Opinión / Hombres, modo de empleo

La barca salvavidas

Fecha: 30/01/2012 Texto: Teresa Viejo
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Capitana Ilustración: Fernando Vicente

Es igual que un gusarapo en mitad de la cocina, con el cuerpo amojamado y una seda dental por rabo serpenteando el suelo.
—¡Qué horror! –se asquea su mujer–. Saca ese ratón o no preparo la cena.
El hombre piensa benevolente que los roedores han disfrutado de la casa tras marcharse la familia de fin de semana. Tampoco parece tan grave, pero no se asoma a la puerta.
—Está muerto, mamá –corean los niños.
—Pues que tu padre lo entierre. Para eso es hombre.
Ya estamos. Cómo le crispa que esgrima el sexismo a su antojo, algo que sucede cuando se atasca el fregadero, pierde contacto un enchufe o toca pasear al perro entrada la noche. “Está oscuro y puede asaltarme cualquier desaprensivo”, aduce colgándole del brazo la correa del animal. “¡Anda, y a mí!”, farfulla él sin atreverse a verbalizarlo porque el temor masculino es más vergonzante que el de la mujer.
Nunca habla del miedo que se desata tras franquear el portal y advierte que las farolas parpadean hasta morir a su paso. La oscuridad le agarrota desde niño. Entonces sus padres accionaban el interruptor del cuarto para paliar las tinieblas de aquel bajo interior. Estos detalles son su karma de por vida: el hedor de la humedad y estudiar bajo la condena de un flexo.
Otro añadido de entretener el perro a tientas es no distinguir las cucarachas hasta que sus pies las trituran. Lo prefiere a verlas y salir corriendo. Una vez confesó a su mujer que no soportaba a esas sabandijas y ahora sus hijos las acechan, soltándoselas desprevenido.
—¿Vas a cogerlo o hacerle la autopsia? Llevas diez minutos mirándolo.
—¿Qué hago con él?
—Disecarlo, ¡no te joroba! ¡Ay, Mariano que es solo un ratón!
—¡Quítalo tú! A ver, ¿quién dice que esto sea asunto de hombres?
—Las cosas siempre han sido así: tú me defiendes y yo te cocino.

Mierda de paridad, que esgrime para lo que a ella le apetece. Él no entiende que el género deba de entrañar arrojo solo porque lo diga la biología: habrá hombres valientes y mujeres con coraje, varones locuaces o hembras calladas como tumbas. Aunque esto resulte más raro.
De hecho él es muy macho, pero un cagao, trampeando los pánicos que le flagelan a diario por materias insustanciales o trascendentes –a fracasar, la soledad, perder el empleo–. El miedo se convierte en un latigazo desatando sus tripas, como ahora, aunque muestre una coraza ante su señora. Ya quisiera disponer de un flotador donde asirse, la barca salvavidas sobre la que se deslizó el capitán del Concordia, mas a veces es peor rendir cuentas a tu mujer que a la opinión pública. “Cuando vi que el barco se inclinaba, me bajé”, advirtió Schettino cargado de razón, para qué iba a quedarse él en un paquebote a medio hundirse con el pavor debe de provocar eso. Para relato épico ya tenemos el Titanic.
—¿Me vas a decir ahora que te da miedo un ratón muerto?
—Pues sí –podía callarse, pero ha sido una liberación–. Y vivo más.
—Menudo calzonazos, quita de ahí, anda –la mujer toma el bicho por la cola, metiéndolo en la bolsa de basura–. Y a ti, ¿qué más cosas te acojonan?
A ver quién le responde que lo que más temor le infunde es una mujer sin miedo.

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