Opinión / Hombres, modo de empleo

Chico busca chica

Fecha: 15/10/2010 Teresa Viejo
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Chico busca chica Teresa Viejo

Chico de30 años, 1,82 metros y 72 kilos, culto y de buena presencia, desea conocer chica mayor de 50. Buzón: 73XXX sms”. Grabó varias veces el mensaje hasta encontrar la entonación adecuada, y solo entonces lo dio por bueno, apretando la tecla de confirmación. Le temblaba el pulso.

Aquella mañana transcurrió con la desidia habitual de la oficina, pero sufriendo por unas tripas tan agitadas que el aseo agotó las reservas de papel higiénico antes de la hora de comer.

—¿Qué, saliste ayer de juerga y te sentaron como un tiro los cubatas?

—Gastroenteritis, y es contagiosa –no le hacían gracia sus compañeros y prefería alimentar antipatías con tal de no dar explicaciones.

Cumplidas las dos de la tarde extrajo de la máquina un sándwich y se sentó en su mesa pendiente de la pantalla del teléfono. Sin embargo, el primer mensaje no llegó hasta bien entrada la tarde, cuando a la ciudad le envolvía un manto grisáceo de prisas y cláxones. Por entonces había regresado a su casa y andaba ordenando fotografías en unos álbumes gastados, algo que hacía siempre para aplacar los nervios. Un icono le indicaba que alguien se había puesto en contacto con él minutos atrás; la voz de la mujer le resultó jovial, y por un momento se arrepintió de no haber hecho caso a su primer impulso de requerir 60 años en vez de 50. En todo caso, respondió con otro mensaje y así gastaron un buen rato hasta que concretaron la cita para esa misma noche. Los requisitos de la página de contactos hacían imposible la comunicación personal antes del encuentro, así que solo les quedaba la imaginación.

—No he parado de llamarte y estabas comunicando… ¿Nos vemos un rato? –de sobra conocía la insistencia de su novia.

—Tengo colitis. Me voy a acostar pronto.

—¿Qué has comido? Con mayor motivo entonces, me paso por tu casa.

—No me siento bien, cari. Creo que debo dormir…

Dos horas más tarde estaba observando una melena mechada a través de los cubitos de hielo de su copa. Había llegado pronto al bar del hotel y la vio entrar balanceando una cadera que hablaba de varios partos, atusándose nerviosa e inspeccionando el local. Le pareció más joven de lo que había imaginado y bastante historiada, pero no tuvo tiempo para valoraciones en cuanto ella empezó a hablar porque desgranó una vida real o inventada en menos de media hora. Poco después subieron a la habitación.

¿Cómo decidió emprender ese viaje? Es difícil de decir, pero seguro que la respuesta habita en ese álbum de fotos que guarda en una caja debajo de la cama.

De aquella cita nacieron otras, siempre con mujeres maduras a las que convocaba en lugares públicos y de las que poco o nada sabía después. En algunos casos el encuentro se limitaba a una mera charla preliminar que nunca se remataba, y otras, las más, el chico de 30 terminaba copulando con la de 50, a la que dejaba sumida en un profundo sueño. Lo suficiente como para que no recordara ni siquiera el nombre de su resbaladizo acompañante.

Una vez de vuelta a casa hurgaba en los bolsillos hasta dejarlos vacíos y sumaba un recordatorio más a ese siniestro museo de conquistas que iba alimentando a buen ritmo, donde los collares se mezclaban con los ligueros, los anillos con los bolsos, igual que escapularios en una tienda vintage. Y siempre concluía tomando el álbum, desparramando las fotos sobre la cama y diciendo: “¿Ves, mamá, lo que hacen los traumas ? Si yo solo quería una paga en condiciones”.

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