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Opinión / Hombres, modo de empleo

Peajes en el calendario

Fecha: 25/04/2016 Teresa Viejo / Ilustración: Gustavo Ortega
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Cuando empezó a preguntar por él, su madre le explicó que su padre había decidido marcharse a otra ciudad para mejorar de empleo y que una vez allí se le hizo cuesta arriba regresar. Por asociación de ideas, lo que cuesta es entenderlo: un padre no cambia a un hijo por un contrato. ¿O sí? Sus referencias han sido las de un abuelo abnegado y un par de tíos ejerciendo de padres. En cuanto a los padres de sus amigos, el chico detecta de todo: desde tipos enrollados a macarras con novias que podrían ser sus hijas. 

Nunca conforme con las explicaciones, él insistía a su madre cada cierto tiempo. 

–¿Por qué mi padre nunca ha venido a mi cumpleaños?

–Claro que ha venido, lo que pasa es que no te acuerdas. 

–Recuerdo todas las velas que he soplado. Incluso esa tarta donde solo había un uno.

–¿Ah, sí? ¿De qué era, listo? 

–De tiramisú. Por eso no lo soporto ahora. 

La madre, cuando se siente entre la espada y la pared, huye con el rabo entre las piernas incapaz de seguir mintiendo. Porque él sabe que la verdad lleva años rumiándose entre siseos de madre y abuela, en conversaciones al teléfono tejidas con silencios largos y amagos de reproches; una verdad llena de ojeras grises, como de medio duelo. Si su padre hubiese muerto, su madre le habría llorado a moco tendido, puesto que es una plañidera de libro: se le caen lagrimones tanto con Los puentes de Madison como con los telefilmes de la sobremesa del domingo. “Yo es que soy muy sentida”, se excusa ella, aunque no hay quien le quite que su madre se quiebra por el pasado. 

También tiene la sensación de que ella hizo desaparecer las fotos de su padre al poco de empezar a indagar sobre él. Hasta entonces, sobre una estantería había el retrato de un hombre practicando esquí acuático. La instantánea chirriaba en una casa de aficiones corrientes: las de la Liga y, todo lo más, la selección. 

–¿Quién era el señor de la foto, mamá?

–¿Qué señor y qué foto?

–La de ahí –él era un niño que ni subiéndose sobre la silla alcanzaba el último estante, donde hasta el día anterior permaneció la imagen de un hombre cabalgando las olas.

–Ahí no veo nada. Sería el abuelo. 

A él le entró la risa imaginándose a su abuelo como un equilibrista, y a su madre, uno de esos temblores que le asaltan cuando querría estar en cualquier otro sitio. Pasados unos años descubrió que la foto se había exiliado al último cajón del armario del dormitorio de su madre, donde guarda los camisones. Si no hubiese sido su padre, ella nunca le habría dejado entrar ahí. 

Un día creyó ver al hombre de la foto apostado en la verja de entrada al colegio. No iba en bañador ni se parecía al deportista –de hecho estaba gordo y calvo–, pero algo dentro le advirtió de que era él; sin embargo, no preguntó a su madre por qué estaba allí ni qué buscaba pasados los años. Sus ganas de saber chocaban con la necesidad de mentir de ella, e intuyó que en esa guerra llevaba las de perder. 

Por eso nunca le dice nada cuando el hombre vuelve al colegio; ni le ha hablado del primer helado que se tomaron juntos, ni de ese cigarrillo que se fumaron a medias. Menos aún de sus charlas. No piensa hacerlo. Es su forma de celebrar con ella que no necesita de un día especial para darle las gracias. 

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