Opinión / Hombres, modo de empleo

Mi Tarzán

Fecha: 22/10/2010 Teresa Viejo
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Teresa Viejo Mi Tarzán

HACE SOLO unos días en Chile emergieron de las tripas de la tierra 33 hombres envueltos en un halo de patriotismo y solidaridad, mientras eran abrazados por otros hombres borrachos de triunfalismo y algunas mujeres, unas propias y otras, prestadas. Todas con el alma vestida de domingo y proclamando la intención de colgarse del cuello de su héroe para no soltarse nunca. Esa cualidad épica del varón que se sobrepone a la adversidad y la doblega siempre despierta admiración y morbo en la mujer. Tanto que incluso es capaz de revivir amores y pasiones marchitas. Johnny Barrios, el minero cincuentón a quien no le cabía tanto amor en el cuerpo que tuvo que repartirlo entre varias hembras, debió de dudar mucho allí abajo a quién de ellas estrujaba primero –no crean, incluso en el mayor de los dramas tienen hueco la ironía y el humor negro–. La historia de la amante y la esposa oficial tirándose de los pelos llevaba semanas alimentando el interés de quienes miran los resquicios de la actualidad cuando les aburre lo más explícito, pero pocos aventuraron que a las litigantes por su afecto se sumaría otra más. Johnny parece tener llama para muchos fuegos. Hasta tres reclamaban al macho cuya vida sentimental conocía incluso la mujer del presidente chileno, quien había aplaudido públicamente la intención de ser recibido por su esposa. No obstante, la legal se negó porque no agrada nada convertirse en cornuda oficial. También aquí sabemos lo ingrata que es para quienes la padecen una infidelidad publicitada y lo rentable que puede llegar a ser para los que la difunden y, como allí, también el país ha tomado parte en los amoríos ajenos haciendo de lo privado un asunto muy público. Y en un caso y en otro la infidelidad se enjuicia según la experiencia de cada cual, que va del perdón a la venganza. No hay otra. — ¡Perdónale, mujer! Si es que los hombres ya se sabe... Tiran al monte –o a la mina, según se mire. Así hablarían a Marta, la mujer de Johnny, la de los veinte años juntos... la de los cuernos. —¡Nada, ni agua! Que a la primera de cambio te los a va poner de nuevo –le dicen a la tertuliana mediática. BARRIOS INVITÓ a sus dos mujeres al reencuentro con la vida pero solo una de ellas lo aplaudió al grito de “¡Mi Tarzán! Bienvenido a casa, con tu Jane”. La otra, sin afeites ni pancartas, se sentó en el patio humilde de una vivienda que dista unos metros de la de la amante a esperarle, en la convicción de que el guerrero tarde o temprano vuelve a casa. El protagonista de este matrimonio a tres es el paradigma de quienes se instalan en un afecto fraccionado al que no pueden renunciar porque la elección les condenaría a un amor incompleto. Hay hombres de dos hembras que con los miembros de cada una crean a la mujer perfecta –el codo y el antebrazo de la oficial, el hígado de la amante, la vesícula biliar y los ojos de la esposa y el seno izquierdo de la otra– y en ese rompecabezas hallan su reducto de placer. Johnny, el minero socarrón, el de la cara picada de viruela y cicatrices, es uno de ellos. Y luego hay otros que pecan por vicio, pero ese es otro artículo.

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