Opinión / Hombres, modo de empleo

El armario

Fecha: 20/08/2010 Teresa Viejo
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Ilustración: Fernando Vicente Ilustración: Fernando Vicente

Si no hubiera interrumpido abruptamente sus vacaciones, no se habría enterado, pero ella es así, malpensada por naturaleza. Y ahora vagabundea por la casa atestada de esos cachivaches que suele guardar en los cajones y que hoy han salido de su escondite movidos por su ira.

“¿Por qué no vienes unos días, que los niños no paran de preguntar por ti? Parece que no tuvieran padre”. Y él, erre que erre, que este año no hay vacaciones que valgan con la crisis –es lo que tiene ser autónomo– y que en Madrid con aire acondicionado se está muy fresquito.
—¿Pero de verdad a alguien se le estropea una cañería en pleno agosto?
—Cañerías y desagües, no sabes tú las cosas que se tiran por la pila con tal de ahorrar en bolsas de basura.
Y ella, venga la mosca rondándole la oreja porque su marido, aunque padece de cierta tendencia endémica a la introspección, nunca se había mostrado tan distante con sus propios hijos. “Eso es que hay otra”. Se lo ha estado repitiendo cada vez que apagaba la luz del cuarto matrimonial –qué matrimonio ni qué historias, si no hacen uso de él casi nunca– en el apartamento cuya hipoteca pagan los desarreglos de las tripas de una ciudad que se resquebraja a cada tanto.
Bien pensado, el hombre no le ha dado motivos en catorce años que le induzcan a sospechar de una infidelidad, pero ella sabe que las mujeres son muy largas, y más ahora que andan todas separadas buscando pelo en pecho.
—Vamos a ver, ¿me vas a decir que no les miras las piernas cuando estás tumbado ajustando el sifón?
—Tú lo has dicho. ¿Te crees que debajo del fregadero, junto al cubo de basura y el Fairy, te entran ganas de trajinar?
—Como que desde ahí no les ves los muslos y lo que va detrás.
—Estás enferma, cari.

Ay los celos, qué malos consejeros para una mujer cuyo marido trabaja entre amas de casa a las que el tiempo se les enreda en las ausencias de otros hombres. Y claro, si el propio no les presta atención, la visita ocasional del fontanero puede paliar muchas carencias. “¿De verdad hablas en serio?”. Vaya. No haría esa pregunta si hubiera descubierto a su mujer en esa fea costumbre de espiar sus cosas, de buscar en el fondo de los bolsillos algún indicio, de apuntar cada teléfono del móvil para comprobar si se trata de un aviso aislado o la avería resulta sospechosamente reincidente.

Esa obsesión es la que le llevó a apostar a su madre junto a la sombrilla vigilando a los niños mientras ella tomaba un tren rapidito a Madrid y por sorpresa llenaba la nevera al Rodríguez, que debe de estar de precocinados hasta el gorro. Ha llegado a la estación echando el bofe, imaginando el mono azul a los pies de la cama y al marido trotando a cualquier jaca.

Los celos han inyectado el turbo a sus pies y al metro, y una vez en la casa le han dolido el silencio y la penumbra igual que una bofetada. “¿A las cuatro de la tarde se rompen las cañerías?”. Entonces ha empezado a mirar los cajones y ha encontrado una de sus bragas fuera de lugar. Antes no andaba ahí. Escudriña los camisones, los saltos de cama, los encajes y las blondas, los huele; no están recién lavados como los dejó y reconoce un aroma familiar. ¿No será una de sus amigas la amante? ¿Quién se habrá puesto su ropa interior?

Solo si hubiera tomado otro tren no se hubiera hecho tantas preguntas y habría descubierto en qué emplea su marido las vacaciones.

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