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Opinión / Hombres, modo de empleo

En brazos de la mujer madura

Fecha: 09/10/2017 Teresa Viejo. Ilustración de Gustavo Otero
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La pareja de maniquíes, a los que iba cambiando de ropa a diario, se convirtió en un retrato inanimado de la paz conyugal que le removía más y más.

“Se liquidan maniquíes de caballero”, decía el cartel y entró sin pensarlo. En la tienda habían organizado un saldo para quitarse de encima lo sobrante, explicaba la dependienta según mostraba unos pijamas de franela tirados de precio, y él dedujo que si eliminase de su vida algo más se quedaría en pelotas porque vivía en precario desde que ella desapareció. Minutos después abandonó el establecimiento con un pijama que no necesitaba y un maniquí de hombre cargado bajo el brazo.

-En breve liquidaremos los de señora. Si está interesado le reservo alguno –se despidió la empleada minutos antes.

El hombre echó una ojeada a un conjunto de brazos y piernas arrumbadas entre los que descollaban una cabezas con pelucas de otra época.

-Son muy viejas, ¿verdad? 

-Más que la tana diría mi abuela. Por lo menos tienen cuarenta años. 

Hubo un tiempo en que le gustaban las mujeres de esa edad, e incluso mayores, pero el poliuretano parecía envejecer más que la carne humana.

-Espero que quede bien en su tienda –insistió la chica.

Sin embargo, él no tenía tienda ni una explicación lógica para haber comprado un maniquí que le costó Dios y ayuda meter en el coche, y otro tanto subirlo a su piso. ¿Qué hubiera explicado de cruzarse con algún vecino? Al poco de merodear por la casa lo supo: había adquirido un galán de noche porque desde que ella se marchó nadie planchaba sus prendas. Una cosa que saben hacer las mujeres maduras es planchar como pocas jóvenes hacen, ni siquiera las asistentas. En su dormitorio ensayó distintas posiciones y al final lo dejó a los pies de una cama que, desde su separación, se volvía más y más desierta.

Los primeros días preparaba la ropa del día siguiente dejándola sobrepuesta en el maniquí pero su desnudez terminó despertando en él un extraño pudor, de modo que una mañana le cubrió con su albornoz. Otra optó por una vieja americana que ya no usaba y que en el maniquí quedaba mejor que sobre sus espaldas; sin darse cuenta fue vistiendo y desvistiéndolo por inercia hasta que se descubrió contándole los pormenores de su jornada antes de dormirse y terminó hablándole de ella, de los deseos de una mujer a la que la edad le cayó encima como un bloque de hormigón, de un matrimonio anodino pero apacible. Del vacío de ahora.

Pero hubo un momento en que el silencio del maniquí fue un punzón en su pecho tan certero como ese otro al que le tenía acostumbrado ella, e interpretó que no podía tenerle más tiempo encerrado en una jaula de oro, por tanto le sacó al salón y se sentaron frente al televisor. Para cenar preparó una tortilla francesa que repartió en dos platos. Sin embargo nada paliaba esa sensación de soledad que ahora se multiplicaba por dos; entonces se acercó a la tienda y preguntó por los maniquíes de señora. Así fue como una de aquellas “mujeres maduras” terminó sentada en la butaca de su alcoba vestida con un camisón de su mujer. 

La pareja de maniquíes, a los que iba cambiando de ropa a diario, se convirtió en un retrato inanimado de la paz conyugal que le removía más y más, hasta que una noche, airado, sacó al maniquí masculino a la terraza. Entonces agarró a la mujer y la tumbó junto a su almohada. 

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