Opinión / Hombres, modo de empleo

Identidades camaleónicas

Fecha: 08/08/2011 Teresa Viejo
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Martín es un tipo normal metido en un cuerpo desmesurado. Un hombre de espaldas curtidas en sesiones de pádel e idóneas para eliminar las hojas de la piscina, cazabichos en mano, antes de que se bañen los críos. También es un padrazo, pero no alardea por el qué dirán.

Ilustración: Fernando Vicente

Martín es un tipo normal metido en un cuerpo desmesurado. Un hombre de espaldas curtidas en sesiones de pádel e idóneas para eliminar las hojas de la piscina, cazabichos en mano, antes de que se bañen los críos. También es un padrazo, pero no alardea por el qué dirán.

No se le resisten ni las averías caseras ni los vaivenes de una Bolsa afanada en alterarnos los nervios, porque entiende la masculinidad como un balance entre la micro y macroeconomía; eso sí, de los afectos.

Martín y Juani llevan 14 años casados. Deberían andar instalados en la monotonía; sin embargo, la fortuna se ha enredado entre sus sábanas y todavía rezuman pasión: más ella que él. Ahí lo raro.

—¿Todavía no te has fumado el cigarrito?

–Juani, cruzando y descruzando las piernas en el sofá del porche, con la nada entre las piernas y exudando ganas.

—Solo me fumo uno después de comer, pues que me dure.

—Eso quiero, que te dure… dura –Juani mirando igual que las chicas de las películas amontonadas en una caja de cartón bajo la cama.

—¡Calla, que están los niños por ahí!

—¡Hagamos uno más! –Juani, que dinamita su esfera personal y se funde en la de su marido, toda boca, toda manos, toda ella una lengua.

No perdona la siesta, pero tampoco la noche ni las vigilias; el verano es la mejor época para intimar, le insiste a su marido cuando rezonga perezoso, porque fue cumplir los 40 y su libido ha entrado en caída libre.

¿Dónde queda el tópico de que las mujeres se conforman con un abrazo, en el universo juaniano de una cuarentona con buen culo y mejor delantera? ¿Qué extraña hormona femenina anda flotando en el ambiente para que él anhele las carantoñas y los mimos que una depredadora sexual en tanga le escatima?

—Esto es para que lo disfrutes –suele decir mientras toman una cerveza en la terraza de la urbanización según conduce la mano del marido a cualquier rincón erógeno.

—Juani, ¿qué le estarás contando al pobre Martín? –comentan los vecinos de mesa.

—Nada, que hemos dejado un asado en el horno y se nos va a chamuscar. Y corren a apagar la calentura de su fogón antes del almuerzo.

En realidad, la aportación a la vida sexual de la pareja no siempre ha sido en esta proporción; al principio el hombre rastreaba las feromonas de su mujer como un sabueso y ella se dejaba querer, de forma que resultaban una pareja de lo más arquetípica. Después, y en la medida en que los niños ganaban autonomía, Juani sumaba seguridad y su marido… Bueno, Martín se mantenía bien musculado por fuera e indeciso y frágil por dentro.

La inversión de energía que este sufridor emplea en representar el papel de macho dominante no sería precisa si anduviera al tanto del último informe del Instituto Kinsey sobre sexualidad en parejas maduras: a medida que ellas cumplen años son más consumidoras de sexo, mientras ellos lo desmitifican demandando mayor seguridad emocional. O sea, potencian el apego a su pareja.

Martín paladea la última calada del cigarrillo mientras escucha a su mujer llamarlo desde el dormitorio. Algún día debería explicarle que preferiría la ternura a esa sesión de gimnasia contorsionista que le aguarda en el piso de arriba. Algún día, pero no hoy.

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