Opinión / Hombres, modo de empleo

Historia de una maleta

Fecha: 07/02/2011 Teresa Viejo
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tú valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Treinta años en el altillo. Junto a las mantas viejas y una vajilla Duralex que aguantó indemne haciendo honor a su nombre y que desterraron por tozuda dentro de una caja repleta de hojas de periódicos que cifran el olvido.
El techo disminuye a la entrada del cuarto casi un metro y se prolonga hasta la mitad del dormitorio a lo largo de un universo fantasmagórico lleno de objetos olvidados, retazos de la memoria de quienes duermen en él.
Lleva años sin asomarse. Su mujer tenía por costumbre almacenar los cojines de los muebles de terraza allí, pero adquirieron un baúl que hace las veces de mesa y guardamuebles y ya nadie se encarama a los recuerdos de la familia. En la última remodelación lo tapizaron con la misma tela de las paredes porque camuflándolo se olvidarían de él, sin necesidad de sacrificarlo.

Las puertas sellan un ambiente rancio. Esa mezcla de naftalina y falta de higiene que habita allí donde lo hacen las personas muy viejas; tantea los bordes del marco hasta toparse con el interruptor y conecta una bombilla de filamentos. “Debería de cambiarla por una de bajo consumo. Estas ya ni se fabrican”.
Tomando impulso el hombre se introduce en el habitáculo y gatea entre cajas, bolsas de tela, juguetes descuajeringados, rastreando las líneas bien rectas de la que en un tiempo fue su compañera: aparece al fondo, tapada por lo que queda de la primera bicicleta de su hijo y bajo una fila de bolsas de viaje que nadie entendería por qué aún guarda su mujer. “Quien ha sentido lo que es padecer verdadera necesidad no tira nada”, diría ella y con ese argumento le duele hasta desprenderse de los briks gastados.
Se ha despedido de una parte de su biografía con cierta nostalgia antes de cerrar las puertas del altillo y la otra la tiene frente a él, atada con una goma que asegura los cierres oxidados. Cómo le cuesta abrir esa maleta. Todo el peso metafórico que guardan los objetos se concentra en el equipaje que tiene frente a sí, con el que dijo adiós al pueblo y a la madre; a una novia y una lengua; al paisaje y a su infancia, y emprendió rumbo hacia la presunta prosperidad. Alemania fue una tierra fría. Muy fría.
Manipula las cerraduras con cuidado para no dañarlas mientras cruzan por su cabeza las mismas fotos que está a punto de encontrar: el grupo de trabajadores españoles con idéntica camisa azul y blanca posando delante de la puerta de la factoría; algunos repitiendo sonrisa portando en la mano una jarra rebosante de cerveza; una cama de 80 cubierta de varias mantas porque no hay paisano que aguante un frío tan húmedo como aquel; esa piel lechosa que sabía más que él de la vida –“Meine Liebe”…–, el remordimiento por quien aguarda sin hacer preguntas en España.

Sabe con certeza que no se sentiría capaz de transitar por aquel exilio emocional travestido de emigración, por más que parte del bienestar del que disfruta se lo deba a él. Vacía la maleta de recuerdos y la cierra con un nudo en la garganta, antes de acercarse a la habitación del hijo.
Traga saliva por ver si despeja el laberinto que le agarrota el gaznate y empuja la puerta con el pie. “Hijo, ahora la necesitas tú”.

  • ¡Compartelo!
  • twitter
  • delicious
  • facebook
  • compartir por mail

Comentarios recientes

  • Bmay 09/02/2011 9:25

    ¿por que será que muchas veces las historias se repiten?, yo no se si sería capaz de hacer lo que hicieron mis padres...
    Un saludo

    Comentario fuera de tono

Añade tus comentarios
  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Publicidad

Publicidad

Niños robados

Usted Perdone