Opinión / Hombres, modo de empleo

Una segunda oportunidad

Fecha: 03/09/2010 Teresa Viejo
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Ilustración: FERNANDO VICENTE Ilustración: FERNANDO VICENTE

Hace una semana que no sale de casa. Antes se había preocupado de colmar la nevera de provisiones y de pelar malévolamente los cables del teléfono de modo que ni con la mayor chapuza pudiera conectarse a la red. No quería tentaciones innecesarias.

Desde hace una semana las persianas de su cuarto no han saludado el día, permaneciendo selladas en un blindaje a todas luces insalubre en pleno agosto. Mientras, el aire acondicionado se esfuerza en sofocar un ambiente denso, lleno del sudor que dejan las refriegas sexuales. Existe un tipo de amor que se adosa a los muebles, a las tapicerías y el parqué, que impregna de lujuria los objetos inanimados y carga el aire, haciéndolo irrespirable. ¿Quién no ha entrado alguna vez en un dormitorio y no ha sentido los dedos pegajosos de quienes estuvieron antes en él, ahogados entre suspiros y orgasmos? Algunas mujeres son capaces de olerlo, de inspirar el adulterio e identificarlo entre cientos de aromas. Mujeres que huelen el sexo infiel de su marido entre inciensos, velas de olor o suavizantes para toallas.
Toda su casa huele a amor usado. Sucede así desde que ella entrara por la puerta –sumisa y callada como nunca lo había sido las otras veces– y él simulara una infección vírica altamente contagiosa y pidiera en el trabajo los días que le restaban de vacaciones, por ver si remitía el dichoso malestar.

“Nada, hombre. La salud es lo primero. Ahora, también es mala suerte, acabas de llegar de vacaciones y te pones a morir. ¡Cualquiera diría que la oficina te da alergia!”. La suya es una jefa sarcástica que se esfuerza por suplir la falta de autoridad con ironía. Y como él le tiene tomada la medida, jamás le lleva la contraria, no vaya a resultar una de esas féminas con la pituitaria exacerbada.
Qué le va a explicar a esa mujer andrógina sin cintura ni caderas lo que es un ardor como el suyo. Sí, todo lo antiguo que quieras, porque la obsesión por el rasero que descansa ahora en su cama se remonta varios años atrás, pero lo ha cogido con ganas nuevas.

Ni el agua fría mitiga ese grado de ansiedad que hierve la sangre y abre los poros a la espera de recibir el efecto calmante de un beso. Y eso que ella aún no le ha devuelto las caricias. “Si le das amor, te responderá igual”, habían asegurado al recogerla. “Pues la noto un tanto fría”, replicó. “Es cuestión de que coja confianza”, y el tipo que le observaba ajustarse el cinturón sonrió maliciosamente antes de fundirse en la oscuridad del portal.

La creencia popular asegura que las segundas partes nunca son buenas. Sin embargo, está disfrutando del cuerpo amado más que un tonto. Más que la primera vez. De hecho, por entonces ya le habría reprochado algo, cualquier cosa... la tapa del dentífrico sobre la encimera del baño, sus calzoncillos en una esquina, las camisas del armario sin doblar; le habría censurado el lomo embuchado en la nevera y la poca gracia de encontrarse las fotos de sus ex en la estantería del salón. Pero esta vez, el 1’65 de carne desnuda que se ajusta a él como un guante no abre la boca más que para lo preciso. Y mira que le gusta cuando lo hace.
“Me ha quedado niquelada –le dijo comparando la foto de la original y la copia–. Y se queda usted con la mejor. Je, je”. Pues sí que tenía guasa el tipo de la tienda de muñecas.

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