Una puerta blindada
Fecha: 28/01/2011
Cuando te fuiste se desató tal tormenta eléctrica que los niños tuvieron que encaramarse al tejado para sujetar la antena y así poder ver ese programa donde la gente batía récords a cual más tonto. Ya no lo echan. Tampoco a ellos les interesa la televisión. En realidad ni siquiera son niños, sino unos maromos con la testosterona en estado efervescente.
El rosal de la entrada amaneció helado. La planta que tu madre nos regaló con el pronóstico incierto de cuánto nos duraría, en su empeño de aficionarnos a la horticultura porque une a las parejas, se marchitó en un abrir y cerrar de ojos.
—Él lo hacía mejor –renegaba tu madre esforzándose en advertir algún brote tras su inesperada defunción.
—Él lo hacía todo mejor, menos lo único importante –me salió con tanta rabia que ella lo juzgó un reproche y desde entonces llama por teléfono pero no pisa esta casa.
Se pararon los relojes. No el de la pared, que fue sumando jornadas con indiferencia, sino el del alma. Quedé congelada a las 5.47 de la mañana, hora en que cruzaste la puerta arrastrando una maleta y media vida en ella. Nunca te expliqué que los niños no acudieron a la escuela porque despertaron al mediodía como si fuera domingo y una vez en pie se encontraron con su madre derrengada sobre la alfombra del recibidor. No sé qué comieron, ni siquiera si lo hicieron, pero la tele les alimentó durante mi ausencia.
Aquel día el desagüe del fregadero empezó a emitir un olor pestilente y de pronto, tras vomitar una pasta hedionda de comida fermentada, se taponó sin más. Cierto que no tenía el ánimo para improvisar guisos, pero tardamos una semana en desatrancarlo.
—¡No se habrá ido papá por ahí dentro! –aventuraba el pequeño porque su madre no atinaba a decirle dónde estabas sin desatar un cataclismo.
—Tu padre ha decidido que… ha resuelto poner… ha dicho que…
Empezaba una frase y terminaba en la siguiente con esa locuacidad que me falta en los momentos críticos. No creas, ahora me explico como un libro abierto.
¡Ah! También se fueron aflojando los rieles de los estores y de un modo concatenado se descolgaron de sus anclajes; los primeros los cazamos al vuelo pero nos faltaron manos para evitar tanta ruina textil. Desde entonces hay persianas de lamas en el salón.
Tan enfrascada andaba en solventar los desperfectos que desencadenó tu huida que no dispuse de un rato para mirarme al espejo y cuando lo hice descubrí una orla blanquecina enmarcándome el rostro. Y adquirí la estética costumbre de teñirme la primera semana del mes borrando tu recuerdo junto a las canas.
De este modo organicé la intendencia de una casa que hacía agua por todos sus flancos pero ahora mantengo a raya los cortocircuitos, los atrancos, los fusibles fundidos, las goteras y las averías. Cinco años nos ha costado a tus hijos y a mí que las cosas fluyan.
Por tanto, aparte de tu elocución lacrimógena sobre lo mucho que nos has echado de menos en este tiempo y lo descerebrada que resultó la que creías que era el amor de tu vida… ¿existe algún motivo por el que deba arriesgar la paz de mis cañerías?
Lo dicho, que no te abro la puerta.






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