Opinión / Hombres, modo de empleo

Secretos de arena

Fecha: 09/08/2010 Teresa Viejo
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Su mujer piensa que es un tipo raro porque le crispa la monotonía del mar, aun así le acompaña a la playa. Hoy observa ensimismado la orilla, donde una ola se estampa y deja una espuma de burbujas que enseguida engulle la arena, y luego llega otra y sucede lo mismo, constatando un principio universal por el que se suceden las mareas y el mundo encuentra su equilibrio. Ya quisiera él que sus pensamientos se amansaran igual que el ronroneo marino.
—¿Te pasa algo? Mira que no paras un segundo quieto.
—Nada, que a mí esto no me gusta. Ya lo sabes.
—Lo que no te gusta es torrarte, tonto, de qué si no habríamos traído este mamotreto.
Ella habla de la sombrilla. En el Carrefour les advirtieron que ese modelo suele adquirirse con la intención de instalarlo en porches y terrazas, que era muy pesado para desplazarlo entre dos, que les resultaría incómodo en la playa y blablablá.
—Si por lo menos fuera de rayas, todavía, ¿pero te das cuenta del cante que estamos dando con una sombrilla verde oliva? –la mujer es habilidosa articulando un discurso de lo más ácido sin mover un músculo, ahí donde está, repantigada en la arena.
—¿Por qué no te das la vuelta? Se te va a quedar el culo blanco.
—¿Tú sabes el tiempo que hace que no me miras el culo? –ha levantado las gafas para reforzar el reproche con una de esas miradas que tiran al agua a los maridos, aunque tengan fobia al elemento–. Por cierto, ¿dónde están los niños?
Ni siquiera responde porque se resiste a seguir llamando niños a sus hijos cuando han entrado en la adolescencia, se rasuran el vello y se masturban a escondidas. Con 14 y 16 años podrían veranear por su cuenta en cualquier campamento, pero el agónico instinto de protección de su madre les ha condenado a un apartamento en tercera línea, a una playa atestada de domingueros y a comer de menú, que hay crisis. Ellos en venganza se alejan lo más posible toda vez que la mujer se distrae.
—Vete a buscarlos, anda –ruega con un mimo impropio en ella mientras la rugosidad de los dedos de sus pies le eriza los pelos de la pantorrilla–. Schhh, es solo interés, eh, no te calientes que te veo venir –pero no remite la caricia y al tiempo cuela una mano por la cinturilla del bañador y la deja resbalar a lo largo de una piel mojada–. Si los traes para que yo los vigile, te hago un regalo.
Otro entraría en el juego; sin embargo, a él le embarga la triste decepción de comprobar que aunque discurran los años y ambos se conviertan en seres distintos, algunas cosas no cambian; por ejemplo, esa enfermiza manía suya de utilizar el sexo como un premio con el que incentiva al marido pero deprecia al amante. Más de una vez, tras uno de sus encuentros sexuales, se ha preguntado hasta qué punto su esposa disfruta en la cama o si todos sus esfuerzos están encaminados tan solo a conseguir la reforma del baño, un traje nuevo o una tele de plasma. Recuerda que una vez, en una de esas series de mujeres enfadadas con el mundo que tanto le gustan a ella, una de las protagonistas alardeaba ante sus amigas del anillo de brillantes que le había regalado su marido: “¿Lo veis? Sexo anal, chicas, aunque duela”.
—Y ahora, qué, ¿los vas a ir a buscar o no, majo? Porque no me voy a estar esforzando para nada –y se sacude la mano que andada jugueteando bajo el bañador.

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