El vecinito de al lado
Fecha: 08/08/2005La de hoy ha sido la primera discusión de este verano y el hombre anda recomponiendo sus pedazos. ¡Qué facilidad tienen las mujeres para enredarse y con qué habilidad tiran del hilo envenenado de la palabra hiriente! Así que, sobre las cenizas de un genio endiablado, Goyi resuelve poner un poco de distancia entre su mujer, los malos humos y él. Ha dejado atrás lo que se cuece en el apartamento veraniego y resuelve andar por la orilla a paso ligero, cuando otra guerra más lúdica le cae encima. Un ejército de niños encastillado litiga por el dominio de la arena con otro grupo hostil, mientras un ejército de pelotas, huérfanas de pala, golpea sus zonas más blandas. “A esta hora ni el mar está en paz”, lamenta un Gregorio aturdido por el peso de la humanidad cabreada que ha hecho parada y fonda sobre sus hombros.
—¿Qué? ¿Ejercitando glúteos? Pues te advierto que éste no es el mejor momento para pasear por aquí, vecino.
—¡Ah! No te había visto. Nada, a ver si suelto algo de testosterona, que dice mi mujer que la tengo revolucionada. Y me he dicho: «¡Hala, chaval, a darle al ‘footing’!»”.
“¡Huy! Testosterona, de eso sí que entiendo yo”, masculla un monumento macerado en el gimnasio que observa el esqueleto de Goyi con curiosidad malsana. Pero éste apenas ha escuchado la réplica del hombre exquisito que la pronuncia y que resulta ser el paradigma de cooperación vecinal. Este nuevo vecino es un dechado de virtudes en aras de la feliz convivencia en la urbanización: adora a los niños ajenos; pasea al perro con la bolsita de excrementos en una mano y la correa en la otra; escucha música clásica y, para su mujer, está siendo un cómplice perfecto en la decoración del apartamento recién estrenado.
—Hay un caminito detrás de las dunas que es ideal para ir a paso ligero. ¿Hace una vuelta rápida?
Bajo un sol de justicia, Goyi y su vecino arrancan un paseo idílico entre pinos mediterráneos y dunas descarnadas que incitan a vaciar sentimientos y a enterrar en sus entrañas los malos humores. “Por lo menos llegaré a la comida con mejor talante”, piensa este magnífico ejemplar de homo domesticus llamado Gregorio.
—Fíjate, machote, que nunca había venido por aquí y lo tenemos al lado de casa.
—Mejor, llámame Fran. Que ya tenemos cierta confianza.
Durante la caminata desestresante, el hombre reflexiona en lo poco que escuchan las mujeres y habla de lo mucho que replican por todo. Macera en silencio la nula paciencia femenina y vomita los lamentos por sus continuas quejas. Total que, entre lo dicho y lo callado, está dando un repaso al género del que se salvan muy pocas. En especial, Goyi lamenta de su mujer su imposible capacidad para la empatía y la habilidad para enredarse en discusiones infernales a lasque sólo un portazo pone punto final. Así como las cien mil excusas para no darle nunca gusto.
—Es desesperante, oye. ¿Qué más le dará si tarda una hora en prepararme la paella? Pero nada, me dice que si quiero arroz, que me lo haga mi madre.
—¡Fíjate, con lo bien que me sale a mí el arroz negro! O sea, no sé cómo decirte: lo más. Y el arroz con bogavante y un poquito de...
—¿Tú sabes hacer arroz con bogavante?
—¿Que si sé? Yo enseñé a cocinar a Ferran Adrià, Goyi. Porque me dejas que te llame Goyi, ¿verdad?
Van devanando las ausencias de su mujer, la saña de los agravios hacia sus defectos, el recetario de Arguiñano y los denominadores comunes de dos hombres que se cuentan la vida con una suerte de complicidad que Goyi agradece en los momentos de desamparo tras la bronca conyugal.
—…si es sólo tomarnos un vermú, pero tampoco me quiere acompañar. Ahora, si me marcho a jugar al pádel y la dejo sola, me la monta.
—Un vermú, con lo que a mí me gusta. Pues nos vamos juntos tú y yo y tan ricamente.
—Lo vamos a hacer.
—¿Tú te das cuenta de todo lo que tenemos en común, Goyi? ¿Lo bien que nos lo podemos pasar juntos? ¿Tú entiendes? Porque entiendes, ¿verdad?
La oferta del vecino queda suspendida en un aire denso y húmedo que rodea a Goyo como una mordaza y le roba el aliento y la palabra. Prefiere no oír, y menos, entender. La parálisis momentánea queda espantada por la mano del vecino homosexual que se ha depositado en uno de sus muslos con intención ascendente. Entonces, el hombre gira sobre sus talones y arranca una marcha ligera que culmina con un apoteósico sprint final cuando cruza el umbral del apartamento. En mitad del salón le espera su mujer con una humeante paellera entre las manos.
—¿Ves? Ya te dije que tenías que hacer un poco de ‘footing’ para eliminar toxinas. Que no hay quien te aguante, figura.

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