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Opinión / Hombres, modo de empleo

Algunos mozos malos

Fecha: 02/10/2017 Teresa Viejo / Ilustración: Gustavo Otero
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Es policía de día y de noche, pero en un empleo se enfunda el traje y en el otro se despoja de él ante mujeres que aplauden su arte de mover la porra 

Apenas llega a casa cuelga su uniforme y se enfunda otro idéntico para cruzar la ciudad y ganarse su segundo sueldo. Es policía de día y de noche, pero en un empleo se enfunda el traje y en el otro se despoja de él ante mujeres que aplauden su arte de mover la porra. 

Si los sueldos de la administración no fuesen tan flacos, si no tuviera hipoteca y si su ex no le sableara con los gastos del niño, no tendría que desnudarse en una docena de despedidas de soltera al mes. 

De camino al club donde trabaja se topa con una obra a la que la crisis dejó a medias y que ahora ha vuelto a reflotar. En paralelo al semáforo hay una garita de seguridad con la luz de un flexo encendida; el policía toca el claxon, aunque sepa que está prohibido, y dentro de ella un tipo medio adormilado se deshace del termo que estaba por abrir. 

-¿Qué pasa, tío? –grita por la ventanilla–. Te estabas quedando grogui.

-Ni de coña. Guárdame una que la remato cuando acabe el turno.

-¡Qué dices! Las clientas se miran pero no se tocan.

Cuando el semáforo vira al verde el policía en horario de boy desaparece por la avenida y el de la obra se lamenta de sus lorzas. Si estuviera más delgado, tuviera pelo y fuese más agraciado, seguiría con el uniforme oficial en lugar del de segurata y bailaría hasta quedarse en tanga delante de las tías, lo mismo que su compañero de patrulla. Peor lo lleva el Pau, que los fines de semana que libra le toca sentarse tras el volante del taxi de su suegro y sacarse para los gastos “apatrullando” la ciudad. Una ciudad de provincias que creció tanto gracias al ladrillo que cualquiera no sacaba tajada de él. 

Con su horario de oficina, con el poco papeleo de la comisaría, a ver quién era el listo que rechazaba colocar ventanas o acuchillar el parqué en los ratos libres. De hecho, el vigilante de la obra se convirtió en un experto del aluminio, el problema es que se paró todo y hubo un momento en que ni renovaba los DNI ni recibía pedidos. 

Otro agente, un manitas con los cables, realizaba chapuzas como electricista hasta que un foco en mal estado le sacudió un calambrazo que le trituró la mano, por eso ahora completa el sueldo como detective privado y sus asuntos de cuernos entretienen mucho a los compañeros.

El jefe tiene un bar donde paran a almorzar a media mañana y así un suma y sigue de mascarillas de oxígeno para unas economías en precario. Hasta que este septiembre la actualidad les ha estrangulado el bolsillo. Entre precintar colegios electorales y controlar a las turbas, se han ido los días sin más sueldo que el oficial.

El mosso del termo enciende la tele y descubre una película a medio empezar. En la pantalla se ve a un grupo de hombres con aspecto de poderosos en torno a una mesa y varias camareras sirviéndola. Quien se supone que es la dueña de la casa observa el juego entre una sirvienta y un comensal. “No puede tomarse esas familiaridades con los invitados”, replica la anfitriona. “No entiendo porqué, si él y yo nos conocemos muy bien”, contesta ufana la camarera. “¿O quién cree usted que paga la letra de mi coche?”.  

Al mosso se le escapa una risilla y suelta: “El pluriempleo no se independiza del currante de ni de coña”| Sigue leyendo. 

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