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Opinión / Hombres, modo de empleo

No quiero verte

Fecha: 28/03/2016 Teresa Viejo
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Cuando se fue su mujer, la casa se llenó de cosas. El vicio de acumular resultó una estúpida regla: a mayor soledad, mayor cantidad de esos cachivaches inservibles que su padre iba cogiendo por la calle sin la menor discriminación.

–¿Para qué quieres esa impresora? –sugirió su hijo al descubrirle hurgando entre sus tripas–. Mamá hubiera puesto el grito en el cielo si viera cómo tienes el piso. 

Era una vivienda de cuatro habitaciones y un salón-comedor donde compartían espacio el tresillo familiar y un televisor que alguien abandonó junto al portal, además de revistas, guías de teléfono, sillas de playa… Demasiado espacio viudo de mujer. Los trastos que desechaban en el vecindario terminaban arrumbados alrededor del sexagenario, para quien su rutina no tenía más estímulo que el de acaparar. 

Un día el hijo vio un reportaje sobre el síndrome de Diógenes, y alertado por el peligro apareció en la casa del padre blandiendo un carné del centro de mayores. Junto al trozo de plástico argumentó la de actividades que podría emprender en él, la de gente de su edad que ocupaba el tiempo en ocios tolerados, sus beneficios para la salud social… Al notar que la mueca de desagrado del padre iba en aumento, soltó:

–Además, está situado en una de esas casas bajas donde lo más nuevo que puedes encontrar es un móvil. Todo lo demás es antediluviano. 

Finalmente el padre aceptó acudir a ese rastro subvencionado lleno de viejos, como lo calificó al terminar su primer día en él. A partir de ahí el hijo se acostumbró a llevarle cada mañana antes de abrir el negocio del que vivía su familia, y recogerlo a media tarde para asegurarse de que no se escapaba a vagabundear por las calles. Un par de meses después el hombre no había aprendido a jugar al mus, pero sabía escudriñar en todo aparato electrónico que le salía al paso. Entre sus aciertos estaba haber dado nueva vida a un tocadiscos enmudecido con el que las mujeres del club de mayores organizaron un baile en días alternos. De este modo se convirtió en la jubilado más popular del centro. 

Al hijo le agradó ver cómo su decisión había cambiado las perspectivas de su padre, que de haber permanecido más tiempo solo hubiera acabado más hundido que su difunta madre. Las viudas encajan mejor la soledad. No le importó que sacara a bailar a una de las mujeres más que a las demás, ni siquiera descubrirles un día colgados del brazo. A él no, pero a su hermana le pareció una indecencia. Por esto resolvió regalarle un móvil donde ella pudiera localizarle sin tener que darle explicaciones. 

–Cuando te llame, dices que estás jugando al dominó y así no se entera –propuso al padre.

–Me tiembla la voz si miento. 

–Entonces aprende a mandar mensajes.

Semanas después se había convertido en un prodigio deslizando sus huesudos dedos sobre la pantalla. El hijo se sentía orgulloso de su logro, hasta que una tarde se presentó en el centro para saludar al padre. Hacía tiempo que había dejado de llevarle como madre al colegio. En la salita encontró a la mujer que solía colgarse del brazo paterno. Miraba la pantalla de un móvil absorta. 

–Disculpe, ¿dónde está mi padre?

–Aquí –respondió ella, tendiéndole el teléfono.  

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