Opinión / Hombres, modo de empleo

Avisar a Juan

Fecha: 09/12/2011 Texto: Teresa Viejo
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Ilustración de la secretaria Secretaria

“Hace mucho frío. Se ha roto mi reloj y la pantalla del móvil falla. Escribo a ciegas”. El sms le amedrentó pasadas las dos de la madrugada; suscrito por un número desconocido resultaba lo bastante alarmante como para no conciliar el sueño. Demoraría unos minutos antes de responder y algunos más para constatar que nadie se identificaba al otro lado.
—¿112, emergencias, en qué puedo ayudarle?
—He recibido un mensaje de socorro desde un móvil y no sé quién me lo envía.
—¿Dice SOS, auxilio, help?
—No…
—Pues entonces no es de socorro. ¿Me lo puede leer? –así lo hizo–. Tiene el aspecto de tratarse de un adolescente perdido contactando con su padre.
—Pero yo no tengo hijos.
—Que usted sepa. ¿Sobrinos, quizá?
Repasaron el árbol genealógico y ni aún así atinaron a hallar una aclaración a esas inquietantes palabras. En contra de la opinión de la operadora no era un lenguaje juvenil atestado de siglas y diminutivos, además hablaba de un reloj quebrado, lo que apuntaba a algún suceso violento desencadenando la rotura del mismo. Alguien sufrió al escribir el mensaje, seguro.
—Mire, esta línea no puede ocuparse con fruslerías –resolvió, hastiada de un viaje a ninguna parte–. Olvídese del sms, se tratará de un error, y la persona que lo ha escrito duerme a pierna suelta, pero a usted le ha desvelado.
Ella zanjó la conversación sin tiempo para preguntarle su nombre. La juzgó sensata, a lo mejor demasiado, con una destreza para atemperar y auspiciar la calma impropia en las mujeres que había conocido a lo largo de su vida. De haberse tropezado en otro escenario la habría invitado a cenar, incluso en este mismo pero con cinco minutos más.
Le costaba recuperar el sueño. Giró, dio vueltas y vueltas, hasta que por fin se animó a marcar el número, porque era probable que no hubiera recibido su contestación. Fue imposible embridar sus pálpitos, menos aún cuando le sobresaltó la señal y peor cuando descolgaron al otro lado.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí? –insistiendo–. Ha enviado un mensaje desde este número, ¿se encuentra usted bien?
Un silencio de ultratumba, la nada rota por lo que descifró una respiración trabajosa. En eso consistió su llamada hasta oír su nombre: “Juan”. Hubiera jurado que se trataba de una voz femenina aunque ronca y sin duda inédita.
—¿Dónde se encuentra? ¿Le puedo ayudar? ¿Me conoce de algo?

Imposible responder a un interrogatorio de tal verborrea y cambió la táctica recurriendo de nuevo al 112. Esta vez respondió un chico con más sangre que la operadora. Identidades camaleónicas, pensó.
—No cuelgue ningún terminal, que localizamos la llamada. Debe tratarse de un accidente, este puente está siendo un infierno.

A veces le asalta el bip de los mensajes a deshora y vuelve el sudor frío de esa noche imaginando que una vida pende de su empeño. Y eso que cuando Rita, la guapa secretaria de su sección, regresó a la oficina encorsetada por las escayolas solo le miraba a él, guardián de un secreto celado por ambos, y solo verla sonreír le alegra la mañana. Algún día le preguntará por qué su número encabezaba su listín telefónico. Debería hacerlo, sí.

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