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Opinión / Hombres, modo de empleo

Mis dos mitades

Fecha: 23/05/2016 Teresa Viejo | Ilustración: Gustavo Otero
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CÓMO ABROCHARME esas dos mitades sin que la cremallera me reviente entre los dedos. Ella asegura que no son mías y a mí se me partió el vientre que no las había parido. Para que luego digan que los hombres no lloramos. Fue matemático, apenas escuché su revelación me sentí desencajado en una vida que había dejado de repente de pertenecerme. Antes del cataclismo había arreciado la tormenta con la que le gustaba azuzarme: los reproches, su eterno menoscabo, ese “si lo llego a saber, de qué voy a…”. Dardos que cimentaban mi derrota. –No vales ni para hacer hijos. No fue un misil, fue un ataque programado. Vocalizó las sílabas que debían de estar agriadas de tantas vueltas en el hígado y a continuación se desinfló sentándose en una butaca frente al televisor; después lo encendió. Creo que tardé unos segundos en arrebatarle el mando, pero a mí me resultaron siglos de dolor. En la tele se gritaban, nosotros nos dejamos de hablar. –Eres tan imbécil que ves parecidos donde no los hay –lo reconoció al cabo de un rato sin quitar los ojos de la pantalla como si se lo contara al presentador–. No es tuya ninguna. Jamás he estado embarazada de ti. –Mientes. –No las vas a volver a ver jamás. Son mías. No dijimos más. ¿Para qué? La brutalidad del escarnio, incluso siendo mentira, hizo que las palabras fueran sal sobre una herida en carne viva.En los hechos traumáticos siempre se cuela un sinsentido que te arrastra al mundo de lo doméstico, qué se yo… en mitad de un accidente de tráfico ponerte a dudar si apagaste la llave del gas antes de salir o quién recogerá desde ahora tus compras de Amazon. Yo solo tenía cabeza para los tejanos. Los últimos, los más nuevos. Estaban dentro de la lavadora y tenía que salir del piso antes de que llegaran las niñas. “No pueden verte así, das lástima. Eres un despojo”. Ella vigilaba desde la puerta mientras yo guardaba en las maletas lo que se me ocurría. En casa se quedaron los mejores libros, mi colección de vinilos, un puñado de fotos antiguas, las sonrisas de mis hijas, pero en aquel momento solo lamentaba los putos vaqueros. “Te mandaré lo demás con un camión de mudanzas”. Ni siquiera sabía dónde tenía que enviarme doce años empaquetados. Tardé días en alquilar un estudio. Meses en reaccionar. Y deduzco que el resto de mi vida en digerir que mi exmujer se estuvo trajinando a un compañero de oficina el tiempo en que me susurraba “te quiero” al oído después de tener orgasmos múltiples. Ellas son así. No digo mentirosas ni cínicas, sino seres inconstantes capaces de urdir una tela de araña tan perfecta que, si entras, no sales.  Al principio existí en la intemperie. Fui un autómata conservado gracias al aire y a los cocidos que preparaba mi madre incluso en verano. La abuela sin nietas arrastró también su duelo, la pobre. Luego la rabia inyectó sangre a mis venas, que terminaron escribiendo una demanda en toda regla. Y aquí estoy, al pie del juzgado, celebrando una sentencia que me faculta a abrazar a las niñas cuanto quiera, no porque me faculte el ADN, sino el amor de un padre al que le importan una mierda las leyes de Mendel. Mi ex y la ciencia dirán lo que quieran, pero para mí que estas dos son mi vivo retrato. 

Esta columna y muchas más, en la versión digital de interviú. 

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