Opinión / Hombres, modo de empleo

Besos envenenados

Fecha: 21/02/2011 Teresa Viejo
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Empezó con un beso. En realidad casi todos los enredos sentimentales arrancan igual, pero este resultó más virulento que otros. Quizá porque no hablaban la misma lengua, que ya era una sola en sus bocas, o porque la confusión de sus vidas convirtió el encuentro en un choque de trenes. A lo mejor ni él ni ella eran tal cosa.
Ella, la del nombre raro y la identidad cambiada, no deseaba hombres jóvenes porque a la postre habría de mantenerlos. A los jovenzuelos les emborracha el morbo y terminan durmiendo la mona en el sofá un día y otro sin oficio ni beneficio; pero, claro, qué señor maduro y respetable paseaba del brazo con semejante hembra por el barrio de Salamanca.
—¿Parezco lo que soy?
—Y peor, porque cada vez que te retrasas con la jeringuilla te asoma la nuez por el gaznate –le soltaba alguna pécora a la mínima puesto que la envidia causa estragos en cualquier género.
—Es lo que tiene ser una mujer a medias. Ahora, el día que me opere...
Si contara con los ansiados recursos que le hubieran permitido entrar en la sala de operaciones, ya se habría amputado al tiempo el nombre de pila y el colgajo que le anclaba perniciosamente a lo masculino, pero carecía de ellos. Entonces se dispuso a vivir un cuasi celibato solo roto por hombres decentes.

Él no lo parecía. Más bien tenía aspecto de golferas con la barba de días sin rasurar y unos ojos enrojecidos por el humo y los insomnios. Veinte años más joven y un pasado digno de olvidarse en un país del Este que daba miedo.
—No te quita los ojos de encima –insistían las mismas que lo hubieran llevado al catre sin dudar.
—Pues que no lo haga, porque yo no me lío con pipiolos.
La mujer trabaja como funcionaria en un organismo público y ficha a diario escoltada por las sonrisas de algunos compañeros a los que les cuesta no llamarle Pepe. Cumple su horario con rigor y de igual modo suscribe los deberes de su oficio, con la paciencia de quienes aguardan imposibles en la convicción de que algún día llegarán. En suma, lleva una vida ordenada dentro de ese caos que es su cuerpo.
Prefería no frivolizar con la clase de tipos que frecuentan a las mujeres como ella. Sin embargo, aquel chico desgarbado que chapurreaba su idioma sin dar una a derechas le inspiró la ternura precisa para salir a comer. Y una noche a cenar. Y durante varias madrugadas a contarse la vida en un discurso ininteligible que se selló como mandan los cánones del cortejo: con un beso de tornillo. Enredaron las lenguas de tal modo que parecía eterno –no las 46 horas, 24 minutos de la pareja tailandesa que ha conseguido el récord Guinness, pero sí más intenso–, de manera que lo que siguió fue tan natural como la vida misma aunque con un embrollo de sexos por satisfacer.

Así se liberaron las endorfinas, feromonas y demás hormonas adictivas que embriagan a las mujeres más aún que a los hombres, motivo por el que aun soltándose las bocas siguiera enganchada a él como una perra. Como la hembra que era. En cambio el chico besaba con esa desgana masculina de encender un cigarrillo para apagarlo al rato. Total que desde aquel beso se le ha quitado la manía de operarse para sentirse completa.

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Comentarios recientes

  • Bmay 22/02/2011 17:30

    ¡Vivan los besos asexuados!

    Comentario fuera de tono

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