Simbiosis
Fecha: 06/02/2012
Ilustración: Fernando Vicente
La primera muda fue pequeña: el pelo más largo en la nuca y unas mechas. Ella habría demorado semanas en advertirlo de no ser por su ronroneo al enredarse los mechones a cada rato.
—¿Qué te hiciste ahí?
—Un cambio de ‘look’ –aclaró él–. Igual que tú.
La mujer frunció los hombros ahogando la respuesta. No le gustaban los hombres remilgados y el suyo tenía un nosequé, una ambigüedad a la hora de blandir las manos o fumar enervando el meñique que le inquietaba. Días después las niñas se jactaban de que su padre se hubiera depilado –“¡parece la Barbie!”–, tras rasurarse de pies a cabeza con el argumento de que era más cómodo al practicar ejercicio.
—Pero si no vas nunca al gimnasio –arguyó ella–. Se apolillan los bonos y ni pisas un tatami.
—Porque no me gustan los musculitos.
—¿Tú estás bien?
—Nunca me he sentido mejor –y junto a la frase nació un gorgorito.
Hasta entonces habían sido un matrimonio convencional, él reservado, eso sí; mas qué hombre no guarda secretos. Algunos los custodiaba una maleta en el altillo del cuarto, un lugar imposible de alcanzar por la mujer. “¿Me subes estas cajas?”, rogaba ella cuando almacenaba la ropa de estación y él aprovechaba para auditar la valija a sus espaldas; aunque conociera estas reservas del marido nunca les dio importancia.
Poco a poco fueron sumándose más cambios en su físico y un día reparó en las mamas. El perfil de la camisa se erguía con un engrosamiento turgente que hubiera sido natural de pesar diez kilos más. Sin embargo, su marido era una sílfide.
—Creo que deberías ir al médico –anunció ella sin aludir al motivo.
Él terminó de pelar la naranja antes de responder con esa voz cada vez más aflautada.
—Ya lo he hecho.
El hombre esbozó una media sonrisa sosteniéndole una mirada insólita. Ya no parecía él y buscó al esposo dentro del iris, en el blanco amarillento, incluso se asomó al fondo de su pupila sin hallarle. De repente a la mujer le invadió ese miedo a compartir intimidad con un extraño, igual a quedarse encerrada en un ascensor junto a un desconocido, pero lejos de preguntar a quien le retaba con la mirada, reparó en sus pómulos redondos, los labios inflamados y la nueva línea de sus dejas depiladas.
—¿Quieres otra naranja? –fue lo único que le nació.
En cuanto el marido se marchó pidió prestada a la vecina una escalera larga para encaramarse al altillo; algo le decía que el mayor secreto de su hombre estaba allí. Accedió al interior con dificultad y una vez encontró la maleta la arrastró al borde de la escalera. Estaba repleta de ropas de mujer, lencería, una plancha para el pelo, maquillaje, libretas con direcciones…, objetos guardados a presión de los que la mitad salieron disparados hacia el suelo. La mujer estiró la mano, el brazo para evitar su caída, pero resultó inútil y su cuerpo menudo rodó peldaño a peldaño hasta hacerse añicos. Lo último que susurró fue: “Las niñas… Habrá que acercarse a recogerlas”.
Desde entonces el viudo trae y lleva a la escuela religiosamente a sus hijas. Las besa en la mejilla y ellas le preguntan: “Mamá, ¿qué hay para comer?”. Se ve que no han notado el cambio.






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