, acude a los platós de televisión y hasta se marca un Mustang Sally tocando el bajo. Esto último lo vivió un servidor el pasado jueves. Vi como se quitaba la americana, se dirigía al escenario y se enfrentaba al micrófono como el que está en un pub de Londres.
Entonces me acordé de los escritores que se la cogen con papel de fumar y se niegan a comunicar porque su divinidad les impide bajar al suelo de los mortales y –¡ojo!– sus compradores. Vamos, que Follet dio una lección de márquetin y personalidad y se volvió a su casa a escribir “desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde”.
¿O es que alguien creía que la condición de best seller te la regalan con una caja de cereales?






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