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Opinión / Hombres, modo de empleo

Verso a beso

Fecha: 13/06/2016 Teresa Viejo | Ilustración de Gustavo Otero
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Y digo yo, si buscaba un polvo, ¿para qué emplear literatura? Porque las personas debemos de ser muy claritas cuando nos relacionamos. Si en la frutería digo al frutero: “Póngame un kilo de naranjas”, él, aunque tenga los pomelos en oferta y muchas ganas de quitárselos de encima, no me los endosa bajo la excusa de que el zumo sabe igual. Bueno, este no es el mejor ejemplo. ¡Pero, vaya, que para follar no se precisa recitar a Benedetti!Y bien que lo hizo. Me soltaba unas parrafadas encendidas hablándome del amor y del dolor de la pérdida. La pérdida, sí. Esa cosa que me cruje dentro sin dejarme respirar. Me recuerda a esas sesiones de spinning en las que me asfixio en la primera pedalada y no dejo de interrogarme por qué mierda me he metido en esa clase en lugar de darme un masaje. ¿Qué se me había perdido a mí en Tinder? ¿Eh? Si nunca he necesitado la tecnología para ligar, pero Mario decía: “Tú no sabes qué tías hay ahí” y agitaba el teléfono como si fueran a salir disparadas de sus tripas. Y Luismi, arrugando su cara de lelo al asegurarme que había encontrado al amor de su vida gracias al pulgar. “¡¿Haciendo autostop?!”, pregunté con una ignorancia tan absurda que todavía anda desternillándose. Los dos hicieron mi perfil y los dos ya ni se ponen al teléfono. Que soy muy cansino, sueltan, como si fuera fácil taponar el agujero que me revienta el pecho de este a oeste. Era su primera vez, aseguró ella, y yo la creí, como en las canciones de Sabina, que el poeta será canalla, pero enamoradizo como el que más. Me lo confesó en un mensaje tan pudoroso que creí ver sonrojarse a la foto de su perfil. Primera conclusión: si a mí no me gustan las lagartas ni a ti los jetas, ¿qué hacemos entonces aquí?, a lo que ella replicó: “Coin­cidir con quien te haga ver cosas que tú no ves. Que te enseñe a mirar con otros ojos”. Los suyos eran azules; bueno, lo son, pero si hubiera llorado lo que yo, se le habrían desteñido. Dígame, ¿quién sostiene a estas alturas la estupidez de que las lágrimas son femeninas? ¿Y las mías? Porque en cuanto logro soltar la bola de la garganta, me quedo más a gusto que cuando echo una meada de las de campeonato. El dolor del amor es escatológico porque uno expulsa allí donde le brota aquello que da vueltas y vueltas en su interior.  “No me tientes, que si nos tentamos, no nos podremos olvidar”. Así respondió mi propuesta de tomarnos un café juntos, y no necesité más para recordarla para siempre, y eso que aún no nos habíamos conocido. Tardamos tres semanas. Tres semanas de noches de insomnio y mañanas de resaca en las que solo me animaban sus mensajes, hasta que llegó el definitivo: “A mí no me digas que me extrañas, a mí dime a qué hora nos vemos”. En realidad no nos vimos, primero nos palpamos y después nos comimos. Pero solo yo eché de menos, porque tras la docena de polvos, que para mí eran amor del bueno, mandó un mensaje con menos lírica que la declaración de la renta: “Chato, ya te llamaré”. Un mes llevo desesperando. ¿Usted qué piensa, doctor? ¿Me escribirá de nuevo? El psicoterapeuta se revuelve en su sillón; observa a su paciente y tras quitarse las gafas recita: “La sinceridad siempre nos llevará a odiarnos un poco”. “Mierda de Benedetti”, masca el del diván.

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Comentarios recientes

  • FCO MORENO MECO 17/06/2016 12:50

    Hay mujeres DIVINAS que ni con 100 vidas podrías disfrutar de ellas completamente. Con esas mujeres un polvo no es nada......peor.... sería un insulto a la vida y a la BELLEZA

    Comentario fuera de tono

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