Opinión / Hombres, modo de empleo

Metamorfosis

Fecha: 16/08/2010 Teresa Viejo
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¡Gracias!
Fernando Vicente

Hay un punto de inflexión en las cosas que las hace cambiar y ya nunca vuelven a ser las mismas. A ver si me explico: una mañana te cruzas con el portero tal y como sucede a diario, pero de pronto le observas y empiezas a sospechar que no solo no es tan servicial como pensabas, sino que su presunta amabilidad oculta en verdad a un pieza de cuidado. O descubres que la camarera que te sirve el café cada mañana tiene esa clase de trasero redondo y respingón que admiras en las portadas, y te preguntas dónde lo había guardado hasta entonces. Años preguntando “¿Mezclo fría y caliente, verdad?”, y otros tantos respondiendo con un mohín sin levantar la vista del periódico.

Años jugando con tu niña, lanzándola al aire para volverla a tomar al vuelo, mordiéndole la oreja y la punta de la nariz, sorbiendo sus mocos las noches de fiebre desatada, haciendo castillos de arena o de naipes, aguadillas o trampas en el pádel… Todo para que un instante en una tarde, apenas un rato saliendo del agua, veas curvas donde antes solo había una línea delgaducha y huesuda, y de pronto ya no es ella. A veces es su madre; entonces me recorren un latigazo y unas ganas enormes de buscarla y la encuentro ensimismada preparando tortilla de patatas, algo que aprovecho para anudarme a su espalda.

—¿No puedes esperar a que esté lista la cena?
—No quiero comer; es otra clase de hambre. Es que te extraño.
—¡Chico, cada día estás más raro!

Otras, mi hija es una de esas modelos que aparecen en las revistas de moda con unas prendas minúsculas sintiéndose las reinas del mambo, y tú, padre de todas ellas, matarías a cualquiera que las mirara con unos ojos distintos a los tuyos. De padre y muy señor mío.

Supongo que habrán intuido a estas alturas que ejerzo la paternidad con una niña que, para su información, acaba de cumplir 13 años. En realidad lo era cuando se anudó el bikini a la espalda y se zambulló en la piscina junto a sus amigos, pero durante ese breve instante en el que las cosas cambian su norte dejó de serlo. El sostén moviéndose más de la cuenta, los chicos que no paraban de reírle las gracias con ese mohín de bobalicones que nos imprime la testosterona a su edad, ella que lleva meses mirándose al espejo de un modo que me dispara el miedo, y cuando emergió, lo hizo convertida en un mito erótico adolescente.
Esta sí que es la peor noticia del verano, porque antes bregaría con cien primarias en el PSM que con la pandilla de mastuerzos, barbilampiños y tontos de baba que no cesan de mandarle mensajes a la niña en un lenguaje tan críptico que me estoy dejando las meninges tratando de descifrarlo.

—¿Pero otra vez le has cogido el móvil a tu hija? Que sepas que podría denunciarnos por espiarla, así que ándate con ojo.
—¿Tú sabes quién es un tal Gorka?
—Ese chaval tan mono de la melenita que…
—Ese soplapollas que no pise esta casa en su vida. No sabes con quién se las está gastando. ¡Y tú no me mires así!
Notarán que mi mujer se burla jocosa de mi celo e incita a la muchacha a mariposear con todos los chavales de la urbanización, puesto que ella fue también esa clase de monstruo en que se transforman las púberes cuando sus tetas y caderas se hacen convexas.
—¡Venga, no seas carca! Te pongo una cancioncita alusiva y ya verás cómo te relajas.
Y la muy ladina suelta a Julio Iglesias.

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