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Opinión / Hombres, modo de empleo

El amor cambió de piso

Fecha: 04/04/2016 Teresa Viejo
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Como en esa equívoca fotografía de los atentados de Bruselas donde se ve a una pareja abrazada y detrás de ellos a un herido desangrándose, todo es cuestión de perspectiva. No obstante, entenderlo cuesta sudor y lágrimas.

La última tarde dejaste el libro sobre el aparador de la entrada y tus gafas en el cajón. Ignoro si fue por despiste, porque nunca haces nada sin ellas. No puedes leer ni siquiera las instrucciones de los paquetes de pasta, aunque quién querría saber cuánto tiempo deben cocer los fusilli cuando su corazón es una piedra. Los insensibles no tenéis ganas de comer. Aunque tampoco las devastadas como yo, que he perdido seis kilos y parezco un espectro. 

Las gafas siguen en el cajón, pero el libro, después de varias semanas almacenando polvo, se lo regalé al portero. El día que me animé a tocarlo –ni sabes las fuerzas que necesité para acercarme a él– me dio tal calambrazo que pensé que habían saltado los plomos. A mí no me gusta la narrativa sueca y a ti sí, porque te fascina lo oscuro. No sé si al portero le agrada, pero por lo menos aligerará las horas muertas con los cadáveres de sus páginas. Y de paso me vengo de ti, que te quedarás sin saber el final. 

Mi madre dice que la venganza, fría o caliente, es de necios. Nunca pierde la ocasión de llamarme estúpida. 

–Te lo advertí: ese tío no valía un pimiento –me amonestó apenas vomité a través del teléfono–. Y para colmo ahora te toca comerte el orgullo viénd…

–¿Quieres callarte? Me lastima tu tono de suficiencia.

–¿Para qué me llamas entonces? Si quieres que te escuche con la boca cerrada, habla con tu psicóloga. Por lo menos no te cobro 60 euros. 

Ella siempre quiso un varón, y en su lugar aparecí yo, la personalidad más femenina con la que el destino puede castigar a una madre. Al final terminé haciéndola llorar y entre hipos me contó eso de la perspectiva: “Cambia de óptica, hija”. Lo que debería es cambiar de apartamento, rumié yo. 

Lo peor de toda ruptura lo sufre quien se queda, y tú me dejaste con la mensualidad completa y los plazos pendientes de unos electrodomésticos en los que sobra espacio. Estoy por alquilar las baldas del frigo a las chicas del piso de al lado. “Míralo desde este lado: ahora puedes llenar la nevera de zumos détox sin que se los beba el imbécil de tu ex”, soltó mi profesora de Pilates cuando me puse a llorar en mitad de un estiramiento. Una nueva perspectiva, eso es lo que me propuso ella cuando le confesé que no era falta de elasticidad muscular, sino sentimental. A lo mejor debería adaptarme a tu nueva postura con la misma disciplina con la que hago círculos con las piernas. 

Qué duro ha sido hoy cambiar la placa del buzón. Igual que amputarse un brazo comprobando que con el restante la vida queda mermada. Se me iban los ojos a la esquina derecha de la pared hasta que el portero se ha recostado sobre los buzones para que no mirara hacia esa “perspectiva”. 

–El libro es chulo –ha asegurado–. Ya sé quién es el asesino.

–¿Ah, sí? –he respondido con desdén–. ¿Quién?

El chico se ha puesto serio antes de aclararlo.

–El canalla que vive en el ático C. 

Entonces me he roto en mil pedacitos de ti. ¿Por qué maldito karma te habrás enrollado con la rubia del ático C?

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