Hay tomate
Fecha: 23/08/2012
Lo primero que hago por la mañana es abrir el móvil y desde la terraza del apartamento ver los mensajes. Luego tomo una pieza de fruta, me ducho y marcho a comprar pescado o lo que se tercie. Oficialmente soy un marido fiel y voluntarioso. Extraoficialmente, un canalla.
Tampoco difiero del resto, pero a mí me entran remordimientos de vez en cuando. A los demás, no. Ellos entienden que los cuernos son la chicha del matrimonio, tuétano de un hueso que sorben a hurtadillas y cuya grasa limpian con rapidez en la servilleta para seguir comiendo. Vamos que ni uno solo de mis amigos ha dejado de probar la carne cuando se ha puesto a tiro. “¡Pero si son ellas!”, dice alguno aliviándose la culpa. “Lo mío es de palabra, claro que si abren la puerta… entro”, se justifica otro con una labia de esas que despejan ventanucos o portones.
Durante el resto del año lo llevo mejor pero en vacaciones, en el face to face con mi mujer y mis hijos, me doy más asco que miedo le entraba a Curro al oler miuras en la Maestranza. Aun así y a pesar del reconcomio no puedo evitar watsappearme con la última o vacilar a la que seguro será la siguiente. Ahí el motivo de levantarme temprano, conectar el teléfono y hala, a escribir ternuras o guarradas según toque.
Entienden que después marche al Mercadona sin rechistar, ¿no? Ella se queda conforme porque su marido está entregado a la causa marital y yo aprovecho para enviar nueva remesa de WhatsApps, que por cierto menudo invento para no rascarnos el bolsillo a los adúlteros.
Esto de los cuernos daría para un tratado. Un Libro Gordo de Pepete –así me llamo– con todas las estratagemas que puede uno urdir para no ser descubierto. Desde el “cariño, acabo de pinchar” al “tengo una contractura, voy camino del masajista” y mentir, mentir, no miento… Algún masaje cae, seguro. Ahora adjudico un noble oficio a cada una e intercambio mensajes de alto voltaje con el instalador eléctrico, el de montaje, un podólogo o el escayolista. “¿Desde cuando vas al callista?”, apreció mi mujer un día antes de venir a la playa al ver que “Alfredo, el podólogo” insistía a cada rato. “Es por lo del olor de pies, cari, a ver si me lo cura”. Y ella, inocente, quedó feliz porque su marido se hubiera animado a meter en vereda esa parte de su anatomía, por más que la “podólogo” me trajine otra.
Ya antes recurrí a la frutería y sus verduras pero cuando leí en el móvil que “Albaricoque” quería comerme el pepino de un bocado, deduje por prudencia que habría que mudar la signatura de mis chicas.
No crean, la ironía y una pizca de imaginación ayudan a sobrellevar la carga del infiel con más ligereza. De hecho he aprendido a reírme hasta de mí mismo aunque hoy me pillan algo revirado. Fuera de juego.
De hecho cuando ha sucedido debería de haber soltado una sonrisita y a otra cosa, mariposa; sin embargo, se me ha agriado el café y no paro de dar vueltas a la mollera.
Fue al volver del Mercadona y encontrarme la puerta entornada. Los niños, un desastre, y ella, que no se había dado cuenta, hablando por el móvil en un susurro con esa cara que he visto tantas veces no en ella, sino en mis churris.
Al verme, “¿estás aquí? No te había oído”, roja como el Tomate que la había llamado. O eso decía su móvil.


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