Opinión / Hombres, modo de empleo

El viudo negro

Fecha: 23/01/2012 Texto: Teresa Viejo
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El viudo negro Ilustración: Fernando Vicente

Se dispuso a escribir sobre ella cuando estaba muerta. Al ratito de casarse, para no olvidar detalles que en breve consideraría indispensables.
—Está preciosa, ¿a qué sí? –inquiría al cortejo fúnebre más festivo que nadie hubiera ideado. O al nupcial más triste, según se contemple.
Sus suegros, vestidos de riguroso negro, le apuntalaban la espalda. “¿Verdad que le habría gustado?”. Qué iban a responder, aparte de agitar la cabeza en la dirección contraria a sus pensamientos.
Dos días antes su hija había reventado en el asfalto cuando un conductor enloquecido le pasó por encima sin mirar atrás. Así de simple, sin conceder eufemismos a una vileza cuya resulta cercenó lo que más querían.
—La última foto con los padrinos, ¿les parece?
Y ellos tomaron las manos de la muerta mirando al objetivo lánguidamente, porque sonreír sí que sería de locos. De hecho creyeron que el novio se había enajenado cuando tras el mortífero accidente no tuvo otra ocurrencia que casarse con la chica.
—Eso de ahí no es mi hija, sino su cadáver –trató de argumentar con sano juicio el padre–. ¿Cómo piensas celebrar una boda si la novia ha muerto?
—Si estuviera viva, nos casaríamos igual.
—Igual no, hijo. Que lo tuyo es necrofilia.
—Usted verá, o me da el consentimiento o me lo tomo por mi cuenta.

¿Quién ponía coto a su amor? ¿Puede alguien medir el afecto de los demás y con tal calibre fiscalizar sus actos? No siente más el que más llora, sino a quien el dolor le cambia la vida, y bien que le mudó a él. Tanto como para enmendar su estado civil comprometiéndose a ella de por muerte. Anda que no resulta largo esto.
De haberse celebrado años atrás, el enlace contaría con un álbum de cuero e iniciales talladas en el lomo donde colocar cada fotografía, pero ahora los novios disponen de página en Facebook y el consiguiente muro como libro de visitas. Ventana a la cual me he asomado para conocer la historia de este enamorado tailandés que ambiciona un grotesco regalo de boda: morir para emprender la luna de miel junto a su esposa.
Loco de amor o de atar, el tailandés twitteando con arrobo cada una de las estaciones de su noviazgo igual que una novela, disipa el mito paradigmático de unas viudas abnegadas a la memoria de su muerto y unos viudos presurosos a enterrar la memoria de la difunta. El amor no tiene género sino voluntad, y en lugar de recrearme en la hilaridad del relato salvo cierto romanticismo.
Más agrio es el trance de Salvatore y Antonia –matrimonio desahuciado sin recursos–, al fallecer ella primero y rematarse él, para no quedar solo. “Por la crueldad de los políticos”, argumentaron en una revista antes de fenecer, ya que el suyo fue un suicidio anunciado. Con las mismas ruinas, media España tendría que inmolarse.
Claro que el viudo tailandés podría disponer perfectamente de un final que no fuera un esperpento: supongamos que tras muchas negras semanas administrando el duelo, terminara una noche gris durmiendo en otra cama. Quizá incidiría algunas más hasta revelar que el amanecer volvía a ser amarillo.
Somos un manojo de afectos. Trenzados con obstinación o solo enredados.

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