Casadas enviciadas
Fecha: 07/06/2010
Ilustración: Fernando Vicente
Aunque políticamente resulte poco correcto, él no es un hombre de novias sino de amantes. Claro que ha mantenido relaciones largas e incluso cuenta en su haber sentimental con un matrimonio que se prolongó durante siete tediosos años. Por supuesto que le gustaría encontrarse con su álter ego femenino con el que compartir gustos y ambiciones, pero de momento eligen ellas. Y ellas le prefieren en dosis pequeñas pero intensas.
Eso argumenta en una cena a un par de amigos que envidian tanto su suerte como su disponibilidad, puesto que por más que ellos encontraran mujeres en esa actitud tan proactiva su estado civil lo complicaría todo.
—¿No buscan más? –le inquieren, algo envidiosos.
—Todos buscamos lo que no tenemos y ellas no van a ser menos: quieren hallar fuera lo que no encuentran en casa.
Inmediatamente los hombres se han enfundado los pantalones del cazador furtivo que asalta camas a deshora porque está hastiado del catre habitual y se han relamido imaginando manjares y placeres en los desechos de tienta porque no hay quien satisfaga por sí solo a tanta hembra insatisfecha, pero él sonríe maliciosamente según les llena la copa de vino. Todavía no ha precisado qué es lo que poseen dentro y qué rastrean fuera.
Hay algo en la conquista, en el ritual antiquísimo del cortejo, que a estas alturas de las relaciones personales se ha quebrado, una vieja y tácita norma que antes marcaba los tiempos y dictaba las iniciativas. Lo supo la primera vez que sintió las pupilas de su interlocutora clavadas en la boca mientras él, pobre tonto, soltaba números y más números al aire con la mayor de las asepsias. No explicó nunca a sus colegas que la mujer de aquel conocido con quien se había comprometido revisar las liquidaciones de una herencia era aún más avariciosa en la cama que lo que apuntaba en las negociaciones familiares, pero sí les sugirió que miraba con intención.
—¿Intención de qué?
—De querer algo más que el tercio de libre disposición, ¿no te digo?
Ella dejó su vida con la misma virulencia con la que entró. Sin despedirse. Gritando en mitad de un orgasmo que tenía mucha prisa porque los niños salían antes del colegio. Y tanta rapidez le sirvió para darse cuenta de que lo que la mujer echaba en falta no era tanto el sexo como aprender a conducir –lo que solventó al poco tiempo– y pisar el acelerador por su cuenta. La segunda casada que durmió en su cama de recién separado en realidad no lo hizo, porque no dejó de hablar en toda la noche. Cada vez que él despertaba de una de sus múltiples cabezadas e intentaba retomar la refriega sexual ella le comentaba lo bien dotado que andaba el marido, entendiendo que su necesidad real eran los besos y las confesiones.
Así fue desarrollando la habilidad de colmar unas demandas femeninas que ha sabido identificar en el primer encuentro y que van del cariño al halago, del sexo apasionado a la caricia, de la conversación íntima a la terapia con refuerzo de la autoestima, del intercambio intelectual al psicoanálisis, del morbo a la compañía en las rebajas. Él, que no fue infiel a su mujer porque tener amante le parecía una práctica humillante, es ahora el amante perfecto de mujeres casadas que no pretenden dejar de serlo porque su vida conyugal es casi perfecta a falta de un ingrediente. Y él sabe cuál es.
El director de la Tate Modern, Vicente Todolí, ya lo decía en El País: “Hay que hacer todo como un amante”.


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