Opinión / Hombres, modo de empleo

Don Limpio

Fecha: 13/04/2009 Teresa Viejo
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Si no me preocupara por mi casa, ahora no estaría solo, pero mi disposición a ordenar lo imposible me acaba de condenar.

Ha entrado, ha visto la pared recién arreglada, y sin apoyar la maleta me ha gritado a la cara: “¡Esta vez te has pasado!”, con tal coraje que las gotas de saliva se me han quedado pegadas en las mejillas y las he tenido que secar con un pañuelo. Entonces ha girado y se ha ido por donde había venido.

Les explico: soy albañil y un manitas, pero no un descastado de esos que embadurnan la pared cada vez que tapan una roza, sino un tipo aseado que padece franca obsesión por que todo quede reluciente. Y movido por ese afán entiendo que el salón es el escenario perfecto para dar rienda suelta a mi afición por el plumero. Bueno, y el dormitorio, la cocina, el aseo que salió del trastero de la entrada y la terraza que cubrí con mis propias manos para que evitar que se le helaran los geranios.

¿Que cualquier mujer estaría de vicio con un hombre como yo? Seguro que todas menos ella.

—¿Por qué pasas el aspirador a estas horas, cari? Me has despertado –me dijo desperezándose un domingo al poco de habernos casado.

—Si a mí no me importa –respondí–. ¡Esto me encanta!

Y continué haciéndolo cada mañana de domingo mientras ella rezongaba tomándose un café con churros en la cama. Luego, cuando se encerraba en el baño, aireaba el cuarto, cambiaba las sábanas y ponía la lavadora, de modo que estuviera listo al salir. Tardó un mes en darse cuenta de la muda y no le agradó, porque insistía en que estaban limpias, pero me dejó hacer.

Los días en que el patrón me mandaba a casa entre obra y obra yo, lejos de buscarme chapucillas como hacían mis otros compañeros, sacaba la batería de cocina de los estantes y limpiaba una por una las cazuelas, porque se les quedaba un roel de grasa reseca en la base.

—¿Me estás llamando guarra? –me dijo una tarde, sentada en una banqueta de la cocina mientras se pintaba las uñas.

—¿Cómo puedes pensarlo, churri? –protesté–. Esto sólo lo puede hacer una mano con fuerza que maneje el estropajo de esparto como nadie.

Ese día pareció quedarse conforme, pero en cuanto llegué con los ladrillos para levantar el aseo puso el grito en el cielo. “¿Para qué quieres un trastero que guarde maletas si nunca vamos de viaje’”, argumenté con bastante juicio, pero ella se puso a llorar diciendo que ésa era su desgracia, que se moría por ir a las islas Canarias antes de fallecer y que a ese paso lo haría soñando con playas de arena blanca y sol en invierno. Me tocó prometerle que ahorraríamos para el viaje y consintió en que construyera un modesto aseo donde otros guardan la mitad de su vida.

Tampoco le gustó que moviera los muebles de sitio, pero cómo vas a hacer una limpieza en profundidad si no oreas ni arrastras el mobiliario, así que lo primero que decidí fue quitar las cortinas y lavarlas en la bañera y después cambiar de sitio el aparador. En el primer caso nos llevamos un disgusto porque la tela resultó ser de tan mala calidad que encogió y nos comimos el futuro viaje por reponerlas; en el segundo comprobamos que el viejo mueble de su madre estaba abarquillado y le alargué la vida con un contrachapado. El problema es que hace meses empezó a oler a rancio el rincón donde lo recolocamos y no he parado hasta que he podido investigar de dónde viene el hedor a humedad.

—Estás obsesionado, porque a mí no me huele nada –aseguró ella–. Así que ya puedes dejar todo como está.

—¿Como está? Tenemos podredumbre en casa y quieres ignorarla.

—Si haces algo, me marcho –me amenazó con una cara de odio que daba miedo.

Pero fue peor que eso, porque al llegar Semana Santa tomó la maleta y me preguntó: “¿Tú qué piensas hacer?”. “Yo, en casita, tan feliz”, le dije, y saltó: “Pues ahí te quedas”. Y se marchó de vacaciones sin invitarme, algo que aproveché para rastrear el origen del mal olor de detrás del aparador, que resultó ser una humedad de tomo y lomo. Lo arreglé y quedó impecable.

Pero ahora, tras regresar y descubrir la pared, se ha vuelto a marchar.

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