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Opinión / Hombres, modo de empleo

El chico de la caja

Fecha: 20/06/2016 Teresa Viejo. Ilustración de Gustavo Otero
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EL DÍA EN que el chico no se presentó en el trabajo apareció una caja sobre su teclado, y pese a que ambos sucesos no mantuvieran relación, descubrirla le hizo extrañar a un compañero aunque nunca se mostrara amigable con él. Y trató de espantar una inoportuna nostalgia. A veces echamos de menos lo que no valorábamos antes solo porque no podemos verlo más al mirar alrededor, y ese vecino de puesto en la vanguardia de las cajas registradoras era eso: una espalda encorvada mientras deslizaba los productos por el escáner con escrupulosa eficacia. La cajita ocupaba tres dedos y estaba atada con un cordón de zapatos. Reconoció el estampado y supo que era una de las de la tienda, esas que utilizan en la sección de papelería para guardar clips. Pensó que alguien la habría hurtado pero se había deshecho de ella en su huida. “Los guardias de seguridad son eficientes”, masculló confortado, ya que durante una época los jefes responsabilizaron a los cajeros del descuadre en el recuento de las existencias. Por suerte, ya no. Un día alguien alzó la voz y fue tal el enfrentamiento que los encargados tuvieron que salir con la cabeza gacha de la reunión. Recuerda que el chico de espalda encorvada y doble piercing en la oreja, el que ha abandonado a la chita callando su empleo, sonreía mientras se comía las uñas sujetando una de las paredes del fondo. “¿Tú de parte de quién estás?”, preguntó una de las empleadas de la limpieza. “¿Tú qué crees?”, escupió junto a una carnicería de pellejos a medio arrancar. Esa tarde le vieron montarse en su bicicleta con una malévola risilla a cuestas. El recorrido que hiciera la caja hasta terminar en su puesto de trabajo se le antojaba kafkiano. Dudaba si abrirla o no cuando la llegada de una cliente le obligó a guardarla bajo el mostrador. Y ahí se quedó durante días. –¿Has visto a la nueva?–¿Quién?–La paraguaya del pelo rojo. ¿No está mal, verdad?Tardó en comprender que se refería a la nueva cajera que había ocupado la vacante del joven de orejas perforadas, hacia quien su amigo tuvo siempre una morbosa atracción. “Fuma”. “Todos fumamos. Es el suicidio más placentero que conozco”. “Fuma hierba, macho”. De pronto recordó la conversación que habían mantenido tiempo atrás refiriéndose al chaval. “¿Quieres decir que se fuma el césped de la entrada?”. “¡Idiota! Eres tú quien trabaja codo a codo con él, no yo”. Recuerda cómo le había defendido sin afecto, por una solidaridad de clase que le llevaba a enarbolar causas justas. La misma por la que le soliviantaban los comentarios misóginos. Aunque raro sería no escucharlos en ese laboratorio donde los males sociales se reproducían como chinches. “¡Espabila! Esto es un centro comercial, no los ejercicios espirituales de tu parroquia”. Su amigo siguió hablando mientras rescataba la caja de entre un amasijo de bolsas de plástico. Deshizo el nudo y con disimulo extrajo el papel doblado que guardaba dentro. Era una papeleta electoral. –¿A qué no sabes por qué se ha ido el esmirriado ese? –inquirió el amigo. –¿Quién? –El fumata de la caja. Se ha metido a política. ¡Pero no te imaginas con qué partido!Él desplegó el papel y descubrió qué casilla estaba tachada con una X. No ha dejado de sonreír desde entonces.

Lee esta y otras columnas en la edición en PDF de la revista. 

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Comentarios recientes

  • FCO MORENO MECO 25/06/2016 7:56

    La vida y las mujeres (no se porqué)siempre dan muchas sorpresas

    Comentario fuera de tono

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