Opinión / Hombres, modo de empleo

Un hombre en la maceta

Fecha: 21/01/2011 Teresa Viejo
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La rama principal del ficus había trepado tanto que bordeaba la terraza amenazando con colarse en la del vecino. En cambio, a ambos lados de la guía apenas crecían unas hojas mortecinas, características de la sobreexposición al ambiente nocivo. Igual que los rostros de una ciudad contaminada con igual número de coches que de almas.
Esa tarde la mujer había tomado la decisión de cambiarlo de recipiente y apareció en el apartamento con varios kilos de barro entre los brazos, en la idea de que un tiesto mayor le insuflaría la energía que la contaminación le hurtaba.
Había algo maternal en el modo en que cuidaba sus plantas, ordenaba los desportillados muebles de la casa, guisaba los platos a su hombre y planchaba su uniforme de conductor. Poco importaba que él regresara cada tres días con la camisa llena de lamparones y el sueldo mermado por Dios sabe qué vida, porque dirigiendo autobuses no se gastaban tantos cuartos a la ligera.
Al hombre con el que ni siquiera ha firmado un contrato le unen veinte años de vida y tres hijos desnortados, además de ese tipo de amor visceral por el que se odia o incluso se mata sin reparos. Ese clase de cariño que sustenta las esperas dilatadas para desgañitarse después en preguntas que no tienen respuesta (o que no gustan y ni se escuchan), para más tarde fundirse en un cuerpo que nunca será del todo de una. Si pudiera escribir lo que el gañán que tiene por pareja le inspira, diría algo parecido, pero apenas sabe juntar las letras.

Rompió el barro y expurgó la tierra hasta dejar unas cuantas raíces al aire. Ahí lo vio. Entre las más antiguas. Abrazadito por ellas igual que un niño en el vientre. El muñeco no tendría más de doce centímetros, y aun sumergido en tanto estiércol pudo mirarle a los ojos. A la mujer se le cayeron al piso las tijeras con las que había roto los sacos de tierra, quedando abiertas de par en par en dirección al muñeco, y un miedo atroz le rasgó el alma. Como el filo de ambas hojas.
La memoria no le dio para explicar qué hacía aquel trozo de trapo con aspecto de hombretón jibarizado en el interior de un tiesto que llevaba en aquella casa más que ella misma. La maceta formaba parte de los enseres que incluía el alquiler y ella se había limitado durante siete años a alimentarla, hasta que llegó el trasplante. Con sumo cuidado procedió a desengancharle de las raíces y lo limpió de tierra.
Si no creyera en males de ojo, en espíritus torturadores y maldiciones varias, lo hubiera tirado a la basura, pero a ella las cosas de ultratumba le daban infinito respeto, además de que aquel muñeco enterrado era el fiel retrato de su marido y tenía la entrepierna agujereada por alfileres igual que una diana. Entonces lo envolvió en un trapo de cocina y salió de casa. Minutos después estaba sobre una mesa de cristal atestada de cartas del tarot y velas de colores y unas uñas afiladas le andaban las entrañas de serrín.
—¡En mala hora te olvidaste! Ahorita nos va a tocar voltear la suerte y eso se nos va a hacer bien cuesta arriba, mi reina. ¿Y si hacemos algo para mejorarte la memoria en vez de atarle los machos a tu hombre?
Entonces el cartelón de la puerta se descolgó de repente y vino a dar al suelo. En él todavía se puede leer: “Se hacen amarres por 20 $”.

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