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Opinión / Hombres, modo de empleo

La amalgama

Fecha: 08/01/2018 Teresa Viwjo. Ilustración de Gustavo Otero
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Tarda unos segundos en eliminar el polvo de unas Polaroids de colores desvaídos donde se congelan los cuerpos desnudos de una pareja.

Al albañil no le gusta demoler tabiques. Siempre que le toca destruir alguno siente que está profanando el trabajo de su padre, pues el suyo es un oficio heredado de padres a hijos, igual que la mayoría de las obras que saca adelante. Prefiere enyesar una pared agrietada a levantar otra desde sus ruinas, convencido de que todo en esta vida puede arreglarse y a la basura solo se tiran las mondas de las naranjas o las raspas del pescado. 

En esa idea anda mientras reforma un cuarto de baño al que la dueña desea empequeñecer. La moda de instalar duchas en lugar de bañeras da trabajo, pero no encuentra razón para una nueva pared. 

- ¿De verdad no prefiere que la cubramos de azulejos y ahorrarse el polvo del derribo?   

- No. En su lugar quiero un cristal que deje entrar la luz. 

- Perdone, pero me parece…

- Me parece, me parece… -corta ella con retintín-. Tu padre no daba tantas vueltas a las cosas. Hacía lo que tocaba sin rechistar. 

La mujer se ajusta las gafas y sale del dormitorio agitando sus kilos como un flan recién desmoldado. Debe de rondar los sesenta años, pero aún guarda el aire de quien fuera una señora de bandera. Él las prefiere jóvenes –en realidad solo le atrae su novia, con la que espera comprarse una casa antes de que suban las hipotecas– lo que no le impide entender que haya hombres que pierdan la cabeza entre las piernas de una mujer madura. De hecho, su padre suele salivar con las películas antiguas llenas de curvas en bikini al grito de “eso eran hembras, y no los huesos de ahora”, lo que corrobora que solo comparte con él el oficio de la llana. Por desgracia, al hombre le han jubilado la crisis y las hernias, de lo contrario estaría al frente de esta obra que ya reformara un par de décadas atrás, en cambio le toca a él pelear con la propietaria el resultado de la misma. 

El primer mazazo a la pared levantada otrora por su padre retumba en la boca del estómago peor que un puñetazo; siente que cada golpe atenta contra el buen hacer de un maestro que no dejaba una plaqueta mal casada o una junta más gruesa que la otra. 

Ha sido metiendo los escombros en los sacos cuando ha visto una caja de cartón más pequeña que las de zapatos atada por una cuerda. Su primera intención ha sido llamar a la mujer para informarle del hallazgo, la segunda –la que ha ganado– arrancar la cuerda y ojear en su interior sin abrir la boca. Según la abre con dedos ávidos hace apuestas mentalmente a que se trata de un fajo de billetes fuera de circulación o quizá joyas antiguas, pero al toparse con ese puñado de fotografías se queda paralizado. Tarda unos segundos en eliminar el polvo de unas cuantas Polaroids de colores desvaídos donde se congelan los cuerpos desnudos de una pareja sobre una cama. 

El estudio de la mujer no ofrece duda: es ella, la dueña de la casa. Las mismas curvas en los mismo sitios, aunque más firmes. Reconocer la identidad del hombre, con más pelo y menos kilos, apunta mayor dificultad, pero ese tatuaje en el pecho se vuelve inconfundible porque desde niño ha reposado cientos de veces la cabeza sobre él.El albañil se dice que esta ha sido la pared levantada por su padre que más le ha dolido derruir. 

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