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Opinión / La parrilla de España
Hoy: Eduardo Punset

El gurú de las moléculas

Fecha: 02/11/2015 Ramón de España / Ilustración: Pepo&Co
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Cada Navidad, si los premios de la Lotería Nacional se muestran esquivos con Cataluña, los informativos de TV3 establecen de inmediato una comparativa entre lo que han invertido los catalanes en décimos y lo que han recaudado a cambio, como si se tratara de una inversión y no de un concurso y como si el azar tuviese algo que ver con la justicia distributiva. Hace unos pocos años, para que el dinero de los catalanes se quedara en casa (y para trincar unos euritos extra, todo hay que decirlo), la Generalitat se sacó de la manga La Grossa de Nadal (El Gordo de Navidad), una lotería de ámbito local (o nacional, si uno es soberanista) que por estas fechas se anuncia a bombo y platillo en los medios de intoxicación del Régimen. De momento, la cosa se ha quedado ahí, aunque yo ya propuse en un artículo hace un tiempo que urgía crear el CTG (Cuerpo de Trileros de la Generalitat), compuesto por una manada de subsecretarios de la Gene que, previamente provistos de mesita plegable, dados y cubilete, se desplegaran por la Rambla, de Canaletas a Colón, para sacarles los cuartos a propios y extraños, no fuese que la Independencia nos acabara pillando más tiesos que la mojama.Este año, la Grossa la anuncia el gran Eduardo Punset, único gurú español de la autoayuda digno de tal nombre –¿alguien se atreverá a negar que es nuestro Deepak Chopra?–, que ya se fogueó en la publicidad no hace mucho anunciando un pan de molde (lo mejor del espot venía al final, cuando Punset, fuera de cuadro, decía “Aaaaay” con la fatalista languidez del que piensa “lo que hay que hacer para comer”). Y si Punset anuncia cosas, es por su innegable popularidad: todos le queremos y le admiramos, sobre todo los que no entendemos nada de lo que dice pero optamos por considerarlo un icono fascinante de la época que nos ha tocado vivir. Creo que si le entiendes, es peor. Y si no, que se lo pregunten al científico Jorge Wagensberg, a quien Punset no ha vuelto a dirigir la palabra desde que, en el transcurso de una cena entre amigos, al primero se le ocurrió decirle que no tenía ni pajolera idea de los temas que abordaba en sus libros y en sus programas de televisión.
Ahí le faltó finura a Wagensberg, pues la gracia de Punset no radica en sus conocimientos científicos, sino, sin ir más lejos, en la manera admirable que tiene de pronunciar la palabra moléculas; o en el hecho de que su productora audiovisual atienda por Agencia Planetaria; o en su habilidad para reinventarse, que es algo muy americano, pero poco o nada español. Estamos hablando de un economista que militó de joven en el Partido Comunista y luego en la UCD –llegó a ministro– y el CDS, y que hasta fue conseller de la Generalitat. Estamos hablando de un hombre que, cuando la mayoría de su generación ya pensaba en la jubilación, se interesó por la ciencia y decidió convertirse en divulgador de la misma. Estamos hablando de un gurú de la autoayuda que ha despachado miles de libros en un terreno usualmente vedado a sus compatriotas. Estamos hablando, en suma, del triunfo de la voluntad hecho persona. O personaje. 
La fascinación que ejerce Punset sobre nosotros, los pobres mortales –él ya ha dicho que no piensa morirse porque no está escrito en ningún sitio que tal cosa deba suceder–, se basa en su aspecto y en su manera de expresarse. A Punset no hace falta leerle ni escucharle: basta con mirarle y oírle. Físicamente, es la síntesis perfecta entre Albert Einstein, Art Garfunkel y Crisswell, el delirante adivino de las no menos delirantes películas de Ed Wood. Su voz, cascada y aterciopelada a la vez, suena con la misma y carismática inoperancia en castellano, catalán e inglés, alcanzando la cima de sus posibilidades caóticas cuando nuestro héroe entrevista por televisión a un sabio extranjero y se dobla a sí mismo: el contundente acento catalán que impregna su inglés y su español hace que la experiencia sonora le resulte fascinante al espectador, aunque este no sepa muy bien de qué se habla, que es lo que me ocurre a mí (tal vez porque doy más importancia a la forma que al fondo, algo que se me antoja obligado en el caso que nos ocupa).
Resulta curioso que Elsa y Carolina, las hijas de Punset, no hablen una palabra de catalán, pues uno se pregunta cómo habrán conseguido comunicarse hasta ahora con su progenitor. Elsa, heredera natural del universo punsetiano, pone como excusa que se educó en Londres; Carolina, la política de Ciudadanos, confesó que el catalán le parecía un idioma aldeano, haciéndoles de esta manera un favor tremendo a los independentistas que, francamente, se podría haber ahorrado. Aunque también es posible que Elsa y Carolina, al igual que yo y muchos de los fans de Punset, no hayan entendido nunca nada de lo que dice su padre, pero les dé igual porque coinciden con McLuhan en lo de que el medio es el mensaje.
Por lo que he oído, es muy probable que Punset hable exclusivamente para sí mismo y por el placer de escucharse, pues gente que ha compartido mesa y mantel con él me ha asegurado que es propenso a inacabables monólogos y a no prestar atención a nada de lo que digan los demás comensales. En ese sentido, Punset sería un hombre tan lleno de sí mismo que no le cabría dentro nada ajeno. En otro tipo de gente, esa actitud me resulta lamentable, pero en su caso no puedo estar más a favor, pues completa y redondea de forma impecable el personaje al que admiro.
En la película Del revés, Punset prestó su voz en el doblaje español al Payaso de la Alegría (su hija Elsa tuvo que conformarse con una maestra), lo cual demuestra que este país avanza en la dirección adecuada: en otros tiempos, el rol le habría caído a Torrebruno. Como otros hubieran sido los anunciantes de un popular pan de molde y de la lotería catalana. Es indudable que aún no vivimos en una sociedad perfecta, pero el hecho de que un divulgador científico haya alcanzado la fama de nuestro hombre no deja de parecerme una señal inequívoca de que andamos por el buen camino.

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