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Opinión / Hombres, modo de empleo

Erotomanía

Fecha: 03/05/2016 Teresa Viejo / Ilustración: Gustavo Otero
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Dicen que lo mío es locura de amor, cuando lo que siento por ti es amor con locura. ¿Cómo iba a quererte si no, si al recordarte se abre el cielo en dos? 

Qué estúpida esta gentuza tratando de evaluar mis sentimientos como si me sometieran a una certificación de idoneidad antes de conseguir un empleo. Ellos observan y me siento un bichito de laboratorio al que están a punto de inyectarle un virus letal. El único virus que quiero es la savia de tu boca. 

¿Has pensado en mí alguna vez? ¿Te has despertado en plena noche con una erección del demonio deseando que la respiración de al lado fuese la mía? Pobre hombre mío, arrastrando ese absurdo castigo del que he tratado de liberarte. Ella no te conoce porque habita el mundo de lo doméstico –repleto de menús pegados en la puerta de la nevera, facturas de suministros y colegios de niños–, pero yo sí. Y no me digas que los hijos unen mucho porque entre tú y ella no existe pegamento que valga. Hace tiempo que ni la miras. Lo sé. Lo dijiste alguna vez. Y si no lo dijiste, creí oírtelo, que para el caso es lo mismo. Lo que pasa es que a los hombres os puede el sentido de la responsabilidad y os comen los remordimientos, esos que debes de tener al fabular con una vida lejos de ella. Tranquilo, te ayudaré a escapar porque en el fondo es un modo de echarme un capote a mí misma. Lástima que me saliera tan mal y los seguros del coche se bloquearan, que la puerta se abriera cuando debiera haberse quedado cerrada a cal y canto y que tu mujer saliera de allí vociferando como una posesa. 

Esta gentuza cuenta que llevaba un cuchillo clavado en la espalda y que si me hubiese interesado por ella habrían apreciado algún arrepentimiento, pero a mí qué mierda me importa su salud salvo para que se muera lo antes posible. “El mal posee rostros angelicales”, reitera el de barba. No te he dicho que me analizan en grupo y el peor es un tipo barrigudo que da asco verle. Él lleva la voz cantante mientras los demás anotan sus preguntas y mis respuestas. 

Me han instalado en un cuarto de paredes claras cuyas cuadros están dibujados encima. Tú vas hacia ellos con la intención de acariciar los restos del pincel y te das cuenta de que consisten en una ficción. He ahí una palabra que emplean con frecuencia: ficción. Se les llena la boca sosteniendo que mi vida ha adquirido las trazas de una telenovela cuyo argumento lo idea mi cabeza. “Usted ha edificado una construcción de cristal, inexistente”. Sentenció el de la barba y yo me abalancé sobre su barriga para tratar de reventarla a ver qué guardaba dentro. Ahora permanezco sentada en un sofá y me han ajustado las muñecas a sus reposabrazos como si estuviese presa, cuando yo solo admito una condena, que eres tú. Así entretengo el día, saltando de la cama al sofá y de ahí a la cama en un letargo de horas vacías de ti. 

“¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué no viene él a verme?”, pregunto a veces a la enfermera y ella nunca aclara nada. Hoy ha venido una nueva y he vuelto a soltarle la misma retahíla.

“Usted ha enloquecido por amor”, he creído escucharla, aunque puede que no abriera la boca, como las demás. De ti no me ha hablado. De eso estoy segura. 

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