Torero, torero y olé
Fecha: 27/08/2010
Ilustración: Fernando Vicente
La cinturilla del bañador arrebujada bajo el sobaco, una tripa cervecera con vocación de ir a más y cargando a la derecha. El macho alfa habita en España con cierta actitud camaleónica y un espíritu batallador que le lleva a adoptar como suyas toda suerte de causas.
En lo externo desconoce para qué sirve la luz pulsada, luce pelo en pecho y prodiga piropos guarretes con la ventanilla del coche bajada aunque, dentro, el aire ande a tope. Torero, torero y olé. En lo profundo el suyo sí que es españolismo del fetén y lo demás, farfolla de tertulia televisiva con modorra vespertina y estival.
—¿Qué haces con eso, si es más grande que tú?
—A defender lo que es mío, que si nos descuidamos éstos nos echan un día de España y aparecemos en las Azores como si tal cosa.
Por ‘éstos’ se refiere a los nacionalistas catalanistas, ecologistas y antitaurinos, que le llevan enervando meses. Desde que salieron a la calle en bolingas y gritaron que la sangre de toro eran tan preciada como la de ellos, eso sí convenientemente embadurnados de jugo de grosella porque el artificio es parte de la escenificación reivindicativa. Al final –condenado a ese ostracismo en el que se siente el aficionado–, el tipo se ha puesto el capote por montera camino del encierro que se celebra cada primer domingo de septiembre durante las fiestas de su pueblo.
No, si no anda desencaminado. Cada españolito heredero del landismo lleva dentro a un torero fardón, arrojado y con bravío que lo mismo te hace un quite en una plaza de aparcamiento, que templa a un jefe astijunto o manda a la fiera más corrupia, a la que termina doblegando con tronío. La lidia tiene estas cosas.
El tipo, un padre de familia numerosa con trabajo fijo bien remunerado y votante del PP, ha embutido sus lorzas en un traje de luces que se ha comprado de extranjis en una tienda de segunda mano y aparece en el salón dando pases al capote en todas las direcciones posibles. Ojo, que si votara al PSOE también lo haría.
—Te vas a cargar el jarrón de tu madre.
—Orgullosa estaría si me viera defendiendo la tradición de mi patria.
—Eres un antiguo, chico. Ahora lo que importa es encontrar tu lugar en el mundo y reconciliarte con el planeta –le advierte su mujer, que acaba de meterse para el cuerpo una sesión de yoga de 90 minutos en la que ha estirado el psoas hasta que el músculo le ha llegado al cuello–.
La pareja es víctima de esa falta de sintonía que se explicita en verano y padecen quienes evolucionan a diferente ritmo. Uno, apuntalando una plaza de toros como si su vida hubiera entrado en un bucle del tiempo reencarnándose en un personaje goyesco y la otra, saboreando los efectos del Botox y el ácido hialurónico que circulan por su sistema venoso (en realidad no se deberían mover del rostro, pero un cuerpo tan recauchutado como el suyo da que pensar). Y haciendo ojos a todos los profesores que le salen al paso: el de pilates, el de pádel, el de reiki, el de natación, el de recuperación de sus hijos.
—Pero, ¿en serio vas a salir así a la calle?
—A la calle… y a la plaza. Voy a torear como Manolete y Bienvenida.
—Te recuerdo que le mató una vaquilla.
—Porque debía de estar harto de aguantar las sandeces de su mujer y el animal le pilló en un renuncio. Hala, me voy.
Bien pensado, su matrimonio sí que es una cárcel y no Soto del Real, en donde pasa sus vacaciones el Correa ese.


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