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Opinión / Hombres, modo de empleo

Elogio de un fracaso

Fecha: 16/05/2016 Teresa Viejo / Ilustración: Gustavo Otero
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Lo primero que se ve es un donut de pelo encrespado enmarcando una coronilla tan pulida que podrían deslizarse los dedos en su pista de patinaje. Lo único bien hecho en su aspecto físico, porque el resto es un debe mayúsculo. Mi primer día en la oficina miraba unos folios concienzudamente. Me pareció aplicado. 

–¿Quién es? –pregunté.

–El fijo. 

Yo había firmado un contrato de meses y tampoco creo que los demás llevaran años, así que no me estorbó el tonillo de desprecio de la chica que me enseñaba la planta. Los centros de trabajo temporal abocan a no encariñarse con ellos. 

–¿Y qué hace?

Ella sonrió con malicia antes de soltarme: “No cagarla”. Después me aclaró que revisaba turnos, y puesto que la mayor parte de las veces el personal se quejaba porque sus horarios no terminaban de encajar, él tomaba muchas precauciones. “Tantas, que le llegará la hora de comer y no habrá levantado la cabeza de los papeles”. Siguió tirando de ironía, y los límites entre la verdad y la mentira se disolvieron en una carcajada. 

Tardé un par de días en averiguar que el fijo tenía un nombre anodino, vivía con sus padres y los fines de semana los dedicaba a ver capítulos de series atrasadas, cuanto más antiguas mejor. Todo en él es de la era analógica. Cuando me vi con confianza, le pregunté qué solía hacer los fines de semana, y él me explicó que su gata iba a ser esterilizada y esto complicaba su ocio. Desconcertado, solté lo primero que se me pasó por la cabeza. 

–¿Tu chica qué dice?

–En el momento en que aparezca se lo preguntaré. 

Novia no, pero tiene mala leche, porque cuando seguí indagando en su vida privada resopló antes de desaparecer en el ascensor. Además de malas pulgas, el fijo posee la mesa más grande, supongo que por veteranía, sobre la que se apilan papeles que archiva con parsimonia de entomólogo. 

Observándole, reconozco que no terminaba de encajar en ninguno de los patrones laborales que conozco: el pelota, el trepa, el manipulador, el ventajista… Así empecé a indagar entre sus compañeros de trabajo sin saber bien qué me atraía de ese hombrecillo gris, calvo, feo y con gesto de “los extraños sois mal recibidos”, pero su capacidad de resistencia en ese ecosistema laboral sujeto a una movilidad extrema era digna de analizar. ¿Desde cuándo es fijo? fue la pregunta más difícil de responder porque estaba allí antes que nadie. Alguien lo situó en los noventa, cuando la empresa empezaba y él daba tumbos en ella: “Tuvo que visitar mucho cliente sapo antes de ser convertirse en el príncipe que vemos. Vamos, que la cagó un montón”. 

El verbo defecar cercaba al fijo como para pensar que en su día pudo padecer un problema de esfínteres. Lo cierto es que antes de su trabajo tranquilo apostó por proyectos que no iban a ningún sitio y decisiones erradas hasta el final. Se había equivocado mucho, pero al parecer no le dio por esconder sus fracasos; así me lo dijo la secretaria del director en la máquina del café una mañana en que mi intriga por él andaba ya desbocada. 

–¿Sabe usted lo que hizo? Cambió su currículo. Sí, y en lugar de escribir las cosas que había hecho anotó sus fracasos. 

Y entendí que bajo esa carcasa de fracasado se escondía un triunfador. 

Todos los contenidos de tu interviú de siempre, en nuestra edición en PDF.

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