¿Te quieres casar conmigo?
Fecha: 08/10/2010
Teresa Viejo
La compró en unos grandes almacenes en la sección de fetiches, adonde le habían remitido desde colchonería.
—Aquí las dispensamos de viscolástica, de látex o de mezcla, 100x100 plumón, sintéticas… Pero esa rareza por la que usted pregunta…
Pocos minutos después abandonaba un edificio de diez plantas en el centro de Seúl camino de casa con un paquete de 1,60 de largo bajo el brazo. Lo desgarró nada más entrar en su cuarto, lanzando la almohada sobre la cama tal y como hacen algunos bravucones con las conquistas fáciles. Y no salió de aquel cuarto hasta entrada la madrugada con ese cansancio feliz que dejan los orgasmos múltiples.
El tránsito de cosificar a las personas resulta frecuente, en especial si abunda el desprecio –cacho de carne con ojos–, en cambio el camino contrario es algo más difícil de andar. Él lo hizo. Poco a poco, un objeto de uso doméstico y cotidiano fue hurtando, primero su atención, y más adelante su cariño.
Podría escribir con los ojos cerrados todo lo que le sucedió el día en que la televisión coreana estrenó Mahou Shoujo Lyrica Nanoha, una serie manga con protagonista femenina y cañera; el dibujo que daba vida a Fate Testarossa se movía en un mundo irreal repleto de malos malísimos que ella iba doblegando con voluntad guerrera y hechuras de heroína de serie B. Para qué más: el tipo se enamoró estúpidamente de la protagonista de una serie de televisión que para colmo ni siquiera contaba con un álter ego en el mundo real. Desde entonces Lee Jin-gyu, que así se llama el iluminado, se exilió al reino virtual de lo catódico, un universo que sólo abandonaba para dormir.
Huelga decir que una vez conciliaba el sueño acompañaba a la heroína en sus hazañas imposibles pero el despertar era un infierno, hasta que tuvo la idea: buscaría una almohada que reprodujera en su anverso la imagen del dibujo. Este cojín de gran tamaño se llama dakimakura y es el invento con el que los padres nipones amortiguan los furores adolescentes de sus hijos, porque mientras se desfogan abrazando los volúmenes que reproducen en látex a los de su actriz favorita sueltan testosterona; pero la fiebre de la almohada le alcanzó tarde, cumplidos ya los 28 años.
Esta historia podría haberse quedado en anécdota de no ser porque esconde una enorme soledad; igual a esa clase de agujero negro que cerca las noches de insomnio o al desgarrador silencio del teléfono una tarde domingo. Y cuando no hay afecto humano, ya se sabe…
Ignoro qué le gustaba más, si el rostro o su trasero –anverso o reverso de un trozo de plástico–, un dilema igual al del huevo y la gallina en versión erótica. Pero desde que esas formas entraron en su vida, el sueño ya nunca fue el mismo.
—A mí me parece que esto es patológico –le decían los suyos–.
—Tú métete en tus historias y yo a las mías: abrazarla cada vez que me lo pide el cuerpo.
Algo que ha ido haciendo con empeño y frecuencia, hasta que un día no pudo separarse de ella al despertar y le susurró despacio “¿Te quieres casar conmigo?”. No hubo respuesta, claro, pero le supo igual que un sí prolongado.
El amor entre el joven y su almohada ha terminado en el altar, porque Lee Jin se ha casado con la mujer-objeto con la que más horas de cama ha compartido, mostrando que en su cabeza el tránsito entre lo onírico y lo real anda a un paso. Eso o es un cachondo.






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