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Opinión / Hombres, modo de empleo

La chica del bikini

Fecha: 06/06/2016 Teresa Viejo. Ilustración: Gustavo Otero
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El semáforo lleva un rato parpadeando, pero no lo ve. Su cabeza está girada hacia la marquesina, y él, paralizado. –¿Va usted a cruzar? Pues quítese de en medio, hombre. Quien le increpa es una mujer de mediana edad, vestida de traje con un pesado portafolio entre los brazos –le duele la espalda de arrastrarlo desde primera hora–, que le mira con desprecio antes de desaparecer entre el embudo de gente del paso de cebra mientras él sigue pensando en el paraíso que promete esa boca. “Qué lástima de menopausia, no les pasará a ellos lo mismo”, resopla la ejecutiva. A su paso los coches se toman con paciencia la circulación de esas horas.Segundos después de que el disco cambie a verde el conductor del Audi se vuelve rojo; no le gusta que le amonesten en su trabajo porque se jacta de ser de lo más cumplidor, pero su jefe ha golpeado los nudillos sobre el reposacabezas –“Ernesto, ¿estás dormido?”, le ha soltado con sordina–. Él ha alegado mala noche, la mujer que le ha dado la tabarra porque lo pasan fatal con eso de los sofocos y blablá… y al mencionar la palabra sofocos le han entrado a él. Cuando el chófer y su jefe sortean un grupo de bicicletas antes de enfilar una de las vías secundarias de la ciudad, se olvidan del anuncio.–¿Está buena, eh? –comenta uno de los ciclistas al descubrirlo. Se dirige a un compañero con camisa de lino cuatro tallas más grande y chancletas. “A mí me gustas más tú”, replica el otro, y después se ha pasado la lengua por el labio superior. –¡Capullo! No has visto una tía así más que en foto. –Me las trinco mejores a diario.El resto de las bicicletas los rebasan mientras ellos siguen remolcando una charla insustancial entre pitidos y cláxones. “Se la van a pegar”, murmura el jardinero. Suele hablar en voz alta porque está convencido de que las plantas lo agradecen y al tiempo él se libera de esa carga que es la soledad. No sería la primera vez que los de las bicicletas aterrizan sobre el césped; esta semana van seis caídas y más de un esguince. “No se pueden colocar esas cosas ahí –sugirió hace días a su jefe, pero el hombre solo salivaba admirando la imagen–. La gente se queda mirándola y luego pasa lo que pasa”. Por no decir la de clínex a los pies de la marquesina que se encuentra cada mañana. “Como si la gente no tuviera otro rincón donde pajearse”, farfulla mientras rocía los rosales de insecticida. Años atrás hubo un tiempo en que el bulevar se poblaba de niños devorando bollycaos y tigretones hasta que dedujo que esa moda en las meriendas era fruto de una concatenación de anuncios de bollos rebosando chocolate, porque a los pies de la marquesina tiraban los envoltorios chorreantes. “Los engatusan de chavales para que de adultos ya estén enviciados al ‘dulce’”.Cataplum. “Otros que se la han dado –advierte el currante mientras corta las flores secas–. Natural. Si no ven más allá de la cacha de la tía, ¿cómo van a fijarse en el guardabarros del de delante?”. –¿Quién es esa del bikini? –se preguntan un par de chicas después de saltar por encima del cubo del jardinero.–Adriana Lima. –Pues, tía, para mí que está gorda. –Lo que yo tenga. Además, este año se llevan los bañadores. 

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