Opinión / Hombres, modo de empleo

El coleccionista

Fecha: 02/08/2010 Teresa Viejo
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De todas las historias de desamor que había finiquitado a lo largo de su carrera parecía ser la más desabrida. Aquella dama tendría unos setenta años, pero se guardaba de aparentarlos y tardó en explicarse. Antes se tomó su tiempo en radiografiar al jurista y su despacho.

—Quiero separarme de mi marido, pero ventajosamente. Y no me sirve mi abogado, por eso acudo a usted.

—Entiendo. ¿Él posee recursos para negociar el divorcio con holgura?

—¿Se refiere a empresas, casas, cuentas bancarias y esas pamplinas? Sí, pero lo único que me interesa de verdad es la caja fuerte.

De esa forma le habló del secreto que el octogenario creía mantener a buen recaudo en un doble fondo que disimulaba bien la boiserie de su cuarto. De no haber sido porque una tarde sorprendió al esposo hincado de rodillas y con la cabeza dentro de ella, nunca habría imaginado que existiera esa caja de seguridad en la vivienda. La ubicación de las otras estaba clara: en ellas guardaba joyas, dinero y algún cuadro que la pareja no se atrevía a colgar en las paredes para no alardear de ostentación.

Sigilosa, escudándose en el anonimato de una cortina, la mujer había espiado a su esposo mientras trajinaba largamente en esa caja de la que solo distinguía la puerta de acero. Fue al cerrar el aparataje de madera que la ocultaba cuando adivinó la satisfacción del hombre en una sonrisa nunca vista antes. Y su rostro estaba rejuvenecido.

Una ola de indignación le subió por la garganta: el viejo la engañaba en su misma casa y no estaba dispuesta a tolerarlo.

—¿Se quiere divorciar solo porque su marido no le haya informado de la existencia de esa caja? Eso es lo más normal en una pareja: cada uno de los miembros custodia sus secretos.

—Nosotros no.

—¿Quiere decirme que nunca ha ocultado nada a su marido?

En el momento en que la cliente abandonaba ofendida el despacho sonó el teléfono. Lo atendió con extrañeza y apenas tardó unos minutos en colgar. Le temblaban las manos, pero su voz sonaba firme.

—Mi marido acaba de fallecer. Ya no preciso sus servicios.

Dudó bastante el letrado entre comunicar o no a la policía el contenido de aquella cita algo kafkiana y finalmente dejó correr el tiempo, olvidándose de ella.

Por su parte, la mujer se quebró nada más acomodarse en el coche y lloró su amargura, pero se negó a ver el cadáver del esposo porque morirse sin avisar le parecía tanto agravio como el engaño. Una vez en la habitación del muerto, desmontó las puertas del mueble hasta dar con un aparataje imposible de franquear, aun así introdujo algunos números al azar sin resultado.

La gente no elige combinaciones numéricas por capricho, pensó, sino porque recuerdan fechas importantes de su vida: el nacimiento propio o de los hijos; la graduación o primer día en su empresa. Si ella hubiera tenido que decantarse por una, sería el momento en que unió su vida al hombre que la había traicionado, y gracias a ella se abrió la puerta. Dentro había varios joyeros que fue extrayendo con solemnidad.

El primero fue igual que mirarse en un espejo, el segundo le inundó de nostalgia y en el tercero se ruborizó. Ahí estaba ella en todas sus edades: viejas polaroid retratando sus senos, su sexo y su sonrisa acumuladas durante años de amor matrimonial. Hasta un mechón de vello púbico guardaba su marido en secreto.

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