De copulinas y feromonas
Fecha: 27/03/2006Un sudor ácido le precede y anuncia su presencia. Por fuerza de la costumbre le cuesta percibirlo, pero sus propios compañeros de trabajo hacen mohínes de desaprobación al final de la jornada y entonces sabe que apesta. Ya de niño, en plena pubertad, constató que sus camisetas en el equipo de fútbol tenían una marca olfativa que las identificaba entre el resto. El agua y el jabón sólo espantan el olor unos minutos y los desodorantes y colonias maquillan el aroma propio con fragancias ajenas, escupiendo al aire el rastro de un mejunje suicida para cualquier pituitaria.
Siempre envidió a esos ejecutivos de pelo engominado, barba impoluta y aureola de Calvin Klein; pero cuando él los emula, el resultado es un sucedáneo tan barato que prefiere la naturalidad del Homo erectus en estado puro. Aquella tarde, la anécdota reforzó una autoestima maltrecha por sus hedores corporales.
—Hueles a hombre.
—Quieres decir que apesto, ¿no?
—Digo lo que he dicho. Me gusta tu olor a macho, no ese muestrario de fragancias que son tus amigos. ¿Vienes mucho por aquí? Lo digo porque si es una casualidad, mejor festejemos el encuentro cuanto antes.
Lo hicieron en una noche gloriosa en la que el varón se sintió el eslabón perdido en la conquista masculina y ella celebró el multiorgasmo, pero ni uno ni otra supieron la raíz de tan arrebatadora pasión.
Hace días el etólogo de la Universidad de Viena Kart Grammer impartió en nuestro país una clase magistral sobre efluvios corporales en la que explicó, entre otros comportamientos, el encuentro anterior: la mujer en periodo de ovulación se sentirá atraída por hombres de olores penetrantes, en especial si no se han duchado en los últimos días, y los preferirá entre otros más adecentados, que esconden un mensaje reprobable de feminidad. El macho que sublima lo masculino, incluso en la fragancia, es interpretado por el cerebro femenino como el más apto para fecundar, y por ello la llamada de la especie condiciona la elección incluso para el mero intercambio carnal.
Pero él permanece en la inopia y tanta ignorancia biológica le genera un desconsuelo cada vez mayor. No entiende el porqué de tantos gustos y disgustos, ni el motivo que le conduce a seducir a mujeres a las que no acompañaría ni a la parada del autobús. ¿Seré un adicto al sexo?, ¿un depravado?, ¿o tendré una gran necesidad?, se inquiere, desconcertado ante sus conquistas. Anteanoche echó el ojo a un trasero rotundo y se llevó a la cama a su dueña, cuyos ojos descubrió a la mañana siguiente. Antes de ello no supo que sus pasados se habían entrelazado a través de sus narices con el hambre de dos desfallecidos que se devoran después de siglos de inanición: la copulina que segregó ella fue identificada por la androsterona de él y la genética hizo el resto.
Las microscópicas gotitas de sudor que al hombre le quedaron suspendidas sobre el bigote elevaron al paroxismo a la mujer, víctima de un cataclismo hormonal al que ella se imaginaba ajena. Pensaba, ilusa, que el varón besaba como nadie.
La sabiduría de nuestra nariz es tan grande que su conocimiento nos permitiría bucear en los pensamientos ajenos sin abrir la boca, así como descifrar los sofisticados códigos que los olores de los demás nos envían, nada imposible si ya lo hicieron antes nuestros abuelos en los tiempos de la cueva. La mentira, el nerviosismo, la inseguridad, el miedo o el deseo pueden permanecer ocultos ante la vista, pero nunca frente a un avieso olfato.
—Mira, no eres mi tipo y además eres un pesado, así que… vete abriéndote.
—¿Por qué mientes, si estás deseando que te bese?
—Bueno, ¿tú es que no escuchas o qué?
—Que te huelo la copulina, chata, y esa no miente nunca.
En Egipto, una mujer ha fallecido afectada por la mediática gripe porque no quería separarse de sus pollos, y un hombre con querencia aviaria anda cerca del mismo trance. Uno no puede desprenderse de sus olores, que son como el pesado equipaje que llevamos de tránsito por nuestra anodina vida y que a lo sumo cambia según la estación, por mucho empeño que ponga. Un sólido cordón umbilical nos une a los hedores como la contundencia con la que la mujer abrazaba a sus gallinas muertas.
Eso sí, hay quien enmascara su origen con afeites y perfumes, pero el resultado no es otro que el de un quinqui con pelucos de oro. Vamos, que no da el pego.


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