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Opinión / La parrilla de España
Hoy: Joan Manuel Serrat

El enemigo del pueblo

Fecha: 02/10/2017 por Ramón de España • Ilustración de Carlos Rodríguez Casado
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La única ventaja de los tarugos actuales sobre los de antaño es que no te pueden joder tanto la vida ni forzarte al exilio: cuando se cansen de rebuznar en Twitter, se buscarán otra víctima y santas pascuas.

Joan Manuel Serrat (Barcelona, 1943) andaba por Chile cuando le preguntaron su opinión sobre el referéndum ilegal promovido por el presidente de la Generalitat (y aspirante a presidiario) Carles Puigdemont. El hombre respondió que la cosa se le antojaba impresentable, convirtiéndose así en el nuevo enemigo del pueblo para los nacionalistas catalanes, que lo pusieron de vuelta y media en las redes sociales y hasta tuvieron el cuajo de llamarle fascista. Algo parecido le ocurrió a Raimon hace un tiempo, cuando el de Xàtiva dijo que no veía muy claro lo de la independencia: algunos cerebros privilegiados hasta llegaron al extremo de exigirle que se volviese a Valencia, que en Cataluña ya no pintaba nada. En el caso de Serrat, las acusaciones de traidor al pueblo llueven sobre mojado, pues ya las recibió en 1975, cuando las detenciones (y posteriores ejecuciones de algunos de los detenidos: a Franco, como bien sabemos, nada le ponía más verraco que una buena condena de muerte) de miembros de ETA y el FRAP. El noi del Poble Sec estaba en México, desde donde dio su opinión al respecto, que no fue del agrado de las autoridades franquistas, que le colgaron de inmediato el sambenito de enemigo del pueblo, en este caso, el español. Conclusión: el hombre se tuvo que quedar en México un año, actuando donde podía, mientras esperaba el momento adecuado para volver a su país sin que lo detuvieran. Con los patriotas –sean catalanes, españoles o del planeta Raticulín, donde el hermano del vidente Carlos Jesús se gana honradamente la vida como mecánico de ovnis– no hay quien razone, y así es cómo a nuestro hombre se le ha convertido en un enemigo del pueblo dos veces a lo largo de su vida. La única ventaja de los tarugos actuales sobre los de antaño es que no te pueden joder tanto la vida ni forzarte al exilio: cuando se cansen de rebuznar en Twitter, se buscarán otra víctima y santas pascuas, pues nunca les faltan candidatos: desde la entrevista de Jordi Evole a Puigdemont, el periodista puede ocupar la plaza de enemigo del pueblo hasta que encuentren a otro que, desde una perspectiva convenientemente cerril, lo sustituya dignamente. Si yo fuera Serrat, no me preocuparía mucho: es rico, tiene fans a cascoporro y, sobre todo, quienes le insultan son unos tarugos fanatizados que no serían nada sin una estelada con la que envolverse (¿verdad que dan mucha grima esos merluzos que llevan la bandera colgada a la espalda, a guisa de capa de súper héroe?).

Tampoco es la primera vez que nuestro hombre tiene problemas con los guardianes de las esencias. En 1968 se disponía a representar a España en el festival de Eurovisión cuando unos cuantos prohombres del incipiente nacionalismo catalán –aunque hay quien acusa a su representante, Lasso de la Vega, de buscar un follón con fines comerciales– le convencieron de que si cantaba en español ante toda Europa podía perder el favor de sus seguidores catalanes. Serrat, hijo de padre catalán y anarquista y de aragonesa de Belchite, era perfectamente bilingüe y podría haber enviado al carajo a los guardianes de las esencias, pero no lo hizo (puede que también influyera en su decisión, como hombre de izquierdas, la comprensible renuencia a representar a una dictadura). El cirio en la España de la época fue de órdago, como recordamos los que ya tenemos una edad. En 1970, el cantante se apuntó a un encierro antifranquista en el monasterio de Montserrat y pasó a figurar con carácter permanente en la lista de enemigos de la patria. Casi cincuenta años después, otros patriotas la toman con él por decir lo que piensa, apuntándolo a otro tipo de listas, la de los que reciben las bofetadas de los extremistas más cerriles, lista en la que brilla con luz propia Albert Boadella, que también ha sido declarado en diferentes épocas de su existencia enemigo del pueblo (el orden es el mismo: primero la toma contigo el fascismo español y después, el fascismo catalán).

En ambos casos, la diferencia entre el insultado y los insultadores es muy notable. Hablamos de seres libres frente a trepas, fanáticos y borregos. A Serrat nadie le ha regalado nada: su familia no tenía un duro; se sacó, sucesivamente, los títulos de tornero fresador y perito agrícola; se puso a escribir canciones, a salir en el programa de radio de Salvador Escamilla y a actuar donde podía y le dejaban y salió de pobre por sus propios méritos. Algo parecido hizo su vecino de barrio Jaume Sisa, aunque al ser éste más alternativo y underground, nunca alcanzó ni su fama ni su fortuna. Y es que Serrat siempre se ha distinguido por componer canciones bonitas. Puede que algunos lo encontremos a veces algo cursi, o que pensemos que pierde la cabeza por un buen ripio –En la noche de San Juan todos comparten su pan, su tortilla y su gabán, mi favorito, sobre todo porque, ¿quién lleva un gabán en Barcelona al principio de la primavera?–, o que sus arreglistas dejan bastante que desear, o que se embarque en giras inacabables con gente que nos da un poco de repelús, pero todos le respetamos y disfrutamos, por lo menos, de algunas piezas de su repertorio.

Personalmente, el Serrat que más me gusta es el de sus primeras canciones en catalán, con las que supo retratar la sociedad catalana con una lograda mezcla de crítica social y ternura: La tieta, dedicada a ese icono de la tía soltera que echa una mano en casa al hermano o la hermana que, a diferencia de ella, sí han construido una familia, resulta ejemplar en ese sentido. Igual que El drapaire, Paraules d’amor, Ara que tinc vint anys o M’en vaig a peu. Del Serrat en castellano, me quedo con sus discos dedicados a Machado y Hernández (en este caso, el primero de los dos). Reconozco que, a partir de finales de los 70 me descuelgo bastante de Serrat, tal vez porque Sisa, Pau Riba o Ia & Batiste me resultan más cercanos. Pero también fui fan de los Beatles, los Stones y los Kinks sin por ello despreciar a Elvis.

Joan Manuel Serrat es hoy día un clásico de la música popular catalana, española e hispanoamericana, y lo que digan de él cuatro matados necesitados de banderas para hacerse la ilusión de que existen no creo que le quite el sueño. Los fanáticos cambiarán de objetivo o callarán de una maldita vez, pero las canciones de Serrat se seguirán escuchando durante bastante tiempo. A ser posible, en las condiciones adecuadas, no como himno de combate anti independentista, algo que el cantautor ya ha pedido que no se haga. Sobre las películas que rodó a principios de los 70, más vale guardar un piadoso silencio, aunque la falsa actuación en el festival de Wight de La larga agonía de los peces fuera del agua no dejaba de tener su gracia. | Sigue leyendo.

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